Rejuvenecida



En los tiempos de la hipersensibilidad ante la apropiación de los discursos ajenos y las interferencias provocadas por el lenguaje de signos; tiempos de la segregación como modalidad del respeto y como estrategia comercial —literatura juvenil, suplementos para hombres y/o mujeres, viajes de la tercera edad—; tiempos en que se dificultan mezclas y conversaciones intergeneracionales, interculturales o interraciales que no sean las de los Colores Unidos de un emporio de la moda —del diálogo entre clases prefiero no hablar hoy—, en estas condiciones adversas, voy a escribir sobre la juventud sin ser joven ni tener descendencia. Mi trato con menores de 30 años se produce en charlas en institutos y universidades. Resulta curioso comprobar cómo hablar de la experiencia propia se considera un acto de individualismo egocéntrico y neoliberal, y simultáneamente, si tu experiencia se basa solo en la observación, te culpan de no saber de lo que hablas. Mordazas. Yo, cuando era joven, me sentía una mujer adulta y fuerte, y ahora, que soy una mujer madura, se me revelan fragilidades que antes no veía: será que he tenido tiempo para conocerme mejor. Escribo con la duda de si la lucidez se consigue en el ojo del huracán o en su periferia. De si lo que legitima mi escritura es mirar con distancia o desde el núcleo incandescente del conflicto. Siempre hay humo. Escribo desde el recuerdo y la observación de seres humanos particulares.

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