Manuel Vicent: Ulises, Marx, los Beatles y la marihuana | Cultura



Era el tiempo en que las adolescentes españolas habían comenzado a gritar y a arañarse las mejillas en los conciertos ante un macho alfa. La pompa del chicle rosa había estallado en su boca para dar paso a la primera generación de mujeres guerreras. Al dictador ya se le estaba cayendo el mentón hacia el nudo de la corbata mientras la libertad llegaba a este país ceniciento con el sonido de baterías y guitarras eléctricas. Este joven cometió el error de ir al aeropuerto de Barajas a esperar a los Beatles aquella tarde del 1 de julio de 1965 para seguirlos en el coche haciendo sonar el claxon hasta el hotel Fénix, situado junto a la plaza de Colón de Madrid, donde se hospedaron. No le jodió verlos bajar por la escalerilla del avión tocados con una montera de torero que vulneraba su mítica melena contestataria, sino el hecho de darse cuenta de que se encontraba fuera de lugar, rodeado de criaturas recién salidas de la adolescencia, presas de una histeria convulsiva. Este joven había cumplido ya 25 años y en medio de los gritos y las cargas de la policía pensaba: que no, Miguel, que a tu edad no puedes estar aquí, sería ridículo que después de jugártela repartiendo panfletos del Partido Comunista en la facultad acabaras apaleado por un guardia en medio de este corro de niñatos.

El director del colegio mayor no se cansaba de repetir que un joven orteguiano tenía la obligación de aspirar a ser ministro, por supuesto a ser un ministro tecnócrata como Ullastres, que es lo que se llevaba. Pero todo cambió el día en que Miguel dejó de leer a Ortega, se pasó por el forro el señuelo elitista de pertenecer a la minoría selecta y una noche se fue con unos amigos golfos al baile de Las Palmeras, situado en la glorieta de Quevedo. Allí, un cojo a sueldo de la casa abría la pista bailando la primera pieza, el pasodoble El gato montés. En un altillo había chicas de alterne dispuestas a ser tu pareja y a llevarte después al paraíso por un módico precio. “Señorita, ¿me concede este baile?”, le preguntó muy fino Miguel a una de ellas. “No”, contestó en seco la encausada. “Pero ¿por qué?”, insistió. “Porque no me sale del coño”, fue la respuesta expedita que introdujo a este joven orteguiano en la España real.

En ese tiempo ya habían caído en sus manos los primeros libros prohibidos de Ruedo Ibérico traídos clandestinamente de París. En el sótano de una librería un empleado que pertenecía a una célula de Bandera Roja le pasó dos volúmenes envueltos en papel de estraza. Se trataba de La guerra civil española, de Hugh Thomas, y El laberinto español, de Gerald Brenan. Su lectura boca arriba en el camastro le había abierto los ojos. Se había enterado de las causas que provocaron la Guerra Civil y del horror acaecido también en el bando nacional. Era hijo de vencedores por los cuatro costados, de modo que este embrollo mental solo podían solucionarlo la hierba y los Beatles cuando cantaban Let It Be y All You Need is Love. Se llevaba ser marxista y Miguel cumplió con el rito y para eso había que leer hasta aprenderlos de memoria El manifiesto comunista y El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado de Engels, pero este joven no encontraba la forma de encajar las formas tan sensitivas y placenteras de la existencia que le provocaba el cannabis con la lucha por el triunfo del proletariado. Con El capital de Karl Marx no pudo de ninguna manera y definitivamente lo abandonó al segundo capítulo, y tampoco conseguía coronar el Ulises de James Joyce, aunque en ese momento lo estaba escalando de nuevo a duras penas después de un cuarto o quinto intento en aquella edición argentina de tapas amarillas y solo por una apuesta. Mientras leía el monólogo final de Molly Bloom, en la radio sonaba Luna de miel, que cantaba Gloria Lasso, cuya voz tan limpia envolvía el albañal del sexo sucio.

Recién terminada la carrera sus compañeros de facultad se dividieron en dos: unos muy formales se enclaustraron en casa dos o tres años a preparar oposiciones a registros, notarías y abogacías del Estado. Iban por el pasillo en babuchas, aflojada la pretina del pantalón, repitiendo de memoria los temas de Derecho que luego el domingo por la tarde se los tomaba la novia ante el recuelo de un café con leche en una cafetería por cuyo ventanal veían pasar las motocicletas que llevaban en el trasportín a las primeras chicas en vaqueros abrazadas a las tripas de los galanes con los que volvían de la aventura. Uno de ellos era este joven, solo que recién descabalgada de la moto aquella chica tan guerrera se fue con otro. Para consolarse oía una y otra vez Avec le temps, de Léo Ferré. Con el tiempo todo desaparece, olvidamos el rostro, olvidamos la voz de aquella que amábamos y buscábamos bajo la lluvia. Eso decía la canción. Pero, después de todo, nuestro héroe por fin había conseguido la hazaña de leer entero el Ulises de Joyce.

(Continuará)

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