La gran sospecha



Tasar a la baja los salarios comporta tasar a la baja la realidad. Aquel trabajador del que Ernst Jünger hablaba en 1932, aquel operario “acostumbrado a las imágenes mecánicas” de las que acabó formando una parte inseparable, no es tal. Quizá porque los trabajadores de antaño constituían –puede que a pesar de ellos– un proyecto político inaugural, una misión, por así decir, de afirmación del Estado burgués. Lo que el pensador alemán proclamaba en El trabajador hoy merece, en ciertos aspectos, una revisión, puesto que no es “la edad burguesa” la que se abre al futuro, sino una edad expoliada, que podemos llamar “edad de la precariedad”.

No es del todo cierto, pese al auge que ha adquirido en los Estados Unidos el movimiento de la llamada “Gran Renuncia” (Great Resignation), que los asalariados renuncien a su puesto de trabajo únicamente por conseguir unas mejores condiciones, no sólo en cuanto a sueldo se refiere. Deberíamos ser más sutiles y examinar otras causas de esta masiva deserción que, la mayor parte de las veces, comporta un salto al vacío, es decir, la asunción de una existencia regida por la estrechez. La antaño llamada clase obrera ha empezado a sospechar, y de eso hace unas cuantas décadas, al menos tres, que su cotidiana función en una fábrica o en una oficina es perpetuar un sinsentido.

¿Cuán potente es la industria de la nada? En pocos años requerirá millones de puestos de trabajo inútil y por ello degradante

Dicho de otro modo: los trabajadores se han percatado de que su tarea no es del todo necesaria, y que su cometido consiste en aumentar sin fin los stocks de objetos inservibles, que un día otros obreros especializados en ello reciclarán para que los primeros los vuelvan a crear. Estamos hablando de la asumida conciencia de un camino hacia la nada, de un paradójico nihilismo padecido por aquellos que, si bien dedicados a la producción, empiezan a desconfiar de la utilidad de su labor. Es en este aspecto que puede hablarse de la Gran Sospecha, de la inferencia, despertada en el operario, de que está cubriendo un puesto cuya finalidad es tenerlo ocupado para que, o bien no alargue la desalentada cola del paro, o bien no desestabilice la realidad laboral ni la social.

Porque, ¿cuán potente es la industria de la nada?, ¿cuánto de lo que se fabrica es en verdad necesario? Esta industria de la nada y de entretenimiento en cadena está siendo día a día más boyante y en pocos años requerirá miles, millones de puestos de trabajo inútil y por ello degradante; pero no importa. Se trata de alimentar un simulacro cuya representación constituye un grueso considerable del mundo aparente –en el sentido que le dio Nietzsche a esta expresión–, que ya no es capaz de dotar de significado y dirección a lo que hace. Aquellos trabajadores que “haciendo las cosas de provecho y muy útiles para sí y para la república”, según se lee en el ya lejano Tesoro de la lengua de Sebastián de Covarrubias, apenas existen. Hoy éstos se saben intercambiables, de caducidad pronta, sustituibles incluso por otro obrero menos cualificado, pero más “barato”.

La nueva civilización, cuyas fuentes del pasado se remontan a Bill Gates y Steve Jobs, presenta una paradoja demoledora que el mencionado Jünger, pero también Elias Canetti años más tarde en su obra central Masa y poder, avizoraron con afinada perspicacia: la contradicción, temible por lo demás, de que en pleno y supuesto fortalecimiento de la democracia se viva “un ocaso de la masa”, lo cual debe alertarnos como ciudadanos. El grave deterioro laboral, que enrarece, además, las relaciones entre quienes trabajan y llena de bruma el devenir de los jóvenes, es en cierta manera una consecuencia de este contrasentido que viven las democracias occidentales, siempre satisfechas de sí mismas pero avaras en lo ético y autojustificadas por la conquista de un bienestar cada vez más selectivo que ya no es capaz de ocultar esa Gran Sospecha, que está cimentada sobre las cenizas aún calientes de una Historia mal contada. 



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