Los Sánchez en Bali, ‘streamer’ Luis Enrique y la lapidación de Montero


Las noches suelen depararnos muchas sorpresas. No solo por la cantidad de sueños acumulados mientras dormimos, sino por los sobresaltos del amanecer. De noche ocurren catástrofes, mueren reyes, abdican los papas o estallan las guerras. Luego suena el radio despertador y volvemos a tomar tierra cuando el Alsina de turno desgrana las noticias que dan la vuelta al mundo.

El miércoles me desperté gratamente sorprendida por la presencia de Pedro Sánchez y Begoña Gómez en la cumbre del G20. Mientras a miles de kilómetros la coalición PSOE-UP se desangraba a cuenta de la ley del “sí es sí”, los comentaristas recomendaban no perderse los estilismos de la pareja, y naturalmente, servidora no se los perdió. La pareja llegó monísima y bien conjuntada a la cena de gala. Él, con una camisa de jacquard salpicada de floripondios en colores morados, lilas y violetas. Solo una pega: las mangas le quedaban raquíticas. Ella, con un vestido amarillo brillante y un chal a juego con la camisola de su esposo. Eligieron los colores amarillo y azul en homenaje a Ucrania. Aprovechando que iba vestido de bandera, el presidente exigió que Rusia parase la guerra inmediatamente. Dado que la pareja avanzaba por un pasillo de espeso follaje, al principio no logramos ver si el presidente llevaba pareo atado a la cintura o shorts de palmeras. Y Begoña, tres cuartos de lo mismo. Iba toda radiante, arrastrando un vestido que le daba un aire de Blancanieves sin enanitos.  

Los enviados especiales al G-20 hicieron saber que las propias autoridades balinesas (provincia de Indonesia) habían regalado trajes típicos a los invitados con objeto de que pudieran estrenarlos en la gala.  Entre los ilustrísimos disfrazados destacaron la pareja de españoles y el premier británico, ataviado también con una vistosa camisa en rojos y naranjas.  En las crónicas, Rishi Sunak fue ampliamente elogiado por su elegancia y su porte.

No faltaron las críticas al elevado número de aeronaves y jets que aterrizaron en la isla de Bali para trasladar a los estadistas del mundo. Las cumbres internacionales cuestan lo que no está escrito. Los estadistas no reparan en derroches (ni en anacronismos). Luego pretenderán que ahorremos calefacción. 

Sol Bacharach

Sol Bacharach.

Vuelve Corinna. Es una pesadilla, pero ella no quiere ser menos que las demás. La alemana ha sido la amiga íntima más beneficiada. Y a punto estuvo de conseguir que le rindieran honores como reina consorte de facto. Son de sobra conocidos algunos reportajes del cuché en los que luce en el dedo anular un diamante de considerables dimensiones para pasárselo por las narices a sus rivales menos ambiciosas.

El pódcast Corinna y el rey ha sido su última obra maestra donde la amiga del Emérito enumera las novias que le han precedido y sucedido en la lista de VIPS. A una de ellas la señala sin ningún miramiento. Se trata de la valenciana Sol Bacharach, abogada, exprofesora de Derecho Mercantil y consejera de Dragados y Construcciones. Sol estuvo casada en dos ocasiones, enviudando por segunda vez del catedrático y político Manuel Broseta, asesinado por ETA.

Bacharach alternó con Corinna en el corazón de Juan Carlos (¿en el corazón?, bueno, vamos a dejarlo), al menos durante tres años. Era una mujer discreta que nunca hizo alarde de su amistad con el Rey. Depresiva y adicta a las benzodiacepinas, ella misma cayó en las drogas, si bien logró salir adelante y ahora dirige un centro para tratamiento de las adicciones.

