La chapucera prodigiosa



Pocas líneas discursivas me atraen menos que el «ya lo decía yo». Prefiero alimentar el debate conmigo mismo, interpelarme a través de los lectores, buscar enmiendas a cualquier proposición previa, completarme en la discusión con el opuesto, reconocer cuando creo haberme equivocado.

Lo hice la semana pasada, a propósito de la liquidación del delito de sedición, dándole a Feijóo la razón que le había quitado cuando se levantó de la mesa en la que negociaba sobre el Poder Judicial. Lo he hecho retrospectivamente, subrayando que los hechos han demostrado que era Zapatero y no yo quien acertaba, nada menos que respecto a la negociación con ETA. Y siempre que alguien insulta a Sánchez suelo salir en su defensa, mientras la loa o justificación sectaria me hace aguzar las críticas que con creciente frecuencia merece. Sólo quien duda y yerra, quien lo admite y rectifica, quien ve siempre las dos caras de la luna, puede garantizar un proceso intelectual autoexigente y honesto.

Pero esta Carta será la excepción a la regla por lo que está ocurriendo con la rebautizada como «ley Irene». Lo del «sólo sí es sí» ha quedado arrumbado por la impronta de la autora, como ocurrió con lo de la «patada en la puerta» en la infausta «ley Corcuera». Y esto que está ocurriendo, no es que fuera perfectamente predecible, es que quedó pronosticado en EL ESPAÑOL a las pocas semanas de su toma de posesión como ministra.

He aquí de nuevo los tres primeros párrafos de mi artículo del domingo 8 de marzo de 2020 -atención a la fecha porque demuestra que hace 32 meses que sabíamos lo que iba a pasar-, titulado Irene Eukaryota:

«Un espectro recorre Europa, un huracán arrasa la península y no es el coronavirus. Nadie lo sabe tan bien como los ministros y ministras del PSOE, azotados por su ímpetu y desarbolados por su furia. Varios de ellos van diciéndolo por las esquinas: «Mírala, mírala, mírala». Es el huracán Irene».

[El fiasco del ‘sí es sí’ enfría el plan de Podemos de que Irene Montero sea la alternativa a Yolanda Díaz]

«Los más prominentes miembros del gobierno piden que nos fijemos en Irene Montero. Que la escuchemos (si en medio del rugido del vendaval somos capaces de oír algo). Que hablemos con ella (si su ametralladora verbal deja resquicio para colar alguna que otra palabra). Pero, sobre todo, que le dediquemos la atención que merece. Que repasemos sus intervenciones públicas, sus aportaciones legales, sus propuestas políticas, hasta los tuits de ella y de su entorno».

«La primera vez que recibí ese ruego pensé que los socialistas se sentían orgullosos de haber incorporado savia nueva y brillante a un ejecutivo de izquierdas y pedían reconocimiento social por ello. La segunda vez empecé a colegir que se trataba de una instancia en modo irónico, impulsada por lo que inicialmente fue asombro, para trocar en estupor y devenir ya en abierta estupefacción. La tercera vez me di cuenta de que lo que buscaban era, en realidad, un muro de lamentaciones en el que encontrar comprensión, indulgencia e incluso un punto de conmiseración, dentro del género vaticanista: ‘Señor, que he hecho yo para merecer a esta'».

***

Dos meses antes, en los momentos críticos en los que se cerraba la composición del Gobierno, la hoy vicepresidenta de EL ESPAÑOL, Cruz Sánchez de Lara, había enviado un mensaje Carmen Calvo, desde la complicidad del feminismo: «Por favor, Carmen, no cedáis Igualdad a Podemos». Pero, exactamente, es lo que hizo Sánchez, entregando a sus socios extremistas ese ministerio junto a los de Agenda Social, Consumo, Universidades y Trabajo, como si fueran aquellas «marías» extracurriculares del antiguo plan de estudios. 

Fue una cesión en bloque a Pablo Iglesias, de modo que lo que se constituía no era un gobierno de coalición, sino una coalición de gobiernos, en la que sólo el respectivo jefe de fila nombraba y cesaba a quienes formaban parte de su cupo. Ni Sánchez pudo evitar entonces que Iglesias colocara a su pareja en Igualdad, ni tiene ahora modo alguno de impedir que la mantenga, como líder fáctico que sigue siendo de Podemos.

