Por qué la invasión de España fue el gran error de Napoleón en su guerra global


El desastre absoluto del contingente francés del general Dupont junto a la localidad andaluza de Bailén, el 19 de julio de 1808, constituyó una derrota que mortificó al emperador Napoleón Bonaparte. Se tomó la rendición de todo el cuerpo de ejército, de 18.000 soldados, liderado por su hasta entonces brillante militar —a su regreso a París fue sometido a un consejo de guerra, expulsado de la milicia y encarcelado—, como un insulto personal y una mancha para las armas de Francia. Pero en realidad, el corso también fue responsable del desenlace, la constatación de que había subestimado los desafíos a los que se enfrentaba en España después de birlar el reino a Carlos IV y el futuro Fernando VII.

«Bailén constituyó la peor actuación militar francesa en las Guerras Napoleónicas, una humillación agravada porque también fue una victoria del mismo Ejército real español que antes Napoleón había ridiculizado al decir de él que era el peor de Europa», resume Alexander Mikaberidze en su obra Las Guerras Napoleónicas. Una historia global, traducida ahora al español por Desperta Ferro. El historiador georgiano, gran experto en el conflicto que asoló durante más de dos décadas el Viejo Continente, señala que «la ocupación de España fue uno de los errores de cálculo más fundamentales de Napoleón, un error por el que pagó un precio muy alto».

El monumental y extensamente documentado ensayo de un millar de páginas que firma Mikaberidze, armado a lo largo de más de una década, rompe con las visiones eurocéntricas y desvela las repercusiones que esta primera «Gran Guerra», como sería conocida en el siglo XIX, tuvo en Asia, África y América. Es un enfoque fresco y revelador sobre un tema que ha suscitado infinidad de estudios, y que se aborda desde los primeros conflictos desencadenados por el proceso revolucionario en 1792 hasta la definitiva batalla de Waterloo, en 1815.

'Dos de mayo', un lienzo de Joaquín Sorrolla sobre el levantamiento del pueblo de Madrid contra los franceses.


‘Dos de mayo’, un lienzo de Joaquín Sorrolla sobre el levantamiento del pueblo de Madrid contra los franceses.

Museo del Prado

Uno de los momentos clave para el autor fue la caída en 1811 de Java y las islas Mascareñas, las últimas colonias en ultramar de Napoleón, como resultado de la invasión británica. «Cada conquista francesa en Europa desde el comienzo de la guerra fue replicada por una pérdida mucho mayor en Asia«, sentencia.

De hecho, asegura el profesor de Historia en la Universidad Estatal de Luisiana-Shreveport que a pesar de las enormes consecuencias políticas, económicas y humanas a nivel europeo de las Guerras Napoleónicas, el mayor impacto se registró en el hemisferio occidental, donde colapsaron varios imperios —Francia salió de la contienda sin Luisiana y Santo Domingo, la presencia española en el Nuevo Mundo quedó limitada a Cuba y Puerto Rico y Brasil se independizó de Portugal en 1822— y surgió un abanico de Estados independientes. Fue, por lo tanto, un conflicto de «ramificaciones globales», efectos transformadores y, en base a los territorios directamente afectados, eclipsó a la I Guerra Mundial.

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Visión sesgada

Al final del capítulo dedicado a la lucha por España y Portugal entre 1807 y 1812, Mikaberidze lanza una sugerente reflexión. A pesar de que el propio emperador francés diría ya en su ocaso que «fue la úlcera española» lo que lo derrotó, él opina que el destino del imperio napoleónico y de Europa se decidió en los campos nevados de Rusia y en las verdes llanuras de Alemania, «donde la incapacidad de Napoleón de lograr una victoria decisiva e imponer su voluntad a los jefes de la coalición tuvieron profundas repercusiones». Apunta, no obstante, que si el corso llega a haber destinado todos sus recursos a derrotar a la oposición española y británica en la Península antes de lanzarse a la conquista de Moscú, lo hubiera logrado.

Buena muestra de ello son los resultados de la intervención personal del emperador en España. Al término del Congreso de Érfurt, en octubre de 1808, una reunión con el zar Alejandro I para reforzar su alianza, y tras los reveses militares franceses, como la batalla de Bailén, que habían reforzado la oposición internacional de algunos Estados contra su imperio, Napoleón asumió el mando de sus unidades situadas en los Pirineos y lanzó una fulgurante campaña que acabaría con su entrada triunfal en Madrid el 4 de diciembre. «No invado España para poner a un miembro de mi familia en el trono, sino para revolucionarla», proclamó.

'Napoleón acepta la rendición de Madrid, 4 de diciembre de 1808', un óleo de Antoine-Jean Gros.


‘Napoleón acepta la rendición de Madrid, 4 de diciembre de 1808’, un óleo de Antoine-Jean Gros.

En pocos días se aprobaron edictos para reorganizar la administración, nacionalizar las propiedades de la Iglesia y eliminar las aduanas interiores, los derechos feudales y la Inquisición. «He abolido todo lo que se oponía a vuestra prosperidad y grandeza», justificó con superioridad. «Si todos mis esfuerzos son vanos y no respondéis a mi confianza, no tendré más alternativa que trataros como provincias conquistadas. En ese caso, pondré la corona de España en mi cabeza y sabré cómo hacer para que los malvados respeten mi autoridad, puesto que Dios me ha dado la fuerza y la voluntad para superar todos los obstáculos».

Pero poco después del día de Año Nuevo de 1809, mientras perseguía en plena ventisca por la sierra de Guadarrama a una fuerza británica liderada por el general sir John Moore, Napoleón fue alertado de una serie de preocupantes movimientos austriacos que aventuraban el estallido de un nuevo conflicto bélico. Entregó el mando de su ejército al mariscal Nicolas Soult y regresó a Francia. Nunca más pisaría suelo peninsular. «No mostró ninguna inclinación por volver a España a terminar lo que había empezado», escribe Alexander Mikaberidze. «Prefirió continuar dirigiendo a distancia a su hermano José y a varios comandantes».

Portada de 'Las Guerras Napoleónicas'.


Portada de ‘Las Guerras Napoleónicas’.

Desperta Ferro Ediciones

Varias de las causas del fracaso napoleónico en la Península fueron la naturaleza improvisada de la Armée d’Espagne —su reputación de invencibilidad se tornó pronto en su contra— o la decisión temeraria de dividir los contingentes franceses y enviarlos contra varios y muy distantes objetivos entre sí, lo que provocó «una situación imposible» que forzó a los galos a «enfrentarse a retos como rara vez habían encontrado». También que a partir de junio de 1812 el ejército fue drenado de decenas de miles de soldados para la campaña de Rusia. El historiador señala una estrategia que probablemente le habría reportado mayores beneficios: una alianza matrimonial, devolviendo el trono a Fernando VII, en vez de apartar a los Borbones españoles.

«Los resultados de su breve campaña de otoño sesgaron su visión de la Guerra Peninsular», concluye Mikaberidze. «Durante los cinco años siguientes, subestimó repetidamente las dificultades que entrañaba la orografía de la Península, los problemas logísticos y la resistencia popular [la guerra de guerrillas desangró al ejército francés] y con frecuencia dio a sus generales instrucciones que eran físicamente imposibles de cumplir. (…) Napoleón prefirió atarse a la continuación de una guerra que consumía sus mejores tropas [en el verano de 1810 había desplegado más de 350.000 efectivos], debilitaba su control militar de Europa central y apuntalaba a sus enemigos por todo el continente».



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