Plántame despacio que tengo prisa por crecer | Madrid


Es curioso lo mucho que desconocemos sobre las raíces de las plantas. Quizás sería más apropiado decir que nos interesan poco, lo que es una paradoja, cuando las raíces son el centro de gobierno del vegetal. Sin unas raíces fuertes y firmes, es muy probable que tengamos una planta pobre y sometida a los vaivenes de la vida. Sin un sustento sólido, un árbol, un arbusto o sea lo que fuere, se convierte en presa fácil del estrés a la mínima dificultad. Sí, porque las plantas también sufren las tensiones provocadas por el mero hecho de existir, y en este caso que nos ocupa asimismo por un mal cultivo o por otros factores, como un periodo de sequía o la poda drástica de su anatomía.

Hay un momento especialmente importante, y pudiéramos decir que hasta trágico, en la existencia de cualquier planta. Se trata del nacimiento del vegetal. Ese despertar a la vida condicionará sobremanera su futuro desarrollo. Si una semilla de un árbol, por ejemplo, cae unos metros más allá, puede nacer entre unas rocas que impedirán que su raíz se desenvuelva libremente, y permanecerá ligado a un sustrato más inhóspito que si hubiera germinado en el prado florido de al lado. De este modo, la fortuna es la que decidirá si ese brinzal se transforma en un árbol robusto o en uno débil.

En jardinería hay otro momento fundamental para el vegetal, y que no depende tanto de la fortuna como del buen hacer. Ocurre con la plantación, una labor decisiva que hará que esa planta crezca en la plenitud que su genética y su entorno le permitan. Por ello, ni la prisa ni la falta de reflexión son buenas compañeras entonces. Un mal hoyo de plantación en la tierra del jardín abocará a esa parra o a ese magnífico frutal a convertirse en un ser raquítico, empobrecido y a merced de cualquier mínimo embate. La planta será también, por ende, más propensa a contraer plagas y enfermedades.

Y todo, debido a un problema de base, ya que su raíz, constreñida e incapaz de independizarse de ese agujero estrecho al que la hemos recluido, no podrá desarrollarse en libertad. Será una tumba en vida. Como consecuencia, no es raro comprobar que el crecimiento de la planta se vuelve lento y arduo durante años y años, quizás para siempre.

Raíces de un abedul explorando libremente el terreno.
Raíces de un abedul explorando libremente el terreno.

Para evitar este sufrimiento debemos meditar. La raíz ansía recorrer el terreno que la rodea, y eso se torna una quimera cuando el hoyo de plantación se realiza en forma de cubo y con un tamaño tan solo ligeramente superior al de la maceta en la que la planta ha crecido en el vivero. Esto es extrapolable a cualquier vegetal, ya sea un arbusto, una trepadora, una vivaz o incluso plantas de temporada. Un pequeño agujero, y de paredes rectas, hará que la raíz no pueda horadar convenientemente la tierra que le hemos dejado compactada a su alrededor.

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La solución pasa por un trabajo de mullido de todo el terreno circundante, para dejar la tierra suelta y esponjosa. Una cava metódica y cuidadosa será la mejor forma de permitir que el vegetal, una vez plantado, pueda explorar a su antojo los recursos que le ofrece su nuevo hogar, sin limitaciones. El hoyo de plantación debiera tener unos perfiles suaves, redondeados, en forma de bañera, para evitar interponer una pared vertical al avance de la raíz. De nuevo, esto se puede aplicar a cualquier tipo de planta.

Hay más factores que harán que la implantación sea un éxito, como no enterrar ni un solo centímetro el tronco o el tallo, o procurar un riego correcto que hidrate su cepellón y no dejar que se seque, entre otros. Y no olvidar, sobre todo, ponernos en el lugar de las raíces de la planta y pensar si ese sitio sería el que nosotros quisiéramos para crecer, si fuéramos ella.

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