Jair Bolsonaro, entre Trump y Putin para acolchar su probable derrota electoral


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El populismo, en ocasiones, tiene las patas cortas. Es el caso, por ejemplo, de Jair Bolsonaro. Durante un tiempo, alrededor de su elección como presidente brasileño en octubre de 2018, Bolsonaro se convirtió en el abanderado de la alt-right fuera de Estados Unidos. Su alianza con Donald Trump se fraguó desde el reconocimiento de dos iguales: tipos conservadores, decididos y con un aire antisistema ideal para poner patas arriba el orden político de sus países.

Con diferencias, claro. La salud de Bolsonaro, desde el atentado que sufriera en la precampaña electoral, no ha vuelto a ser la de antes, lo que contrasta con la habitual exuberancia de Trump. Aparte, hablamos de un hombre de profundas convicciones religiosas, algo de lo que Trump en principio no hace gala, y de un conservadurismo social que va más allá del gesto cara a la galería.

Bolsonaro es un reaccionario en toda regla y siempre lo ha sido. Un orgulloso reaccionario, incluso. Junto a Trump, negó la importancia del coronavirus y durante este último año se ha mostrado contrario a vacunarse.

Bolsonaro, en su momento una de esas figuras polarizadoras que parten en dos un país, ha demostrado no ser el demonio que muchos aseguraban -no se ha saltado las reglas, no ha acabado con la democracia, no ha coqueteado con el golpe de estado…- pero tampoco ha conseguido convencer a su electorado de que era la solución desesperada que buscaban cuando le votaron frente a los partidos tradicionales hace cuatro años.

El 28% de los brasileños tienen una imagen buena o muy buena de él, por un 57% que la tiene mala o muy mala. Desde junio de 2021, la suma de estos últimos dos parámetros siempre se ha mantenido por encima del 50%.

Su derrota en los próximos comicios del 2 de octubre es un escenario cada vez más probable. Los últimos sondeos publicados por la empresa PoderData hablan de una ventaja de nueve puntos del expresidente Lula da Silva (40%) frente al actual mandatario (31%) en la primera vuelta.

Nueve puntos que eran catorce hace tan solo un mes, eso sí. No es una carrera decidida y menos teniendo en cuenta que, con esos resultados, nos vemos abocados a una segunda vuelta, pero el favoritismo de Lula es claro desde que anunciara su candidatura.

La sombra del fraude electoral

El propio Bolsonaro no lo debe de ver muy claro cuando está empleando una táctica que recuerda a la de Donald J. Trump en noviembre de 2020. Hay que recordar que el brasileño es de los pocos gobernantes que no han reconocido aún la victoria de Joe Biden y que mantienen que a Trump le robaron los comicios. En septiembre del año pasado, en un multitudinario mitin de Bolsonaro en Brasilia, el propio hijo de Trump se encargó de advertir de que “los chinos” podrían intervenir en las elecciones brasileñas para ponerlas del lado de Lula.

En su visita a la Casa Blanca en agosto de 2019, Bolsonaro regaló a Trump a una camiseta de la Selección brasileña de fútbol.


En su visita a la Casa Blanca en agosto de 2019, Bolsonaro regaló a Trump a una camiseta de la Selección brasileña de fútbol.

Reuters

Steve Bannon, el ideólogo detrás de casi todos los movimientos de extrema derecha a lo largo y ancho del planeta, confirmó la hipótesis de Trump Jr. «Bolsonaro solo perderá si las máquinas así lo deciden», insistiendo en el mantra que utilizó el ala más radical del Partido Republicano por el cual las máquinas de votación no habían registrado bien los votos en los estados clave y habían manipulado así el resultado.

Sembrar la duda ante un proceso electoral es una buena manera de guardarte las espaldas ante una posible derrota y de deslegitimar la posible victoria de tu adversario. Ahora bien, no se puede decir que en Estados Unidos la táctia haya funcionado demasiado bien en términos prácticos. Legitimado o deslegitimado, Joe Biden preside el país desde hace más de un año. Con el orgullo más o menos intacto, Donald J. Trump es hoy en día un ciudadano más de los Estados Unidos.

