¿sabrías reconocer a un genio como Kanye West antes de que llegue a serlo?



Jeen-Yuhs: Una trilogía de Kanye West, el documental de Netflix de cuatro horas y media que retrata el trabajado ascenso a los cielos y la caída en las simas de la locura de Kanye West, parte de una trampa inicial un tanto ventajista. Porque hoy todo el mundo sabe que West es el último genio de la música pop, el único que ha dado el siglo XXI y el único también que merece figurar en el panteón junto a nombres como David Bowie, Prince, Bob Dylan, los Beatles o Miles Davis. Pero ¿quién lo intuía en 2000? ¿Quién sabría reconocer a uno entre cien millones si lo tuviera frente a sus ojos? 

Jeen-Yuhs, que en inglés se pronuncia genius, «genio» en español, es en realidad dos documentales en uno.

El primero, que comprende los capítulos 1 y 2 de la trilogía, retrata el largo camino de incomprensión, indiferencia y dudas que debe recorrer un semidesconocido Kanye West hasta el lanzamiento de su primer disco, The College Dropout, en 2004.

El segundo, que se corresponde con el capítulo 3, retrata al Kanye West definitivamente convertido en dios de la música y su gigantesco historial de majaderías, la menor de las cuales no es precisamente su simpatía por Donald Trump o su candidatura a la presidencia de los Estados Unidos. Si alguien desea regodearse en el mito del genio bipolar dotado de una sensibilidad artística descomunal, pero también de un serio retraso emocional que le incapacita para una vida funcional entre el resto de seres humanos, que le eche un vistazo a este último capítulo de la trilogía.

Visto con la perspectiva de quien acierta la quiniela el lunes, es fácil darse cuenta de que ambas facetas de Kanye West, la genialidad musical y la enfermedad mental, estaban ahí ya desde el principio, mucho antes de su aterrizaje en las listas de éxitos en 2004. 

Chike Ozah y Clarence ‘Coddie’ Simmons, los directores del documental, conocieron a Kanye West en 1998, en Chicago, cuando este era sólo un productor que vendía ritmos a otros raperos por poco más de 50 dólares la pieza. Durante los dos o tres años siguientes, y pesar de trabajar para artistas de primer nivel como Scarface, Talib Kweli o Lil’Kim, o de ser el productor de la archifamosa Izzo (H.O.V.A) de Jay-Z, Kanye West no logró romper el techo de cristal que flotaba sobre su cabeza. 

Chicago es una urbe peculiar. A pesar de su tamaño y de su peso económico y cultural, la ciudad (conocida como Chi-Town en el mundillo) ha sido incapaz de generar una escena hiphopera similar no ya a la de Nueva York, sino a la de otras metrópolis menores que presumen de una mejor ratio de raperos por número de habitantes que ella. 

La mitad de la indiferencia que despertaba Kanye West en el mundillo del hip hop a principios de 2000 partía de su condición de chicagüense. 

La otra mitad respondía a ese clasismo inverso, puro esnobismo de arrabal, que venera la autenticidad de los raperos que salen de los peores projects (casas de protección oficial) de los más infectos suburbios de las grandes ciudades americanas en detrimento de aquellos que han tenido una vida de perfecta clase media. Porque, en la mente de un rapero, ¿qué tiene que contar un canelo aburguesado que jamás ha sido ametrallado con una Uzi desde la ventanilla de un Benz Clase G? 

Las partes más jodidas de Jeen-Yuhs son esas en las que los propietarios, los artistas y los trabajadores de Roc-A-Fella, la discográfica más venerada por los fans, la Shangri-La del hip hop, fingen no ver a un Kanye West que se pasea por sus oficinas intentando que escuchen su música con esa titánica confianza en sí mismo que sólo exhiben los mediocres incapaces de darse cuenta de su falta de talento. West es, en este sentido, la excepción que confirma la regla. Una excepción especialmente narcisista y egocéntrica.

La reacción del espectador es de cajón. «¿Es que no te das cuenta de que estás frente a un genio? ¡Sólo préstale dos segundos de atención!». En un momento del documental, un amigo dice «Kanye es brillante, pero Jay-Z es un genio». La realidad, claro, es exactamente la contraria: Jay-Z es brillante, pero el genio es Kanye West. Y por eso el documental alcanza niveles de alta intensidad emocional cuando alguien le presta a Kanye un gramo de atención y se da cuenta de que está frente a un talento diez, cien, mil veces superior al de cualquier otro músico de su generación.

