Sánchez se hace trampas al solidario


Casi todo lo que rodea a la atropellada aprobación del recuperado impuesto de patrimonio, bautizado «solidario» con el disfraz que dicta para el caso el libro de estilo gubernamental, huele más a oportunismo que a ideología. Porque es difícil de creer que el Partido Socialista, al fin y al cabo, formado, también, por muchos políticos con experiencia de gobierno y no solo por cheerleaders de Pedro Sánchez, desconozca que se trata de una medida abiertamente injusta, a todas luces contraproducente y con serios visos de acabar resultando inconstitucional.

María Jesús Montero, ministra de Hacienda, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros.


María Jesús Montero, ministra de Hacienda, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros.

Vale que en la imaginería sanchista se ha rescatado con tesón el antagonismo entre ricos y pobres, tanto como decir malos y buenos, para justificar cualquier cosa que -supuestamente- se les haga a los primeros. Así, no hay injusticia que valga. Sobre todo si antes se ha asentado la idea de que el Estado preexiste a sus ciudadanos y que la riqueza que éstos producen en realidad no les pertenece, sino que es una mera función del erario que les permite graciosamente conservar una parte de la misma según sus necesidades en cada momento.

Todo esto era exclusivo de la soflama podemita hasta que la necesidad de apoyo parlamentario apretó y acabó contagiando a los socialdemócratas -si acaso quedaba algo de eso-. Pero muy malas tienen que ser las perspectivas electorales de los barones socialistas cuando admiten sin mayor contestación una iniciativa que va a expulsar aún más riqueza e inversión en las regiones que gobiernan de lo que ya lo hace su actual presión fiscal, significativamente mayor que en otras comunidades españolas.

[Los aliados de Moncloa exigen que los nuevos impuestos sean permanentes y que el hachazo a las empresas sea mayor]

Que saben que ése es el efecto a medio y largo plazo de los impuestos altos es una certeza que Ximo Puig no ha tenido empacho en acreditar con sus últimas decisiones en Valencia. Pero esto no va de otra cosa que de la supervivencia a corto plazo. Tan corto, que se han esforzado en acompañar el anuncio del nuevo sablazo de calificativos como extraordinario o temporal. Por desgracia para todos, a la economía real -de donde provienen los recursos del Estado- también le influyen las expectativas. Y, aunque sólo estuviésemos ante fuegos de artificio, el incendio que les puede seguir quemará de verdad.

Mientras se extiende la preocupación por ese riesgo, el hombre que no cree en nada sigue enredado en el cálculo de la única ganancia que puede reportar(le) el tramposo gravamen solidario: el del trasvase de votos con la más radical de las dos almas de su gobierno. Y es un cálculo arduo, hay que reconocérselo. Así, es comprensible que no se detenga por un momento a reflexionar qué papel juega él en toda esta película de buenos y malos, como hacía Jules Winnfield en Pulp Fiction tras repetir una y otra vez su relectura de Ezequiel 25,17 antes de vaciar su 9 mm sobre los hombres “malos y egoístas”.

Porque Sánchez no es, en absoluto, un simpático Robin Hood que reequilibra la balanza pensando en los desfavorecidos, sino más bien un arbitrario sheriff de Nottingham, que diseña tributos a capricho para sostener el enorme aparato en que asienta su poder, incluyendo con ello el pago de los debidos peajes a los incumplidores, ventajistas y abusones que garantizan su continuidad en la Moncloa. Y lo justo es, precisamente, combatir esa arbitrariedad.

*** Diego Sanjuanbenito Bonal es diputado del Partido Popular en la Asamblea de Madrid.



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