Leila Guerriero: Georgina | Opinión



El documental de Netflix sobre Georgina Rodríguez, una mujer de origen humilde, pareja de Cristiano Ronaldo, pretende “darle el lugar que le corresponde como madre y mujer”. Lo dicen en serio. Ella también: llama a su agente de viajes, le pide que busque una villa con embarcadero para las vacaciones, le advierte que no importa si no tiene gimnasio porque ellos pueden “llevar las máquinas”, y lo dice en serio. Comenta: “Ahora puedo viajar a los mejores sitios sin preocuparme de poder pagarlos”, y lo dice en serio. No hay en las tomas del garaje por el que camina entre autos que cuestan 20 millones de euros ni en las que la muestran en su vestidor eligiendo bolsos Hermès (mientras repite: “Sé lo que es no tener nada y lo que es tenerlo todo”) rastro de ironía. Ronaldo se dice agradecido con esta mujer que se ocupa de los niños mientras él hace lo suyo. Ella lo toma como un elogio. Para demostrar que es una “gran madre” se la ve llevando a los críos en yate a Mónaco el fin de semana o a montar a caballo en un club exclusivo para que tengan “contacto con la naturaleza”. Tan violentas como la literalidad sin sarcasmo de esa ostentación son las cuotas de pretendida sencillez con las que el documental mamarrachea rasgos de humildad: mientras embala vajilla de Hermès, Georgina aclara que la usa poco “para que no se estropee”; mientras mide una mesa de Armani descomunal le dice a su decoradora que no quiere muchos objetos en la sala porque “juntan polvo”. Con la calma de los convencidos repite: “Los sueños se hacen realidad”. ¿Qué sueños? ¿Los de tener bolsos de 150.000 dólares y un tipo que pague las cuentas? Quizás dentro de un tiempo programas de este tipo resulten tan repulsivos como resultan ahora esos sketches en los que señores corren tras chicas semidesnudas para tocarles los pechos. No voy a vivir para verlo: apenas estrenado, Soy Georgina ingresó al top 10 de Netflix en América Latina. Y sigue en ascenso.

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