La mala economía de las buenas intenciones



Es algo que sabe todo el mundo pero que siempre se olvida: que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno.

En ese infierno están desde hace unos pocos días Samuel Bankman-Fried e Irene Montero. El primero de los dos por haber montado una muy exitosa plataforma de negociación de criptomonedas llamada FTX que ha tenido que solicitar el concurso de acreedores ante la inminencia de la bancarrota y, la segunda, por la quiebra de un aspecto sustancial de la fallida ley del ‘solo sí es sí’: una quiebra tal, que convierte la protección en su opuesto dialéctico, la desprotección.

Cuando una monja del Carmelo descalzo se puso como «nombre de guerra» religioso Sor Inmundicia (nombre que seguramente inspiró los que lucen las monjas de ‘Entre tinieblas’, la mejor y única película filosófica de Almodóvar) Santa Teresa la reconvino diciéndole: «espero, hermana, que su humildad no sea solo una cuestión de palabras«.

Teresa de Cepeda y Ahumada sabía mucho, y se ponía en guardia contra el exceso de buenas intenciones…

Al pobrecito de Samuel Bankman-Fried todo se le ha vuelto en contra. Sus intenciones eran las mejores. En las entrevistas manifestaba que lo que él quería hacer era el bien universal y entregar su fabulosa riqueza a los pobres.

Una riqueza que había surgido de la creación de algo novedoso en el mundo de los emprendedores y que llegó, montado sobre la ola especulativa de las criptomonedas, a convertirlo en dueño y señor de una de las dos mayores plataformas de negociación, con su propia ‘peseta (o piecita) digital’ emitida y su propio cripto-fondo de inversión libre (hedge fund) adjunto al grupo empresarial.

Y el mundo entero le creyó y empezó a ver en él no solo un joven de 30 años, emprendedor de éxito, sino un aura de santidad que le rodeaba, con sus pantalones cortos y su aspecto de niño niñón desaliñado, más próximo a un ‘ni-ni’ (ni estudia ni trabaja) que a un tiburón de Wall Street.

Es algo que sabe todo el mundo pero que siempre se olvida: que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno.

Todo ese aura se ha desvanecido y ahora se lo disputan las autoridades regulatorias de Bahamas y de EEUU para ver quien consigue meterlo antes en la cárcel. ¡Pobre santo!

Quien le ha sustituido como consejero delegado para gestionar la liquidación de una forma ordenada ha dicho que las cuentas de la empresa FTX fundada por Samuel eran un caos, mientras los clientes de la plataforma hacen todo lo imaginable para intentar recuperar su dinero.

Hasta están recurriendo a ‘Go fund me’ («la plataforma de recaudación de fondos más segura para una necesidad o un sueño») que es tanto como recurrir a la caridad pública. ¡Qué mejor manera de restañar las heridas que deja un santo laico que utilizar para ello una orden mendicante, siquiera seglar, transitoria y digital!

Pero no todo en la vida del ‘santo’ parece beatífico: hay miles de millones de dólares de clientes que no aparecen por ningún lado; hay financiación con dinero de clientes al fondo de inversión libre de la empresa (como si de una Rumasa cualquiera se tratara); hay un poco de ‘Doña Branca’ la banquera del pueblo, pues el mismo Samuel ha reconocido que se pagaba a los que salían con el dinero de los que entraban, y hay algo de Bernard Madoff, que terminó diciendo que se alegraba de haber estafado a sus clientes porque eran todos una pandilla de idiotas codiciosos.

Todo ese aura se ha desvanecido y ahora se lo disputan las autoridades regulatorias de Bahamas y de EEUU para ver quien consigue meterlo antes en la cárcel.

El exabrupto del fundador de FTX no va, de momento, contra los clientes sino contra los organismos reguladores, aunque revela el mismo tipo de ¡caretas fuera! de Madoff ya que, si algo había caracterizado a nuestro héroe, es que no paraba de decir a todas horas lo necesaria que era una buena regulación y normativa financiera para ese ‘salvaje oeste’ que es el mundo de las criptomonedas, mientras repartía caridades en proyectos benéficos y académicos, y algún que otro desembolso para el Partido Demócrata. Su bramar contra los reguladores se ha limitado a decir que «son unos malnacidos que lo estropean todo, además de no proteger en absoluto a los clientes…»

En fin, que ahora el mundo la ha tomado con el pobre muchacho y ya no hay por donde cogerlo.

