Violad’Or, ciudad de vacaciones, dígame


Sabíamos que las chicas del Ministerio de Igualdad erais un poco absurdas, cantarinas, panfletarias, núbiles, naifs, caprichosas, sencillotas, coléricas pero flemáticas, pesadas como un balonazo en la oreja, modernitas mal, cobradoras bien.

Sabíamos que nos hablabais a las mujeres como a taradas, niñatas, obtusas, analfabetas jurídicas, ignorantes en general.

Sabíamos de vuestras palabras gruesas y de vuestra formidable tontería, díselo reina, yasss queen, empoderamiento, aliades, cumpleaños morados, espacios seguros (es decir, segregados) y demás neolenguaje manoseado y hueco de patio de colegio.

La ministra de Igualdad, Irene Montero, junto a Nerea Pérez y Samantha Hudson.


La ministra de Igualdad, Irene Montero, junto a Nerea Pérez y Samantha Hudson.

EFE

Sabíamos todo eso y la ceja se nos arqueaba sola, siendo como sois todo un insulto a la inteligencia feminista. Pero lo que de ninguna manera nos esperábamos es que fueseis tan soberbias de no reconocer el error tan garrafal que habéis cometido en la redacción de una ley bienintencionada como la del sólo sí es sí.

Sus terribles lagunas, sus cabos sueltos, sus rebajas de condena, sus locas puestas en libertad y su ausencia de disposición transitoria (os avisaron, os avisaron, os avisaron) andan humillando a las víctimas de violencia machista a las que decíais proteger mientras vosotras echáis balones fuera: España se ha vuelto poco más que Violad’Or, ciudad de vacaciones, dígame.

Resulta sonrojante que hoy los misóginos de este país (que campan en todos los estratos de la sociedad, también en el Poder Judicial, ahí estamos de acuerdo) se froten las manos ante vuestra ineficacia. Si no fuera una tragedia, sería un chiste.

La dignidad es un derecho etéreo, frágil e inconcluso, al menos, hasta Petrarca. La dignidad se desplaza si la soplas, pero a la vez tiene algo de invencible. La dignidad, como explicaba Javier Gomá en su ensayo, nos convierte a los seres humanos en «acreedores frente a la humanidad entera».

Eso significa, chavalas, que la humanidad nos debe algo a todos, a todas: un respeto. «La dignidad estorba al precio, a la rentabilidad», dice el filósofo. También al ego político, recaudador de votos. Hoy os estorban las víctimas, trabajadoras del Ministerio de Igualdad, compañeras de nada.

Dignidad es lo que le arañáis, a cada minuto que pasa sin que asumáis responsabilidades, a las mujeres agredidas sexualmente que ven a sus verdugos en la calle, pidiendo chupitos de orujo a vuestra salud. Nos costó fatiguitas llegar hasta aquí. Desde luego la dignidad histórica se construye socialmente, y no era lo mismo violar a una mujer en el siglo XVI (cuando el uso de nuestros cuerpos no era un privilegio, sino un derecho del señorito) que hacerlo en el siglo XXI, donde el asco al abuso macho ya es, afortunadamente, casi unánime.

Hablasteis de «memoria» y se os llenó la boca. Hablasteis de «reparación» y no sabíais lo que significaba. Siempre usasteis palabras demasiado grandes para vosotras. Hablasteis de que «cada víctima importa» y ahora vemos que era mentira, porque el daño que amenazaba irreparable se subraya como tal a cada declaración donde esquiváis la pifia, donde engañáis a la gente sin admitir que un juez, por machista que sea, se mueve en los márgenes que le permite una ley.

Como siempre, queréis arreglar el entuerto con dos brochazos. Un par de powerpoints para los chicos malos de la Administración de Justicia, un cursillo rápido de igualdad, y vamos que lo tiramos.

La arrogancia de Rodríguez Pam deviene insoportable: «¡Fórmense, señores jueces, fórmense!», dice la iluminada. Fórmate tú, Ángela, pedazo de genia. Mejor dicho, haberte formado tú para que no tengan que formarse ahora ellos, en tiempo récord, mientras el goteo de «casos aislados» se vuelve cascada.

Tu amiga Montero dijo que no habría ni uno, ¡ni uno!, que vaya con los titulares manipulados, que vaya con la máquina del fango de la ultraderecha. Qué sé yo. Hace rato que a las feministas radicales nos llaman fachas, incluso a las de izquierdas. Lo mismo es eso.

Vuestro Ministerio, esa serie mala de instituto, tiene un poco el papo hecho un lío. Ya no sabe si quiere ser punitivista o no, ya no sabe si «proteger a la mujer» significa «agravar las penas» o «aumentar la casuística regulada», o las dos cosas, o ninguna, ¿qué tal si abrimos las cárceles y dejamos de oprimir a estos gamberrillos?

Vuestro Ministerio no sabe nada porque no recuerda siquiera dónde tiene la nariz, sólo dispara «medidas-estrella» como un mono con dos pistolas. La última broma ha sido esa que leí por Twitter a Nuria Alabao, de la cuerda de Clara Serra, crítica con la ley por otras razones: «Alguien de Igualdad podría decir que las rebajas de pena eran necesarias y por eso las incluyeron y que si se están revisando algunas sentencias eso no cambia que la ley introduce mejoras, pero parece que no se lo creen. Más años de cárcel no implica más seguridad para las mujeres».

Me descacharro. La ley del sólo sí es sí nació al calor de la sentencia de la Manada, cuando las calles se llenaron de feministas al grito de «no es abuso, es violación». ¿Qué se ha prometido entonces? ¿De qué hemos estado hablando todo este tiempo? ¿De masajear a los agresores para que no se estresen en los largos días en los que chupan reja? El debate sobre si la duración de las penas equivale a la protección de las mujeres es legítimo, pero no se ha tenido seriamente hasta ahora. ¿Lo decidisteis por vuestra cuenta? ¿Por qué todo parece una colosal trampa?

Estamos en peligro. Ya lo estábamos, siempre ha sido así y siempre será así, por muy «integral» que sea la ley que venga ahora a salvarnos, porque no existe el riesgo cero para nadie, y menos para las mujeres.

Pero habéis fracasado en vuestro trabajo, que era minimizar el peligro y la impunidad.

Voy a hablaros en vuestro lenguaje, en el lenguaje que nos habéis enseñado, para que no haya lugar a dudas. Hoy las mujeres nos sentimos más vulnerables que antes, y eso es incuestionable. Si nos sentimos vulnerables es que lo estamos, porque vosotras habéis establecido, también con vuestra ley trans, que lo que uno siente es lo que es. Habéis dicho que eso no se debate, que no ha lugar. Ahora es demasiado tarde para charlar, chicas. 

Dice Rosell que vuestra ley es «extraordinaria», que es «magnífica». Será una maravilla, un pimpollo: seguro. Si tanto es así, yo os pido que se aplique sólo a vosotras y a las vuestras, a vuestras hijas, a vuestras hermanas, a vuestras madres, a vuestras amigas. Yo os pido que se aplique sólo a vosotras y a las mujeres que amáis. Disfrutadla en privado. ¿Nos haríais ese favor? Ojalá que sea el último. 



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