Hemos contado en EL ESPAÑOL que la propia Corinna señaló a Bacharach como responsable de su ruptura con el exrey de España en 2009. Es la versión de Corinna, pero yo prefiero la que escucho en fuentes de acreditado acceso a las obras completas del donjuanismo en la vida del rey emérito. Esa versión sostiene que en realidad lo de Corinna duró hasta la abdicación de don Juan Carlos (2014), pues con la renuncia al trono se sintió liberado para retomar las relaciones con la rubia alemana. Entonces fue ella la que se negó a seguir porque fuera del trono su amigo especial ya no le interesaba. Atrás habían quedado los tiempos en que le guardaba en el regazo, y aun le guarda, 100 millones de dólares. O cuando quería poner a su nombre la casa de Marrakech que el sobrino, Mohamed VI, quería regalar a la pareja.

(Ay de la que nos libramos, oiga).

Luis Enrique

Luis Enrique.


Luis Enrique.

Guillermo Serrano Amat

Es una estrella del fútbol, aunque no goza del carisma de los grandes futbolistas y se conforma con el de entrenador, que bien mirado tiene su halo de gloria. Luis Enrique ha cumplido ha  cumplido 52 años, pero por sus rabietas y su gesto arisco parece que no ha pasado de los dieciocho. Se caracteriza por el ceño fruncido, el pelo casi rapado típico de los niños de postguerra y las risas histéricas de su inesperado descubrimiento del streaming. O sea, que tiene un mohín nervioso y un semblante antipático que no logra dominar ni queriendo.   

En las vísperas de su viaje a Qatar con ocasión del mundial de futbol, Luis Enrique Martínez (Gijón, 1970) hizo gala de su pasión comunicativa y anunció al mundo entero sus proyectos como streamer. Durante meses, el técnico se había  preparado intensamente para irrumpir en el usar y tirar de las redes sociales. Y debutó así: “Allá voy, cuesta abajo y sin frenos”.  Amado y odiado al mismo tiempo, el entrenador Luis Enrique plasmó en su cuenta personal de Twitter una idea que le rondaba desde hacía tiempo por la cabeza. Al fin lo ha conseguido. El entrenador ha puesto en marcha su vocación de streamer y desde Qatar, mientras dure el mundial, establecerá contacto directo con el aficionado. 

[El Luis Enrique más personal debuta en Twitch: Gayà, el Mundial y «un saludo para Amunike»]

¡Streamers del mundo, uníos!, grita el asturiano desde el corazón. Probablemente es el primer entrenador dispuesto a retransmitir en vivo y en  directo desde la orilla del césped. Lo creo muy capaz. Streamers los hay en todo el mundo, pero solo en Asia (especialmente en China y Corea) alcanzan las dimensiones de un fenómeno.

Pero no solo el futbol se juega en directo. También la vida, que no se para con la fiebre del mundial.

Irene Montero

Irene Montero.


Irene Montero.

Guillermo Serrano Amat

Esta semana el escándalo ha venido de la mano de la ministra de Igualdad, Irene Montero, la podemita de boca suelta y nervios de acero. En política abundan las mujeres así. Antes las llamaban “pasionarias”, aunque no creo que sea el caso. No va de comparaciones odiosas.  Nada que ver con Dolores Ibárruri o con Rosario “dinamitera” de Miguel Hernández. La Montero ni siquiera hizo una ley para escandalizar al clero o a los burgueses. La hizo para quedar bien en vísperas del Día de la Mujer, aquel 8 de marzo de 2021, cuando sacó del Consejo de Ministros el proyecto de Ley de Libertad Sexual que está en el BOE desde hace mes y medio.

La llamada ley del “sí es sí” se ha hecho para proteger a la mujer de los delincuentes sexuales, pero finalmente ha servido para rebajar las penas de los ya condenados. Según la ministra, porque estamos rodeados por una justicia machista que desconoce su oficio y no hace los deberes.

Jueces y fiscales están que echan las muelas por la arrogancia de las activistas del Ministerio que dirige Montero, donde no se repara en gastos a la hora de repartir calificativos. Por su parte, Pablo Iglesias ha salido ha salido en defensa de la madre de sus hijos arremetiendo contra la vicepresidenta Yolanda  Díaz, a la que acusa, textualmente, de “miserable” por no arropar a la compañera Montero, que esta semana fue lapidada por la derecha y por la izquierda, poniendo en riesgo la salud de la coalición que un día sellaron con un abrazo Iglesias y Sánchez. 



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