Con esto, el proceloso y «emprendedurista» mundo cripto está echando peor fama de la que tenía. Tanto que, Nouriel Roubini (sin duda, uno de los mejores economistas académico-prácticos del momento) al referirse a él utilizaba hace poco estas lindas palabras que, en inglés, empiezan todas con ‘c’: cripto, corrupción, oculto, delincuentes, estafadores… y, finalmente, daba el nombre de su actual bestia negra, el jefe de otra gran plataforma de negociación de criptomonedas: CZ (por Zhao Changpeng).

Después se jactaba de haber denunciado hace tres años a otro gran jefe cripto, Arthur Hayes, pionero de ese mundillo y fundador de la plataforma BitMex, con problemas legales en EEUU y, según la Wikipedia, condenado a seis meses de confinamiento domiciliario y a dos años de libertad provisional.

Su bramar contra los reguladores se ha limitado a decir que «son unos malnacidos que lo estropean todo, además de no proteger en absoluto a los clientes…»

En la cruzada del estupendo Nouriel Roubini contra las criptomonedas, sus pompas y sus obras, hace la guerra por su cuenta Nassim Nicholas Taleb (al que debemos la acuñación de ‘El cisne Negro’) que lo mismo arremete contra la «inclusividad» gastronómica de ‘The New York Times’ que también ataca a Binance, la plataforma rival de FTX, y a su cripto-peseta, que se convirtió en criptomoneda, a las que acusa de ser pura estafa mediante «software vaporoso» (el que nunca llega a hacerse realidad).

Ha sido una mala semana para los amantes de las buenas intenciones, sobre todo para los que las proclaman de manera muy enfática. Porque el cripto-magnate caído, entre otras buenas acciones, financiaba un movimiento llamado Altruismo Efectivo, que busca el compromiso de los ricos de dejar todo su dinero en herencia a los pobres y que, en una de sus facetas, aplica el lema de «especulemos en los mercados por el bien de los menesterosos»: si las cosas van mal, lo peor que puede ocurrir es arruinarse, pero si van bien el beneficio para la humanidad es enorme.

Ahora con un agujero de 8.000 millones de dólares en las cuentas de FTX y una financiación al movimiento altruista de 160 millones, parece que los cálculos han salido un poco mal. Además de que ha hecho perder al movimiento su brújula moral (‘The Economist’ dedica un largo artículo al tema, siguiendo las peripecias de una joven militante llamada, también CZ, por Carla Zoe).

Es lo que le ha pasado, en versión sanguinaria, a tantos y tantos próceres cargados de buenas intenciones a lo largo de la historia, desde la dictadura de Savonarola en Florencia al reino del terror lúbrico de Juan de Leiden en Münster, o al terror cuasitotalitario de Zuinglio en Zúrich.

Ha sido una mala semana para los amantes de las buenas intenciones, sobre todo para los que las proclaman de manera muy enfática.

Este último, creador de la iglesia protestante reformada, y mucho menos conocido en España que Calvino (al fin y al cabo, no ha mandado a la hoguera a ningún compatriota nuestro), empezó su trayectoria religiosa-política como líder pacifista y la terminó encabezando en Zúrich un régimen violento en el que se ahogaba a los anabaptistas en el río Limago. El pacifista Zuinglio terminó muriendo en la batalla de Kappel, para gran regocijo de Lutero, su otro gran enemigo.

Los casi 17 billones (trillion) de dólares con que los gobiernos han desplegado sus buenas intenciones (pasadas de rosca) durante la pandemia han terminado provocando la inflación que ahora combaten los bancos centrales, mientras los gobernantes, con intenciones algo más aviesas, añaden gasolina (¡con lo cara que está!; menos mal que es metafóricamente hablando…) en forma de 500.000 millones de dólares en bonificaciones al precio de la energía y al maquillaje del IPC.

También las buenas intenciones de los bancos centrales, con sus inyecciones de dinero creado de la nada y sus tipos de interés cero durante tanto tiempo, han hecho posible la burbuja de las criptomonedas y la de todo tipo de activos.

Vamos a tener que terminar dándole la razón a Bernard Mandeville, cuando decía que «El orgullo y la vanidad han levantado más hospitales que todas las virtudes juntas». Algo que conviene recordar en una etapa como ésta, con tantos «señaladores de la virtud» como hay en la política, alardeando de moralidad. Con los resultados desastrosos que todos conocemos.



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