En una de las escenas del documental, Kanye visita en el estudio a Pharrell Williams, en aquel momento una estrella internacional cuyas camisetas se vendían por 1.000 dólares en las tiendas más exquisitas de Tokio. Kanye le cuenta a Pharrell el accidente de tráfico que le destrozó la mandíbula, que le obligó a llevar unos hierros durante varios meses y que amenazó con apartarle del mundo de la música para siempre, y como este le inspiró para convertir el mítico estribillo del Through the Fire de Chaka Khan

…en el tema Through The Wire («a través del alambre» en español).

Kanye, con un chupachup en la boca y una camiseta de Flash (uno de los muchos símbolos de su inmadurez que pueden verse en el documental), le explica a Pharrell cómo la impaciencia por grabar el tema y su negativa a obedecer a su cirujano dental, que quería operarle de la mandíbula antes de quitarle los hierros y permitirle volver a cantar, le obligaron a grabar el tema «escupiendo el alma a través del alambre».

Pharrell le recomienda entonces a Kanye seguir dudando de sí mismo incluso cuando el resto del mundo le venere como a un dios. El consejo, claro, cae en saco roto. Kanye ya se venera a sí mismo como a un dios antes incluso de haber grabado su primer disco. 

Pero todo eso ocurre una vez en Nueva York y después de que Kanye West decida mudarse allí desde Chicago para ganarse el respeto del mundillo del hip hop y firmar un contrato con el sello Roc-A-Fella.

Le acompaña en el viaje su amigo Coddie, que lo deja todo, incluido su programa de televisión, para irse con Kanye a Nueva York y grabar un documental que recoja su camino hasta la cima. Porque Coddie es uno de los pocos que sabe desde el primer minuto que su amigo es especial. Y graba todo lo que puede, 320 horas a lo largo de 20 años, para el documental que acaba siendo Jeen-Yuhs.

El documental no es imparcial porque tanto Coddie como su codirector Ozah parecen enamorados de Kanye West, incluso cuando la locura asoma sin tapujos o cuando este corta el vínculo con ellos tras su llegada al estrellato con la indiferencia de quien es incapaz de reconocer cualquier sentimiento que no sea el de la veneración superficial que comporta la fama (y cuyo parecido con la verdadera admiración es pura coincidencia).

Pero Jeen-Yuhs tampoco oculta la oscuridad de su protagonista. 

Y es que no hace falta un master en Psicología para darse cuenta de que algo no marcha bien en la cabeza de un tipo carente de empatía y con la madurez emocional de un niño de siete años, llamativamente incapacitado para interpretar correctamente los halagos y los rechazos, y cuyo mayor gesto de humanidad, de algo parecido a un sentimiento, se produce cuando felicita a su madre por «el buen trabajo» que hizo con él.

Discos como The College Dropout, 808s & Heartbreak o My Beautiful Dark Twisted Fantasy han cambiado la historia de la música pop para siempre. Es difícil concretar dónde radica la genialidad de un genio, pero en el caso de Kanye West (hoy conocido como Ye) el secreto está a la vista: tanto su talento como su locura están a la vista de todos, sin filtro, sin un sólo gramo de barniz, de postureo o de disfraz. Tanto el uno como el otro llegan al oyente en su estado más puro, sin cortar, sin paracetamol chino o lidocaína, como la Garmonzobia de Twin Peaks: dolor en estado puro.

Cuando Kanye West cantaba en su canción I Thought About Killing You de 2018 «hoy he pensado en matarte, asesinato premeditado, he pensado en suicidarme, y me quiero más a mí mismo de lo que te quiero a ti, los pensamientos más bellos van siempre junto a los más oscuros», sabes que lo dice en serio. Completamente en serio.

Sabes incluso de quién está hablando (Kim Kardashian).

Y sabes que la frase que puede leerse en la portada del disco donde se incluye esa canción es la definición más perfecta posible de Kanye West: «Odio ser bipolar, es maravilloso». 

Jeen-Yuhs es un retrato del paisaje interior de la cabeza de un loco. Y es aterrador, hipnótico y fascinante.  



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