“Mis galerías me han tentado con hacer NFT y he dicho que no”


Las obras de Rafael Lozano-Hemmer (Ciudad de México, 1967) tienen algo de tornado, de maraña de datos que nos arrastra con fuerza a los lugares más insospechados. Ha dado forma a ideas inasibles como la mortalidad infantil, 80.000 casos al día que resuenan en su obra en los pulsos que marca un metrónomo. Y ha mostrado las obras completas de Johann Sebastian Bach con 1.128 altavoces reproduciendo las variaciones y contrapuntos del compositor barroco. Se mueve con soltura entre la tecnología más sofisticada, la poesía y el compromiso. «Artista visual», a secas, así le gusta presentarse, aunque trabaje codo con codo con ingenieros, diseñadores y compositores.

«Cuando la carrera de un artista se ha consolidado —insiste a lo largo de esta conversación por Zoom, en la que menciona a otros colegas como Daniel García Andújar, Dora García, el colectivo Puro Border o Muntadas— tiene que radicalizarse, hablar sin pelos en la lengua y comprometerse más».

Lo cuenta desde un gélido Montreal (25 grados bajo cero), donde vive y trabaja desde hace años, aunque su acento mexicano permanezca intacto. Tras un final de año movido, con individuales en el Brooklyn Museum de Nueva York o el MoMA de San Francisco, su siguiente viaje le trae a Madrid, donde inaugura Haciendo agua, el 18 de febrero en la galería Max Estrella, y Caudales, en Casa de México el 26. Dos propuestas en las que resuena un mismo rumor de fondo: el flujo de datos, y de agua.

Pregunta. Palabras en cascada, instalaciones a partir de botellas… ¿qué es lo que tanto le interesa del agua?

Respuesta. Llevo mucho tiempo estudiando el aire que respiramos, los efectos atmosféricos y el espacio social en el que nos desenvolvemos, y ahora toda esta investigación se extiende al mundo líquido. En Casa de México el brazo de un robot escribirá con agua sobre una base de acero corten caliente. La temperatura hará que cada una de esas palabras, marcas comerciales de agua embotellada, se vaya evaporando. Conecta con Botella de castigo, que presento en Max Estrella, un reloj que marca las horas con cientos de botellas. Mezcla envases reales y otros creados con inteligencia artificial. Me interesa que tomemos conciencia de la forma en que los anuncios, el diseño de producto, el marketing, generan un frenesí que no es sostenible. La pieza da la sensación del tiempo corriendo. Son las dos obras tranquilas y no interactivas.

“Soy un artista parasitario. Mi obra no viene de mi espíritu, me cataliza la lectura, no sé hacer algo de la nada”

Cortázar y el arte digital

P. La exposición de Casa de México tiene más que ver con los text streams, los textos que anima y que fluyen en las pantallas. ¿Cómo los elabora?

R. Es el tipo de matemática que más me interesa porque son movimientos impredecibles a partir de una serie de condiciones iniciales. Se basan en la animación tipográfica, jugando con una generación de formas que tiene que ver con el autor al que estamos citando: Rayuela, de Cortázar, por ejemplo, es una tómbola, la pantalla es redonda y se puede girar. Otras obras de la muestra hablan de Sor Juana Inés de la Cruz, una religiosa mexicana, protofeminista, protorracional, muy importante para el pensamiento poético y crítico. La pieza es un candelabro que cuelga del techo con 45 pantallas pequeñas que muestran el texto de su poema más importante en un vórtice. Hay otra dedicada a Raimundo Lulio, el inventor de la calculadora simbólica que retomó Leibniz cinco siglos más tarde para hacer sus primeras calculadoras mecánicas, que después fueron importantes para los primeros ordenadores. Para mí, como nerd, seguir la línea del cálculo, de la formación, fue fascinante.

P. ¿Dónde encuentra todas estas referencias?

R. Soy un artista parasitario. Mi obra no viene de mi espíritu, yo trabajo hacia atrás, me cataliza la lectura, me inspira crear algo a partir de otra cosa y no pretender que la obra sea única, autónoma, independiente, sino que se apoye en cuestiones científicas, matemáticas, artísticas que vienen de mi falta de talento. No sé hacer algo de la nada. He estudiado mucho, me interesan los precedentes, las conexiones, la historia y es importante resaltarlo en mi obra. Pienso además que, si Mallarmé estuviera vivo, estaría ahora mismo animando sus textos. Parto de esa tradición.

'Password Breach', 2021

P. ¿Pesa la formalización estética en su obra?

R. Para mí lo bello es una centralita. Me interesa materializar conceptos que no tenemos la capacidad de visualizar. En Password Breach, que se verá en Max Estrella, reúno contraseñas hackeadas, datos de los Papeles de Panamá, por ejemplo. La pieza toma esas fugas de contraseñas y las presenta en una nube de pantallitas de tinta que apenas consumen electricidad. De vez en cuando todas muestran la misma contraseña, algo así como las luciérnagas cuando hacen un centelleo global. En Casa de México hay una enorme pantalla al aire que toma los textos de las noticias de la televisión, de EFE, etc. Cuando los sensores detectan nuestra presencia en el espacio, las palabras se evaporan.

Seducción y violencia

P. Hablamos siempre de un espectador activo, pero en su caso es el que activa literalmente muchas de las obras. ¿Piensa en él cuando produce?

R. Depende mucho de la obra. Siempre juego con la seducción de la participación (el reality tv, los selfis) y la violencia de la vigilancia de la métrica. Nuestros teléfonos móviles nos escuchan, nuestros movimientos no son anónimos, estamos ofreciendo tecnologías perfectamente militarizables.

P. ¿Cree que ha cambiado la percepción del público hacia el arte digital con este boom de los teléfonos móviles y de los ordenadores?

R. Sí, nuestro público está conectado. El reto ahora está en conseguir que esas tecnologías nos ayuden a pensar y a ser críticos. La libertad no es estar en blockchain sino exactamente lo opuesto. No estoy en contra de los NFT, pero están rodeados de una especulación que va a hacer colapsar ese mercado. Mis galerías me han tentado con ello y he dicho que no, igual que le he dicho que no a Pepsi, a Samsung y al gobierno de Arabia Saudí. Hay que preocuparse por los problemas reales.



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