Kafka y su fobia patológica a los ratones



Escribo esta columna al hilo de uno de los apuntes preparatorios de El otro proceso, el formidable ensayo que Elias Canetti dedicó en 1968 a la correspondencia de Kafka con Felice, por entonces recién publicada. Los apuntes se encuentran en un volumen que Galaxia Gutenberg contempla publicar próximamente y que reunirá cuanto Canetti llegó a escribir en torno a Kafka (al margen de los aún inaccesibles diarios del mismo Canetti, por supuesto).

En el apunte al que me refiero, Canetti rectifica el juicio que, en una primera lectura, le mereció “Josefina la cantante o el pueblo de los ratones”, el último relato escrito por Kafka. Aquella lectura le había supuesto una “terrible decepción”. Siete meses después, sin embargo, retoma el relato y su impresión, dice, “es muy distinta”. Canetti ha pasado todo este tiempo sumergido en la obra de Kafka, y de pronto se le hacen evidentes cosas que entonces se le pasaron por alto.

Al autor de Masa y poder (1965) le parece que ese relato contiene “la descripción que Kafka hace de la masa, la única digna de él”. Como le parece, a su vez, que Kafka es, “entre todos los escritores, el único que no ha sido contaminado en absoluto por el poder”, de ahí que alcance a representarlo mejor que ninguno: “Tal vez sea la exhaustividad con que se ocupa del poder lo que ha llevado a malinterpretaciones de su obra”, anota.

Pero vuelvo al apunte mencionado. Cuenta allí Canetti una anécdota relativa a la estancia de Kafka en Zürau, en el invierno de 1917, en la granja que allí tenía su hermana Ottla, donde pasó unas semanas bastante felices. Una felicidad que sólo enturbió la presencia de los ratones, de los que había una especie de plaga, a la que Kafka reaccionó con espanto.

En su biografía del escritor, Reiner Stach dice que “las cartas sobre ratones” que Kafka escribió desde Zürau, llenas de humor, corrían en Praga “de mano en mano”. Son varias, y todas muy divertidas, en efecto, a pesar de que expresan una fobia a los ratones casi patológica.

Como a Canetti le parece que Kafka es, “entre todos los escritores, el único que no ha sido contaminado en absoluto por el poder”, alcanza a representarlo mejor que ninguno

“Lo que tengo respecto a los ratones es puro miedo. Averiguar de dónde proviene es cosa de los psicoanalistas, yo no lo soy”, le escribe Kafka a su amigo Max Brod. Este le informa de la existencia de unas trampas especiales capaces de matar a cuarenta ratones a la vez. A otro amigo, Oskar Baum, le dice Kafka que ha encargado esa trampa, y poco después le cuenta que la ha probado sin éxito: los ratones agarran el tocino que sirve de cebo sin ser alcanzados por la trampa, que salta produciendo un gran estrépito. “La trampa recomendada de buena fe por Max es más un despertador que una trampa”, concluye Kafka.

Canetti especula con la idea de que “Josefina la cantante o el pueblo de los ratones” fuese la forma que tuvo Kafka de “expiar” sus intenciones asesinas hacia lo que en sus cartas de 1917 él mismo llamaba ya así: “el pueblo de los ratones”. Siete años después, “los ratones son tratados como un pueblo de seres humanos, con comprensión y con cierta ternura”. Y los silbidos aterradores de las noches en Zürau trasmutan en un arte.

Se pregunta Canetti si Kafka llegó a saber “que, en efecto, existen los ratones cantores”.

¿Lo sabían ustedes?

Hace tres años, la prensa científica dio cuenta de una rara especie de ratón (el ratón cantor de Alston) capaz de producir “canciones extraordinarias”: El estudio de estos ratones, cuyas canciones llegan a articular “casi un centenar de notas audibles”, viene siendo objeto de estudios revolucionarios en el campo de la neurobiología.

Claro que, en realidad, Josefina no sabe cantar: simplemente se cree que son cantos sus silbidos



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