La rentabilidad de una sociedad bien formada | Negocios


Maravillas Delgado

El efecto positivo de la educación sobre multitud de variables económicas, políticas, institucionales y humanas en general está fuera de duda. Que una sociedad más educada eleva su calidad democrática o mejora los valores que rigen sus instituciones o ayuda a integrar a la sociedad ha sido comprobado y evidenciado por multitud de disciplinas. La ciencia económica, por no ser menos, ha evaluado igualmente el efecto de la educación sobre, por ejemplo, la renta de los trabajadores, la desigualdad y la asimilación del cambio tecnológico, entre otras muchas cuestiones.

Concretamente, y para España, sabemos que elevar la educación de cualquiera de nosotros tiene un efecto positivo en los salarios medios que ganaremos a lo largo de nuestra vida: entre un 5% y 7% más por cada año de estudio adicional. Además, por cada año de estudio que tenga el conjunto de los españoles de media, el salario medio de todos podría crecer un 3% adicional, independientemente de la formación que tengamos. Es decir, la educación no es solo una inversión con rendimientos que recaen en la esfera personal, sino que redunda en el conjunto de la sociedad a través de lo que llamamos externalidades. Estas se vinculan, además, con la principal justificación de la inversión pública en educación.

Sin embargo, el escepticismo sobre parte de estos logros es cada vez mayor, en concreto sobre la educación superior. Nos llegan, a través de los medios, y cada vez más asiduamente, casos de egresados universitarios para los cuales sus estudios no parecen aportarles la diferenciación por ellos esperada. Esta evidencia sirve, para algunos, como oportunidad para criticar, legítimamente, el diseño de los estudios universitarios y a la propia institución. Pero para otros sirve para torpedear parte del esfuerzo educativo en nuestro país. Construir una crítica concentrando la atención en las colas de la distribución, es decir, en lo raro, en lo que es noticia, tiene un peligro. Involuntariamente, o no, está calando un mensaje negativo sobre la utilidad de dichos estudios, cuando en realidad, ante un escenario laboral desolador para los jóvenes, tener una preparación superior supone asegurarse ante eventualidades futuras.

Buena parte de los problemas a los que se enfrentan los universitarios cuando acceden al mercado de trabajo español no lo son por el mero hecho de ser universitarios (siempre con excepciones). Aun existiendo una clara heterogeneidad en la rentabilidad de los estudios en función del grado cursado, buena parte de los problemas que experimentan nacen en el seno de un mercado de trabajo disfuncional, y que penaliza, de un modo u otro, a todos los que tratan de internarse en él, independientemente de los estudios que posean.

Por ejemplo, debemos saber que, mientras en la Europa de los 27 en el año 2019 la tasa de paro de los universitarios era del 4,2%, la del conjunto de los trabajadores ascendía al 6,7%. En España, la tasa de paro media fue del 14,1%, mientras que la de los universitarios ascendió al 8,6 %, es decir, un 61% del nivel medio. Mientras la tasa de paro universitaria duplicaba a la de los universitarios europeos, la tasa de paro para el conjunto de la población hacía lo propio. Así, descontado el factor “común” de desempleo de nuestra economía, los universitarios españoles no parecen mostrar una peor situación con la de países vecinos. Dicho al revés, buena parte de las dificultades de encontrar empleo podrían venir de un mercado de trabajo ineficiente y no necesariamente por fallas sistémicas en la educación de los universitarios, aunque sin duda esta pueda merecer una profunda revisión. Más datos: según Eurostat, un universitario español “disfrutaba” de una prima salarial del 32% respecto al conjunto de la población trabajadora (medido en salarios hora). En la Europa de los 27 esta prima fue del 33%. Hay grandes diferencias, no obstante, en el seno de la Unión. Por ejemplo, la prima española superaba a la de países como Francia, Reino Unido, Suecia, Irlanda y Dinamarca, entre otros, pero se quedaba lejos de las de Alemania o Países Bajos. Respecto a estudiantes con estudios secundarios, la prima salarial del universitario español era del 47%.

Resumiendo, estudiar siempre suma. Formarse es una condición necesaria, y ojalá fuera suficiente, para tener una vida profesional mejor. Y es cierto que para maximizar ese rendimiento positivo hay que tomar decisiones con conocimiento y con información. Pero lo que no debemos hacer es debilitar a la juventud con mensajes que los podría llevar a tomar las decisiones incorrectas.

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Manuel Hidalgo es profesor de la Universidad Pablo de Olavide y economista de EsadeEcPol.

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