Los valores en los que ya nadie cree y que Isabel II se lleva a la tumba


Reyes y jefes de Estado despiden este lunes a Isabel II en Londres. Un funeral histórico y superlativo. Primer funeral de Estado desde el de Winston Churchill, un 30 de enero de 1965. El primero que se celebra por un monarca inglés en la Abadía de Westminster desde el siglo XVIII. Ante una audiencia planetaria estimada en 4.000 millones de personas, el cuádruple de la de la ceremonia de apertura de los Juegos de 2012 en la que hizo la Reina un cameo al alimón con James Bond. Con la asistencia del gotha de la realeza y todos los dirigentes del mundo salvo los parias de la tierra: Putin, Maduro, El Assad, y media docena de similar ralea.

Londres despide a una reina y el mundo a una época. Estas super exequias han significado varias cosas: Una exaltación de la monarquía que ha mostrado toda la pompa y los mejores Rolls Royce del garaje real. Una gran operación de marketing del Reino Unido cuya decadencia ha acentuado el Brexit. Una exhibición de la siempre brillante Londres que en los años isabelinos pasó de las penurias en blanco y negro de la postguerra mundial al cosmopolitismo de la City y la Premier, pasando por los Beatles, la minifalda de Mary Quant, y el Cool Britannia. Todo ello es cierto, Pero superficial.

Porque “Isabel II parecía encarnar en su longevidad personal la continuidad de la historia británica, de las cuatro naciones del Reino Unido y, más allá, de la Commonwealth. Para nosotros y para gran parte del mundo, la quintaesencia de Gran Bretaña, la personificación de una identidad común idealizada”, escribió el historiador Simon Schama en Financial Times, antaño “órgano de la City” y hoy propiedad de una sociedad japonesa y estandarte mundial del orden liberal.

[Este es el motivo por el que el ataúd de Isabel II está forrado con plomo]

¿De qué identidad habla Schama? Sebastian Milibank, editor de ‘the critic’ aporta esta repuesta; “En un mundo que rechaza las jerarquías sociales, la deferencia, la aristocracia, la tradición y la religión (…) la Reina personificó un modo de vida y un conjunto de valores hoy ajenos a los británicos: sentido del deber, humildad y piedad religiosa…como los israelitas llevaron el Arca de la Alianza a través del desierto, Isabel II ha transportado el corazón oculto de la vida británica por esta era secular y desencantada”.

Isabel II supo encarnar lo que en 1867 Walter Bagehot definió en “The English Constitution” como los valores de la monarquía: “ser inteligible para la gente común, conducir el augusto ceremonial y encarnar el ideal familiar”. “Su reinado ha servido de consuelo, aunque mucho menos de compensación, de todo aquello que se evaporaba de Gran Bretaña: colonias, matrimonios e industrias”, escribe Schama.

“El consuelo que ella prodigaba era fruto de una estabilidad reconfortante, de una preciosa continuidad en una época de cambios vertiginosos a la vez sociales, tecnológicos y económicos” coincide Antony Beevor que cita “una de las raras bromas de Karl Marx que presentaba a Inglaterra como el único país donde la clase obrera tenía las mismas inclinaciones burguesas que la monarquía”.

El gran historiador de la Segunda Guerra Mundial sostiene que “la reina Isabel II no pretendió nunca ser lo que no era”. Afirma que “adoraba los caballos pero no tenía ninguna pretensión intelectual”. Beevor cuenta que le recibió con esta observación: “Sabe, no he leído ninguno de sus libros”. Cree no ser el único autor así acogido porque la difunta sólo leía las novelas policiacas de Dick Francis ambientadas siempre “en el universo de las carreras de caballos”.

Beevor fue oficial del ejército británico, cuya decadencia en efectivos es contable: tenía 872.000 personas cuando Isabel Ii accedió al trono en 1952; hoy cuenta con 150.000. Eso sí, el brillo de las casacas rojas y los gorros de nutria, así como todos esos uniformes que lucían de Carlos III al último soldado pasando por el heredero han dado lustre al ceremonial.

La reina Isabel II en su Jubileo de Platino.


La reina Isabel II en su Jubileo de Platino.

[Éramos monárquicos y no lo sabíamos]

El SNP no ha sido nunca un partido republicano. Por razones históricas, los reyes de Escocia se convirtieron en reyes de Inglaterra. Y por razones pragmáticas: su monarquismo les permite afirmar que no son separatistas, su modelo son Australia, Canadá y los otros doce estados miembros de la Commonwealth que conservan al monarca británico como jefe de Estado.

Isabel II y su enraizamiento en Escocia, en cuya residencia de Balmoral pasó todos los veranos de su vida y donde falleció, están fuera de dudas. Harina de otro costal es Carlos III que escogió como residencia Restormel Manor, en el más cálido extremo sur de Inglaterra. Isabel II prefería la soledad agreste y destemplada de Balmoral, por cuyos dominios condujo su Range Rover llevando a bordo a más de un príncipe árabe de países donde las mujeres no estaban autorizadas a conducir.

Sutilezas reales. Como esa frase, dejada caer a la salida de misa, días antes del referéndum de 2014: “Espero que la gente piense en el futuro con mucha prudencia”. Con todo el sentimiento republicano es mayor en Escocia (entre 36% y 47%, según tres sondeos publicados este año) que en el conjunto del Reino Unido, un 27% según la encuesta de YouGov de mayo de 2022, esto es, antes de las olas de fervor desatadas por el Jubileo de platino de mayo y, con seguridad, por la muerte de la Reina.

La popularidad de lsabel II estaba fuera de dudas, 75% de opiniones favorables en el sondeo citado de YouGov. Pero no son hereditarias: el entonces príncipe de Gales sólo recogía un 42% de opiniones positivas. Ni están garantizadas. Si entre los mayores de 65 años rozan el 80% entre los más jóvenes (18-24 años) caen hasta el 30%.

Por cierto sólo en Escocia, el féretro fue transportado en un vehículo no fabricado en el Reino Unido, un flamante Mercedes. En Londres un Jaguar tomó el relevo en un cortejo de Rolls y Bentley. Curiosa forma de mostrar su celo nacional.. si no fuera porque Rolls Royce pertenece a BMW, Bentley a Volkswagen y Jaguar al indio Tata.

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Dela industria del automóvil a la diplomacia, Isabel II supo encarnar la transformación de una nación imperial en una potencia media con el corolario de la Commonwealth. No pudo ni supo resolver el anclaje europeo del Reino Unido aunque el culpable principal sea el partido conservador, arrastrado al fango populista por sus líderes. De esos años europeos, además del Mercedes fúnebre sobreviven el sistema métrico decimal y el Eurotúnel, prodigio de ingeniería que une Inglaterra con el Viejo Continente.

Cuando, esta tarde, los restos de Isabel II reposen en Windsor, los caballos hayan vuelto a sus cuadras, los soldados a sus cuarteles y los jefes de Estado y reyes a sus países de origen, habrá acabado una era. Ha llegado el momento de Carlos III que en su primera semana de reinado ha mostrado en público más signos de impaciencia, relacionados con su pluma estilográfica, que su madre en décadas.

Afortunadamente para él, según la directora del think tank Chatham House, Bronwen Maddox, “ningún monarca puede, solo, hacer o destruir la fortuna y la reputación de un país”.

P.S: ‘The Sun’ contó lo que la Reina llevaba en su inseparable bolso: lápiz de labios, gafas de leer, una navajita, una pluma estilográfica, una libreta, una cámara, un espejito y un paquete de pastillas de menta. Lo demás es mito.



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