Yuri, el amigo roquero



Me contó Jaume Vallcorba que un día, en la feria de Fráncfort, caminaba con Andrzej Stasiuk por el pabellón de Alemania cuando vieron una larga fila de personas que esperaban pacientemente a que un autor que acababa de intervenir en un coloquio firmara sus libros. Jaume se acercó curioso, y comentó con Stasiuk su sorpresa por el éxito de aquel escritor con pinta de roquero. El asombro siguió creciendo cuando Stasiuk le explicó que se trataba de Yuri Andrujovich, el aclamado autor ucraniano al que debería leer y considerar para su catálogo, y que era, además, gran amigo suyo. De ese encuentro surgió un entendimiento que fue más allá de los libros, como tan a menudo sucede, y que se mantiene a pesar de las partidas y los cambios.

Yuri Andrujovich sigue siendo un buen amigo, además de un extraordinario escritor, y sigue pareciendo un roquero. Sus obras nos hablan de ese territorio que se encuentra en los confines de Europa, Ucrania, lejano pero familiar, y más concretamente de su lugar de origen, la mítica Galitzia, tierra de misterios y grandes escritores, una región herida por los desmanes de la política y la guerra.

Andrujovich ha sabido contar como nadie la situación social y política de su país en los años previos y posteriores a su independencia, y la profunda decepción que las promesas incumplidas han dejado a su paso. Sus obras están pobladas de personajes errabundos, viajeros impenitentes, flanneurs postmodernos (o mejor, trans-modernos, tal y como seguro que él los denominaría), observadores de la vida que nos narran, con un humor ácido y en ocasiones sarcástico, sus descensos a los infiernos, el choque con la realidad y la huella, a menudo indeleble, que éste deja.

Como ensayista despliega su lucidez y su bagaje intelectual con elegancia y desparpajo, con ese profundo sentido de la libertad que ejerce quien sabe realmente lo que se juega, y a qué juega. Reivindica su lugar en el mundo, el lugar de su país en la historia, intenta desentrañar y romper la frontera todavía existente entre lo que él llama “Europa y otra cosa”, con la irrenunciable aspiración de que sean las ideas, y no los impulsos, las que nos gobiernen.



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