Pilar Palomero inunda de emocin San Sebastin pese a sus descuidos autocomplacientes


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‘La maternal’, la segunda pelcula de la directora de ‘Las nias’, irrumpe en el Festival como un cataclismo y acaricia la Concha de Oro pese a todo y por encima de sus momentos de dramatismo condescendiente

La directora Pilar Palomero y las actrices Carla Quilez y
La directora Pilar Palomero y las actrices Carla Quilez y ngela Cervantes en la presentacin de ‘La maternal’.Javier EtxezarretaEFE

Deca Spinoza que lo justo y apropiado es contemplar las emociones no como vicios sino como propiedades de la naturaleza humana. El amor o el odio nos perteneceran de la misma manera que el calor, el fro o el relmpago constituyen lo que es propio del aire. ‘La maternal’, de Pilar Palomero, tiene algo de tornado, de huracn emocional ajeno a todo lo que no es su propia fiebre. Es pelcula, pero sobre todo es arrebato. Resulta imposible permanecer delante de ella sin sentirse rehn –en el mejor y peor sentido (las dos cosas a la vez)– de una historia detenida en una drama desmesurado que tiene tanto de abismo como de promesa; de desesperacin y de futuro. La segunda pelcula de la directora de ‘Las nias’ se hizo presente en el Festival de San Sebastin y ya nada volvi a ser igual. Triste, no, ‘retriste‘, que dicen los argentinos.

La pelcula cuenta la historia de Carla, una nia de 14 aos que por azares de un azar que tiene mucho de destino se queda embarazada. Carla, algo ms feroz que la propia ferocidad, es acogida (que no exactamente internada) en un centro donde conocer a otras ‘carlas‘ que, por un motivo u otro, viven su mismo desconcierto sobrevenido, idntica derrota. Son nias sobre las que pesa la condena de tener que dejar de serlo cuando no pueden ser ms que lo que son: nias. Suena a laberinto existencial y, en verdad, es de una simpleza esencial que asusta: la pobreza.

La directora juega a difuminar la lnea que separa lo real de la ficcin, la fabulacin de lo dado, la representacin de su reflejo. En todo el elenco, slo una actriz sindicada –enrgica y vital la madre de la nia que es madre a la que da vida ngela Cervantes— se mide con las exigencias del guin, de las marcas y del encuadre. A su lado, la debutante y autntico fenmeno de la naturaleza, Carla Qulez, que, como no poda ser de otro modo, da vida a Carla. El resto son mujeres (ya s) en la titnica labor de darse vida a s mismas, pero a la vez ser otras. Toda la pelcula se hace fuerte ah, en el empeo de colocar al espectador en el ms comprometido, extrao y feliz de los territorios: duele lo que se ve por no haberse visto antes; duele por verse por primera vez; duele de puro dolor.

La cmara se mueve por la pantalla como la linterna de un espelelogo en lo ms profundo: modelando sombras que avisan de peligros, caminos que prometen una huida y vacos tan grandes que se diran el mismo cielo. ‘La maternal’ avanza por la retina del espectador como una amenaza, siempre en tensin y siempre pendiente de no perder el pie en esos feos abismos que son el melodrama y los llantos aprendidos. Digamos que la segunda pelcula de Palomero abraza la emocin con un ademn desesperado muy cerca del suicidio.

Bien es cierto, y llegan las malas noticias, que tanta presin no juega siempre a favor. La directora renuncia desde el primer instante a dotar de narrativa a su pelcula. Los personajes apenas avanzan desde que son entregados a la pantalla en su drama muy cerca del infinito. Si ‘Las nias’, su primera pelcula, se alzaba sobre la ancdota de otro tiempo pasado (la Espaa de 1992) para proponerse como una reflexin casi despiadada sobre las trampas de la memoria, ahora slo importa el impacto del drama. Durante buena parte del metraje, ‘La maternal’ se convierte en una sucesin de fragmentos de vida sin estructura interna que los arme y les haga progresar. No es buena idea hacer declamar a las vctimas directamente a la cmara su desgracia. Lo realmente importante no se dice, se muestra. «Sentir lo que es la vida sin utilizar en ningn caso los elementos del drama», deca Yasuhiro Ozu como objetivo del cine y de su cine. De otro modo, la autocondescendencia mal disimulada al repetir una y otra vez el mismo hallazgo resta. S, es efectivo –emociona, decamos–, pero tambin irrita.

Sea como sea, queda una pelcula volcada y volcnicamente torrencial (y ligeramente populista, tal vez) destinada a marcar el ao. Es as.

POLMICA PORNO

Por lo dems, el Festival de San Sebastin volvi a sorprendernos con la ensima polmica de la edicin que nos ocupa. Muy matizada, irrelevante quiz, pero polmica al fin. Y ella vino de la mano de ‘Pornomelancola‘, del argentino Manuel Abramovich. El actor protagonista, que en realidad no es actor como tal, se quej hace unos das va Twitter de que en el rodaje se le maltrat y se le exigi ms de la cuenta cuando, en realidad, no estaba de humor. El asunto no lleg a ser siquiera asunto, pero ah qued.

La pelcula sigue las tribulaciones del mexicano Lalo Santos,sex-influencer, prostituto a ratos y ejerciente ocasional (digmoslo as) en pelculas porno. Abramovich confecciona una especie de diario mnimo del silencio (o del vaco) donde lo que importa es el contraste: el rigor brutalmente intrascendente de lo cotidiano frente al frenes demente del sexo convertido en mercanca y siempre expuesto a la venta. Como una especie de hroe deshabitado, el protagonista se deja caer por la pendiente de una euforia que acaba por ser indistinguible del evidente aburrimiento. La escena pornogrfica entre Pancho Villa y Emiliano Zapata, de puro disparatada roza el prodigio. El director, maestro del documental riguroso y sorprendente en su inanidad (‘Soldado‘ o ‘Aos luz’ son ejemplos) ensaya as un ejercicio de cine perplejo, trgico y cmico, profundo y banal. Interesante sin duda.

Por ltimo, la seccin oficial se complet con ‘A hundred flowers’, pera prima del japons y productor experimentado Genki Kawamura. Se cuenta la historia de una madre que pierde la gracia de la memoria por culpa del Alzheimer y un hijo condenado por la desgracia de un recuerdo que le martiriza. Sin alardes, pero sin pasos en falso, la pelcula acierta a construir su propio territorio delicado, doloroso y preciso. El detalle de unos virtuosos planos circulares en los que la accin se vuelve una y otra vez sobre s misma al perder el sentido del tiempo y de la memoria aade puntos a una pelcula, por otro lado, enferma quiz de su importancia y de su excesiva correccin.

Era Spinoza el que se empe en construir un sistema que tambin fuera un programa de vida en el que las pasiones no fueran vicios, sino fuerzas para potenciar la accin. La emocin como propiedad de la naturaleza humana y La maternal’ como fenmeno de la naturaleza. Hemos llegado.

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