La sociedad perfecta no existe



Quienes desde hace ya muchos años hemos sido grandes consumidores de novela negra escandinava siempre habíamos intuido que sus creadores se las veían y deseaban por encontrar motivos propios de este género literario. Que en pulcras y prósperas sociedades socialdemócratas, siempre en la cima de todos los índices de desarrollo humano, pudiera imaginarse el tipo de descompensaciones sociales que demanda esta literatura exigía un verdadero esfuerzo de imaginación. Quizá por eso mismo en autores como el islandés Arnaldur Indridason el núcleo de sus libros lo constituía más el retrato de su fascinante país que los asesinatos propiamente dichos. O, como en el sueco Henrik Mankell, la dimensión psicológica de sus personajes predominaba sobre las inercias narrativas del who’s done it. Con todo, recordemos cómo ya Stieg Larsson en su famosa trilogía Millenium nos hacía ver que en Suecia también había una tradición nazi, y hablaba de la implantación allí de bandas de delincuentes balcánicos.

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