«El presidente sabía a qué atenerse. Ahora no tiene forma de quitarse de en medio a Irene Montero»

Los protocolos de ese pacto han convertido al fin en profecía autocumplida aquella reflexión de Sánchez de septiembre del 19, previendo que «no dormiría tranquilo» con ministros de Podemos. El presidente sabía a qué atenerse. Ahora no tiene forma de quitarse de en medio a Irene Montero; pero, como alegaba nuestro Rugido de anteayer, la alternativa es el grave riesgo de que la continuidad de Irene Montero induzca a los electores a quitarle de en medio a él.

Él solito se metió en este callejón sin salida, sin buscar luego escapatoria alguna en el tiempo transcurrido. Y no porque no se viera venir lo que finalmente ha sucedido. He aquí dos párrafos más de aquel artículo de hace 32 meses:

«Si en cualquier coyuntura gobernar es una tarea de adultos, cargada de responsabilidades, los acontecimientos pueden arrastrar, aquí y ahora, al poder ejecutivo a encrucijadas críticas en las que estén en juego el modo de vida, la cohesión social, la prosperidad e incluso la libertad de los españoles. En ese Consejo de Ministros es en el que los miembros más conspicuos de la cúpula socialista están escuchando con alarma el tictac de lo que ellos denominan la «bomba de relojería Irene».

[«Hemos llegado al límite de los disparates de Podemos»: clamor en la cúpula del PSOE]

«Y, en efecto, tener como compañera de Gobierno a alguien que actúa como si fuera la primera gobernanta sobre la tierra, arrogándose la capacidad de poner y quitar identidades de género, pues no en vano fue suya la idea de denominar Unidas Podemos a una coalición que tiene entre sus votantes a una aplastante mayoría de hombres; a alguien que se empeña en legislar contrarreloj, para ganarle la partida al calendario y apuntarse un tanto personal en fecha emblemática, desdeñando la seguridad jurídica, los procedimientos administrativos y hasta las reglas de la gramática; a alguien que se abre paso a codazos, ignorando la solidaridad interministerial y arrollando los trienios de experiencia, movilizando a los suyos para insultar coralmente con el latiguillo de «machista frustrado» a quien osa interponer argumentos técnicos en su camino depredador hacia la gloria feminista; a alguien que, en vez de un equipo ministerial, organiza una sorority de campus californiano del siglo pasado, integrada por adoratrices sicofantas, capaces de extender la vergüenza ajena, exhibiendo un vídeo infantiloide con tarta de cumpleaños, bebé de la diosa con pañales y eslóganes de opereta incorporados; tener a alguien así en el gabinete es, ciertamente -como dicen ellos-, tener un artefacto explosivo en el asiento de al lado».

***

De aquellos barros han llegado, en sentido estricto, los presentes lodos. Irene Montero logró, gracias a la presión del entonces vicepresidente tercero Pablo Iglesias, arrebatar la iniciativa legislativa a la entonces vicepresidenta primera Carmen Calvo y que el Consejo de Ministros aprobara aquel 8 de marzo, día de la Mujer de 2020, el anteproyecto de ley que equiparaba los abusos y la agresión sexual, fundiéndolos trivialmente en un mismo delito, con la falta de consentimiento explícito como único umbral. 

Y cuando el entonces ministro de Justicia Juan Carlos Campo osó plantear esas objeciones técnicas que auguraban el efecto bumerán de la ley, fue cuando le cayó ‘la del pulpo’. El remoquete de «machista frustrado» que se le adjudicó entonces no podía ser más premonitorio de las descalificaciones que está recibiendo la judicatura en su conjunto ahora que el estropicio está consumado.

«La forma en que se las gastaba Irene Montero, manteniendo las sucias manos del “machismo frustrado” fuera de su ley, no dejaba margen alguno para que nadie la aconsejara»

Todo un dislate cuando hablamos de un cuerpo con mayoría de mujeres, tal y como ha quedado plasmado en la composición de varios de los tribunales que se han visto obligados a aplicar el principio general del Derecho por el que todo condenado se beneficia de cualquier ley posterior que le sea favorable.

