La amistad según Aristóteles



En el libro VIII de la Ética a Nicómaco, Aristóteles afirma que la amistad es «lo más necesario para la vida». Sin embargo, en el capítulo sexto del libro I había refutado las Formas o Ideas de su maestro Platón, alegando que un filósofo no puede sacrificar la verdad en el altar de los afectos. Aunque le resulte difícil, debe postergar la amistad para defender lo que considera verdadero. Aristóteles exalta la amistad y al mismo tiempo reconoce sus límites. Es valiente en sus conclusiones, pues toma el camino más áspero. Entre la verdad y la amistad, escoge la verdad.

Imagino el conflicto que representó para él romper con la doctrina de su maestro. Platón no pasó por algo semejante, quizás porque reinventó a Sócrates. No hasta el extremo de falsificar su pensamiento, pero sí es probable que desarrollara sus intuiciones hasta transformarlas en teorías complejas. ¿Incurre Aristóteles en una contradicción al hablar de la amistad? En absoluto. No niega que sea «lo más necesario para la vida». Solo aclara que lo más necesario para el filósofo no es la amistad, sino la verdad, lo cual significa que pensar puede ser ingrato, pues a veces nos obliga a prescindir de lo más querido. La filosofía es una vocación heroica. Nos enseña que vivir bien no es vivir placenteramente. La verdadera felicidad se obtiene haciendo lo correcto, no lo que nos resulta más sencillo y agradable.

Sabemos poco de Platón. Todo indica que permaneció soltero y no engendró hijos. Atlético y reservado, a veces obró con obstinación, como cuando intentó convertir a los tiranos de Siracusa en filósofos, pero evitó manifestar sus emociones, salvo cuando relató la muerte de Sócrates o el desengaño que le provocó la política, asegurando que no volvería a frecuentar ese dominio. ¿Se parecía al anciano venerable –barba blanca, mirada grave, frente alta- que pintó Rafael Sanzio en La escuela de Atenas, sosteniendo un ejemplar del Timeo, el diálogo donde expuso su cosmogonía?

La vida no es caos y azar, sino algo bello y digno de estima, como lo demuestra la existencia de la amistad

En ese mismo fresco, Aristóteles aparece como un hombre enérgico con el pelo corto, anacrónica barba de estoico y ojos de rapaz oteando una vasta planicie. Los testimonios de la época no lo describen con ese aspecto, sino como un hombre nada corpulento, de talla escasa y parcialmente calvo. En su testamento, se revela como una persona con cierta delicadeza. Manifiesta una sincera preocupación por el porvenir de su viuda y sus hijos, y ordena liberar a sus esclavos al llegar a la mayoría de edad. Para muchos de sus contemporáneos, la inquietud por su familia podía interpretarse como debilidad o incluso indignidad. Los romanos habrían calificado su actitud de sentimentalismo más propio de un bárbaro que de un patricio.

¿Cómo fue la amistad entre Platón y Aristóteles? Solo podemos conjeturarlo. No conservamos ningún documento que nos relate su relación. Aristóteles no fue el único discípulo de Platón, pero sí el más aventajado. Todo sugiere que su maestro le apreciaba, pero no hasta el extremo de establecer que asumiera la dirección de la Academia tras su muerte. El pincel de Rafael los representa debatiendo mientras pasean por una escuela de Atenas con resonancias celestiales. Platón apunta a lo alto, al Mundo de las Ideas, con gesto mayestático. Aristóteles señala hacia abajo, indicando que la filosofía debe tener los pies en la tierra. Lleva un ejemplar de la Ética, lo cual subraya su pragmatismo.

Al margen de sus discrepancias, que dividieron el pensamiento de la posteridad en platónicos y aristotélicos, los dos albergaban un alto concepto de la amistad. Para Platón, conocer a Sócrates constituyó el gran acontecimiento de su vida. Su existencia habría sido diferente sin sus enseñanzas, que despertaron su vocación filosófica. Platón desempeñó un papel parecido en la biografía de Aristóteles, si bien no dejó una impronta tan carismática. Los tres grandes nombres del pensamiento griego se comunican mediante el cálido hilo de la amistad, lo cual revela que las ideas y los afectos muchas veces discurren por el mismo cauce.

Aristóteles sostiene que «sin amigos nadie querría vivir». Incluso los que disfrutan de poder y grandes riquezas, necesitan amigos, pues son «el único refugio» en la pobreza y la desgracia. La amistad ayuda a los más jóvenes a no cometer errores y alivia la vulnerabilidad de los más viejos. Y en los momentos de plenitud, contribuye a que prosperen los buenos proyectos y las nobles acciones. Aristóteles cita un célebre párrafo de la Ilíada: «Dos marchando juntos». Y añade: «Con amigos los hombres están más capacitados para pensar y actuar».

La convivencia con los hombres buenos es un inmejorable estímulo para la virtud

La amistad es una oportunidad de «hacer el bien». Sin vínculos cálidos y estrechos, el ser humano no puede desarrollar sus sentimientos más dignos: la justicia, la benevolencia, la magnanimidad. La amistad crea lazos entre las personas y mantiene la paz en las ciudades: «Cuando los hombres son amigos, ninguna necesidad hay de justicia». La polis es una forma de amistad, pues su misión es garantizar el bien de todos. Cuando impera en la sociedad, surge la concordia, sin la cual la convivencia se despeña por la aspereza y la confrontación. Desgraciadamente, los políticos suelen alimentar los enconos. Es lo que nos ha enseñado la historia. Desde la muerte de Aristóteles en 322 a.C., las guerras se han sucedido y muchas veces han sido fruto de enemistades artificiales.