La marcha de Trump le hizo mucho daño a Bolsonaro y por extensión a Brasil. Obviamente, la administración Biden no se está esforzando en ponerles las cosas fáciles a un país muy afectado en lo económico y lo sanitario por la pandemia. Desde los primeros brotes de 2020, en Brasil han muerto casi 650.000 personas… y se sospecha que la cuenta no es del todo precisa. Asimismo, el PIB, que cayó un aceptable 4% en 2020, no termina de recuperarse del todo según las estimaciones que se van conociendo de 2021.

No es nada nuevo ni nada achacable en exclusiva a Bolsonaro: el brutal crecimiento del país en el período 2000-2010 se vio frenado en seco con una larga recesión de 2011 en adelante a raíz de la crisis financiera mundial. Cualquier posible recuperación se ha visto aplazada, de momento, por las consecuencias de la pandemia.

En busca de amigos poderosos

Conforme el resto de países sudamericanos van girando a la izquierda -las elecciones en Colombia de mayo pueden confirmar esta tendencia con el más que probable triunfo de Gustavo Petro- da la sensación de que Bolsonaro se va quedando más solo en su entorno. Sin la relación privilegiada que Trump estableció en 2019, a Bolsonaro no se le ha ocurrido otra que buscarle las cosquillas a Biden flirteando con la Rusia de Putin.

En plena escalada prebélica y cuando todos los países occidentales pretenden estar a una frente a la posible invasión de Ucrania, Bolsonaro se plantó el pasado miércoles en Moscú para charlar un rato con el líder ruso. Su posición antivacunas le condenó a tener que pasar cinco tests negativos antes de la reunión. Por otro lado, al menos evitó la polémica mesa alargada del Kremlin.

El movimiento es atrevido, pero puede que necesario: mientras Bolsonaro siga en el poder, Brasil necesita un aliado fuerte en el exterior y no va a ser Estados Unidos. Tanto Rusia como Brasil forman parte de la alianza BRICS de países con economías emergentes. El acrónimo recoge la primera letra de los cinco países que la forman: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Todos ellos fuera del G7. Todos ellos buscando apoyo mutuo frente a lo que consideran prácticas abusivas en la política de préstamos del Banco Mundial y el FMI.

Jair Bolsonaro con el presidente húngaro, Vikton Orbán, en Budapest esta semana.


Jair Bolsonaro con el presidente húngaro, Vikton Orbán, en Budapest esta semana.

Reuters

Hasta cierto punto, ambos países y ambos líderes se necesitan, pues ambos están aislados. Incapaz de entenderse con Biden y con la Unión Europea, Putin lleva un tiempo sondeando a los distintos políticos de izquierdas que van copando el continente sudamericano. Hace poco, tras muchísimos años de incomunicación, tuvo un cordial reencuentro con Daniel Ortega, cuyo movimiento sandinista fuera apoyado por la URSS en los ochenta con armas y dinero.

A corto plazo, supone una manera de desestabilizar los planes de EEUU, habituado a controlar la zona. A largo plazo, podría incluso suponer una amenaza militar para la gran superpotencia mundial: si Rusia llegara a acuerdos para establecer bases en países que quedan a escasos miles de kilómetros de EEUU, replicaría de alguna manera lo que considera que la OTAN está haciendo en su frontera.

De hecho, el problema para Biden puede ir más allá de la puntual desesperación de Bolsonaro. El asesor de Lula da Silva en política exterior, su exministro de Asuntos Exteriores, Celso Alborim, ha defendido el estrechamiento de lazos con Rusia para, así, “no depender de Estados Unidos”. Apuesta por una multilateralidad en las relaciones internacionales que incluya a ambas potencias como posibles aliados.

Gane quien gane en octubre, Putin podrá celebrar el triunfo a no ser que en Estados Unidos se pongan las pilas. Después de cuatro años de una administración Trump a la que no le interesaban sus aliados geoestratégicos, hemos pasado a una administración Biden que parece reaccionar siempre un poco más tarde de lo preciso.

En cuanto a la reunión en sí entre Bolsonaro y Putin poco puede decirse: fue amistosa y en ella no se trató el tema de Ucrania. Bolsonaro no mostró ningún apoyo a la posible invasión, pero sí quiso dejar clara su «comprensión» hacia Putin por los ataques que estaba recibiendo. Lo que consiguió a cambio, aún no lo sabemos. A renglón seguido, viajó a Hungría a reunirse con Viktor Orbán, abrazarse y recordar al mundo todo lo que les une frente a las amenazas que ambos perciben en la democracia liberal.



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