No deja de haber una cierta justicia, mal llamada poética, en que el mismo Gobierno que hoy trata de legislar, también contrarreloj, para favorecer retroactivamente a los sediciosos del 1-O, se olvidara de prevenir que una pléyade de violadores y pederastas vieran reducidas sus penas como consecuencia de una precipitación equivalente. 

Son dos buenos ejemplos del «populismo penal» que Virgilio Zapatero denuncia en el magistral artículo que hoy publicamos. A fin de cuentas, la forma en que se las gastaba Irene Montero, manteniendo las sucias manos del «machismo frustrado» fuera de su ley, no dejaba margen alguno para que nadie le advirtiera de que, como mínimo, debía incluir una disposición transitoria que blindara las condenas en vigor.

[Campo, tras llamarle Iglesias «machista frustrado»: «A veces hablamos demasiado»]

Juan Carlos Campo no olvidará nunca el trance por el que hubo de pasar el día que invitó a la ministra de Igualdad a almorzar en el vetusto caserón de la calle San Bernardo que sirve de sede al ministerio y ella se presentó con su bebé y cuidadora en ristre, de modo que todo intento de armonizar criterios técnicos ante el proceso legislativo quedó interrumpido primero por los llantos de la criatura y luego por la lactancia in situ, previa extracción de la glándula ministerial: «No, Juan Carlos, no hace falta que te vayas…». Así se gestó la «ley Irene».

***

Mi tesis de hace 32 meses se está viendo corroborada por los hechos. Frente a aquellas lamentaciones de sus compañeros de Gobierno que la veían como una especie de alienígena, extravagantemente aupada por su relación conyugal, yo sostuve que Irene Montero era «la célula eucariota -del griego ‘eu’ (verdadero) y ‘kayron’ (nuez) – en la que está inscrito el ADN de Podemos; o sea, la portadora de los valores nucleares y por lo tanto la joven madre de todas las criaturas podemitas, incluidas las de más provecta edad».

«Lo prodigioso no es que Pablo Gotera y Otilia hayan asaltado los cielos dejando la huella de sus chapuzas, sino que el guardainfantes de su pacto con Sánchez siga protegiéndoles 3 años después»

No hay más que ver la reacción de la caterva de altos cargos de Podemos –Echenique, Belarra, Victoria Rosell, Ángela Rodríguez Pam…- arremetiendo contra jueces, fiscales, periodistas, adversarios políticos –Yolanda Diaz, incluida- y hasta contra los abogados de los violadores por haber osado «pedir en su día la absolución de sus clientes». Están dispuestos a lo que sea con tal de impedir que su célula eucariota asuma una responsabilidad política mucho más flagrante y expresa que la de dimisionarios como Antonio Asunción, Narcís Serra o Julián García Vargas. Sólo el caso de Corcuera sería equiparable y al menos él cumplió su palabra y se sometió al veredicto del Constitucional.

¿Hará lo mismo Irene Montero si el Tribunal Supremo establece que los daños causados por su ley son ya irreparables y que sólo cambiándola dejarán de reproducirse? Por supuesto que no.

Lo prodigioso no es que Pablo Gotera y Otilia hayan asaltado los cielos dejando la huella de sus chapuzas en cada domicilio, sino que el guardainfantes de su pacto con Pedro Sánchez, siga protegiéndoles casi tres años después de aquel emblemático tuit del ministerio de Igualdad reivindicando el derecho a deambular «sola y borracha». 

Incluso si ese fuera el baremo, el efecto de la «Ley Irene» está siendo el opuesto al pretendido. Quienes elijan como opción vital la esporádica o recurrente soledad etílica no correrán menos peligros sino más porque el castigo a sus agresores no será mayor sino menor. 

El día que esta señora al fin salga del Gobierno no cabrá, pues, otra despedida que la que el vecindario corea mientras cae el telón de ‘La Zapatera prodigiosa’ la obra casi homónima de Lorca: «Chapucera, chapucera… ¡Chapucera, te has lucido!». Ha bastado cambiar una palabra para que no sólo rime, sino que además sea verdad.



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