La amistad no es solo necesaria, puntualiza Aristóteles. Además, «es hermosa». Hay distintos tipos de amistades. Algunas nacen del interés, de la esperanza de obtener algún beneficio. En esos casos, se busca la compañía del amigo porque resulta útil o agradable. Aristóteles califica estas relaciones de amistades por accidente, porque en ellas «uno no es amado por lo que es, sino por lo que procura, ya sea utilidad ya placer». Tales amistades se disipan con facilidad. Basta que deje de advertirse placer o utilidad. Es lo que suele suceder con los jóvenes, que se hacen amigos rápidamente y se alejan de repente. A veces, un solo día es el escenario de esa historia de afecto y ruptura.

Frente a esas amistades, precarias y efímeras, la amistad de «los hombres buenos e iguales en virtud» es duradera y sólida, pues el aprecio no se basa en algo accidental, sino en lo que el otro es en sí mismo. «La virtud es algo estable», escribe Aristóteles, y produce beneficios mutuos: «Los buenos no solo son buenos en sentido absoluto, sino también útiles recíprocamente». Esa clase de amistad exige tiempo. Tardamos en comprobar que una persona es digna de nuestra confianza. La amistad es un tapiz que se elabora lentamente, no algo que brota de forma espontánea.

Aristóteles afirma que la amistad entre malvados es imposible, pues ese tipo de hombres solo busca el beneficio propio. No son capaces de amar y no conocen la generosidad. No se fían los unos de los otros y prestan oídos a las calumnias. Los hombres buenos no se dejan contaminar por la maledicencia, pues confían en sus amigos. Eso sí, no son inmunes a la distancia y a la falta de trato, que diluyen los afectos y abren distancias. Aristóteles advierte que no es posible ser amigo de muchos. La amistad exige intimidad y esa experiencia nunca puede ser multitudinaria.

Solo debemos ser intransigentes con el mal. No podemos amar a los malvados

Por otro lado, la amistad solo es posible entre iguales. Un hombre y un dios no pueden ser amigos, pues no puede existir reciprocidad ni cuidado mutuo. La amistad con alguien malvado o indigno constituye una aberración, pues el mal y la indignidad no pueden amarse en ningún caso. Y si se hace, se corre el riesgo de acabar participando de ellas. Si descubrimos que uno de nuestros amigos es un malvado, debemos alejarnos de él, salvo que apreciemos la posibilidad de corregirlo. Para escoger un amigo, no es suficiente que no sea malvado. Además es necesario compartir los mismos gustos y alegrarse por las mismas cosas. De no ser así, la relación sería penosa y conflictiva. «El amigo es otro yo», escribe Aristóteles.

La amistad es algo que nos permite objetivar nuestros afectos y explorar nuestro interior. Se parece a una obra de arte, que siempre obedece al impulso de hacer el bien, purificando las pasiones mediante la experiencia estética. En ese sentido, la amistad es una forma de amor a uno mismo, pues no es posible mejorar sin experimentar apego hacia nuestro propio yo y buscar su plenitud. «El hombre bueno debe ser amante de sí mismo porque se ayudará a sí mismo haciendo lo que es noble y será útil a los demás». El hombre bueno se guía por el intelecto, que le revela que vivir noblemente siempre es mejor que entregarse a los placeres efímeros. Al realizar «una acción hermosa y grande», como dar la vida por la patria o los amigos, «elige para sí el bien mayor». La convivencia con los hombres buenos es un inmejorable estímulo para la virtud. «La vida es buena por naturaleza», pero a veces lo olvidamos. La cercanía de amigos de espíritu noble y justo nos permite vivir otras vidas, salir de nosotros mismos y enriquecernos con las virtudes ajenas. En los momentos de infortunio, su proximidad nos alivia, pero no debemos esperar que gimoteen con nosotros –algo que Aristóteles considera propio de mujeres y hombres débiles-, sino que nos acompañen con serenidad, compartiendo nuestra pena dignamente.

Hemos perdido la mayor parte de la obra de Aristóteles. Solo conservamos los apuntes que escribía para preparar sus clases y unos pocos tratados, como la Ética a Nicómaco. Sabemos que escribió diálogos con forma literaria, semejantes a los de Platón. Cicerón dijo que la obra del fundador de la Academia era «plata» y la de Aristóteles, «oro», un hilo dorado que deslumbraba con su belleza y elegancia. Las páginas dedicadas a la amistad corroboran que su juicio no era desatinado. ¿Podemos concluir algo sobre esas enseñanzas, que han sobrevivido a las contingencias de la historia y la criba del tiempo?

Pienso que sí. La vida no es caos y azar, sino algo bello y digno de estima, como lo demuestra la existencia de la amistad. Sin amigos, nuestra existencia siempre estará incompleta, pero el afecto no debe oscurecer la pasión por la verdad. La filosofía es un esfuerzo de comprensión, no una forma de acomodarnos a las circunstancias. De todas formas, la verdad no nos impone romper con los amigos. Podemos discrepar sin que eso menoscabe el aprecio. Solo debemos ser intransigentes con el mal. No podemos amar a los malvados. Nos lo impide el compromiso con el bien, que es la esencia de una filosofía correctamente orientada.

Aristóteles no escribió solo para sus conciudadanos. Sus palabras sobre la amistad son un aldabonazo en el porvenir. Lejos de haber caído en el olvido, siguen escuchándose como ese rumor áureo del que habló Cicerón, recordándonos que nuestra civilización se forjó en Atenas, esa pequeña ciudad donde el espíritu sopló con la delicadeza de una lira y la fuerza de una tempestad.



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