Ulrich Seidl se pasa de listo con ‘Sparta’, una película vacía sobre la pedofilia


El austríaco Ulrich Seidl es al cine lo que Thomas Bernhard a la literatura. Con una diferencia, el gran provocador de las letras jamás hubiera escrito una historia tan mala como la de Sparta. Después de ser cancelada en Toronto, la última grosería del más provocador de los cineastas europeos sí ha visto la luz en San Sebastián en medio de una gran expectación.

Por una parte, el filme toca un tema tan espinoso como la pedofilia. Por la otra, el diario alemán Der Spiegel acaba de publicar un reportaje en el que acusa al cineasta de haber engañado a los padres ocultándoles el tema del filme además de utilizar técnicas extremas para lograr mayor veracidad en las interpretaciones de los niños. Para darle mayor dramatismo al asunto, Seidl ha anunciado en un comunicado que no visitará el festival para que su presencia «no ensombrezca la recepción de la película»: «Quiero que hable por sí sola», ha señalado.

Dice José Luis Rebordinos que compete a los jueces decidir si ha habido o no abusos en los rodajes. Después de su defensa a capa y espada de Johnny Depp el año pasado, parece claro que el director del certamen quiere jugar fuerte. Más allá de lo que pasó en ese rodaje, que sí es relevante, Sparta tiene un problema: es muy mala.

El director Ulrich Seidl en la pasada Berlinale. Foto: Hannibal Hanschke (Reuters).


El director Ulrich Seidl en la pasada Berlinale. Foto: Hannibal Hanschke (Reuters).

Cuenta los devaneos del austríaco Ewald (Georg Friedrich), un tipo en sus cuarenta que no es capaz de tener sexo con su novia. A los diez minutos de metraje, la deja plantada y se va a la pobre Rumanía, donde se instala en un pueblo de mala muerte de Transilvania. Allí, remodela una vieja escuela que se cae a pedazos y abre un gimnasio de judo para los chavales locales. En realidad, se trata de una tapadera ya que su verdadera intención es mantenerse cerca de los jóvenes para dar rienda suelta a sus instintos sexuales, en este caso, puramente voyeurísticos ya que el protagonista nunca llega a abusar de ellos.

Por una parte, Seidl nos presenta a su personaje como una especie de víctima de un padre filonazi al que adivinamos un pasado sádico. Por la otra, la nada. Se supone que tenemos que empatizar con un tipo que le hace fotos a niños en calzoncillos para su solaz y no está muy claro qué demonios nos quiere contar la película. Frente al monstruo, los padres de los chavales, especialmente uno, parecen aún peores. Lo que se muestra, en suma, como en las novelas de Bernhard pero sin su talento, es una sociedad en la que cunde la «mala educación», un mundo brutalizado en la que los padres obligan a sus hijos a matar conejitos para demostrar que son unos machos.

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Tan tontos no serán esos padres cabreados porque sus hijos se pasan la vida untados en aceite bajo el amparo de un demente. El problema de Sparta no es que sea escandalosa, que en parte lo es, sino que no aporta nada al tema que trata. Comprendemos que la pedofilia es un drama para el que la padece y no tiene nada de malo observar con compasión a quienes sufren tan terrible enfermedad mental. Lo que no se entiende es si los niños son tontos o sencillamente no le importan nada a un director encantado de haberse conocido y, como se decía antes, ansioso por «épater le burgeois».

Cuando un cineasta decide hacer una película sobre un tema tan espinoso como la pedofilia adquiere un compromiso. Lo adquiere sobre todo y ante todo con las víctimas. Seidl no se quiere mojar moralmente, quiere «mostrar» y que saquemos nuestras propias conclusiones. Sin embargo, solo nos muestra una parte de la historia, la de ese enfermo que nunca sabemos si no materializa sus deseos porque no le da tiempo o porque tiene cierta conciencia moral. Todo se queda en la superficie y lo peor del filme es que el sufrimiento de los niños queda en un segundo plano, es inexistente. La única gracia es provocar y provocar de manera gratuita.

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El valor de educar

En sección Oficial se ha estrenado una película notable como El suplente, de Diego Lerman, en la que vemos la historia de un profesor de secundaria de literatura, Lucío (Juan Minujín) que trata de salvar la vida a uno de sus alumnos, un tal Dylan, que lo tiene embelesado por su talento como rapero.

El actor Alfredo Castro, el realizador Diego Lerman y la actriz Barbara Lennie presentado 'El suplente'.


El actor Alfredo Castro, el realizador Diego Lerman y la actriz Barbara Lennie presentado ‘El suplente’.

Juan Herrero

Efe

El suplente adolece de una puesta en escena algo esquemática, pero tiene la virtud de plantear una historia interesante de la que se desprenden preguntas importantes. ¿Deben los profesores ser algo más que profesores e implicarse en la vida personal de sus alumnos? ¿Es mejor sacrificar la vida de un alumno si eso comporta un beneficio general para los demás? ¿Debe la policía intervenir en los asuntos escolares o supone meter a los chavales en una rueda de la que no saldrán jamás?

El suplente no contesta las preguntas pero sí las lanza al mundo de manera adecuada. Es una película sobre el valor de educar, sobre la misión fundamental de los maestros en nuestra sociedad, sobre la forma en que la vida plantea situaciones difíciles. Y es una película sobre las barriadas bonaerenses, sobre un país que arrastra gravísimos déficits de desarrollo en el que los chavales pueden acabar cosidos a tiros. Hay buen cine en un filme quizá poco original pero certero.



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