gran novela a pesar de ella misma


Anéantir, la última novela de Michel Houellebecq, salió hace un mes, con la escandalera mediática que acompaña sus libros. La traducción española aún tardará unos meses. Para encontrar gallineros tan alborotados de críticos y lectores, habría que remontarse a Céline. ¡Menudo revuelo!

El escritor francés Michel Houellebecq.


El escritor francés Michel Houellebecq.

Anéantir, por supuesto, está siendo ya otro fenomenal fenómeno editorial. Houellebecq se mueve divinamente en esos altercados y follones: le gustan y le multiplican ventas, fama e influencia; él contribuye al guirigay exhibiendo impúdicamente sus habilidades mercadotécnicas en entrevistas donde juega con el contraste entre su escritura vitriólica y sus sucesivas imágenes públicas: antes la de un joven pulcro y modoso, ahora la de un hombre cercano a la vejez, nimbado por un aire enfermizo y frágil, que reflexiona a media voz y con silencios parsimoniosos y teatrales sobre los «grandes temas» que le preocupan. Parecería temerario adscribir esos ronroneos mediáticos a la rudeza de sus novelas. (La imagen que tuvo hace unos años, desarrapada y como sacada de una película de terror, ha sido cuidadosamente marginada hasta nuevo aviso).

Houellebecq tiene la simpática virtud de enojar a los puros, bien porque lo consideran un fascista de mierda, bien porque lo ven como un rojo de ídem; ora por ateo, ora por guerrillero de Cristo Rey.

Anéantir vuelve a indagar en sus temas y obsesiones de siempre, por lo que quien haya seguido su obra reconoce enseguida el particular mundo en el que está. Sin duda es una pieza más en el gran mural de la decadencia francesa, y por extensión de la europea y más allá, que es su novelística, pero dentro de esa continuidad hay diferencias con sus anteriores novelas: la extensión (que triplica la de las anteriores), la arquitectura de la narración y, de una manera tal vez no demasiado audible, el tono, que ahora parece admitir algunos hectogramos de esperanza, a pesar de ese descenso a los infiernos que son los capítulos finales.

Por eso y por la estupenda construcción de casi todos los personajes (tal vez con la excepción de una desdibujada persa sexi), anéantir (el título va con minúscula) me ha parecido la más novela de sus novelas.

«Esa gran cantidad de temas, aunque estén sólo esbozados, acaba produciendo, por acumulación, una extraña sensación de densidad, de profundidad, reforzada por el hecho de que su presencia no es gratuita ni extemporánea»

Los temas principales de la novela son, repito, los de siempre: el amor, como posibilidad o imposibilidad; Dios y la religión; la muerte; la decadencia de casi todo. Pero, novela a novela, el inventario va creciendo hasta alcanzar proporciones desmesuradas, y no me resisto a la prolijidad de enumerar algunos de los temas, además de los citados, que jaspean el desarrollo de la historia aunque en la mayoría de los casos quedan solamente esbozados, con frecuencia de modo ligero, tópico y hasta frívolo:

1. el ascenso del gran público (el hombre masa de Ortega, en realidad) al papel de gran validador de todo: cultura, arte, estilo, costumbres…;

2. el descreimiento del capitalismo y sus multinacionales incontrolables;

3. lo poscolonial, con una escenita de prostitución en las que las profesionales parecían deseosas de servir a una polla occidental;

4. Internet, cómo no, de la que se afirma con gravedad boba que sólo sirve para bajarse porno o insultar con impunidad;

5. la desesperanza: Aureliano había muerto por nada. Tampoco había vivido por gran cosa, pocas cosas atestiguarían su paso por este mundo;

6. La spengleriana decadencia de Occidente: habla de su aniquilación, haciendo referencia al título de la novela;

7. el desprecio por la burguesía, depositaria de unos vicios no del todo explicados, por lo que sólo nos cabe suponer que son «los de siempre», los que un Alberto Garzón cualquiera podría escupir en el casino, con el coñá y la faria;

8. la gestación subrogada, que se aprovecha para introducir de rondón el asuntillo del racismo o el antirracismo o el tecnoantirracismo (also known as cacao mental), como cuando una pareja blanca va a California a «subrogar» una gestación y elige unos progenitores negros. Correction oblige;

9. la ciencia; China (ya ominosamente ubicua e inevitable); Francia y los franceses: les Français étaient tristes. (Confieso que cuando leí esta oración no pude evitar completarla mentalmente con ¿qué tendrán los franceses?);

10. la eutanasia; la vejez; la prostitución (con un golpe de vodevil que no puedo desvelar, ante el que el lector avezado enarca la ceja y sonríe condescendiente);

11. Confucio; el ecofascismo; la emigración ilegal, con argumentos no siempre biempensantes;

12. la cultura popular frente o contra la cultura de élite; la poesía de Musset; el feminismo; los sindicatos;

13. el macho blanco occidental maduro, que en la novelística de Houellebecq tiene una especialísima importancia, al ser quien proporciona el punto de vista narrativo o, por ser algo más preciso y técnico, desde quien se focaliza la narración;

14. un urbanismo abrumador: Más que nunca, los imponentes edificios de Bercy se alzaban como una ciudadela totalitaria en el corazón de la ciudad.

15. la soledad, que se anuncia pronto cuando leemos, al poco de empezar, que unos personajes estaban encerrados en sus pequeños infiernos individuales (que en francés se dice con la aliteración cuqui creada por enfermés y enfers) y que se ve rápidamente reforzada con la cercanía inesperada de la muerte y la atmósfera apestosa de una calle con tráfico y bocinas.

No he agotado el catálogo, ni mucho menos, así que se comprende fácilmente la imposibilidad de llegar al fondo de tantas fosas abisales. Pero a pesar de la inevitable superficialidad que impone, esa gran cantidad de temas, aunque estén sólo esbozados, acaba produciendo, por acumulación, una extraña sensación de densidad, de profundidad, reforzada por el hecho de que su presencia no es gratuita ni extemporánea; antes bien, todos esos temas tienen que ver, de una u otra forma, con la vida de los personajes que, como el famoso Dasein (sí, Houellebecq tiene muchos ángulos heideggerianos) «están-ahí, arrojados en el mundo», para que en él se las ventilen.

La travesía de las novelas de Houellebecq se hace con una sensación de mal cuerpo, y es que, como ha escrito Arias Maldonado, sus novelas son una cartografía de nuestro malestar. En esa misma línea, Julia Escobar sugiere que su obra novelística podría agruparse bajo el título de Crónicas de la demolición inmediata.

Anéantir es la continuación prosaica de La tierra baldía.

«El gran defecto de las novelas de Houellebecq, también de anéantir, es justamente este: la ausencia de estilo. Una de sus causas es que Houellebecq no intenta evitar el lugar común»

Es ya un lugar común decir que la escritura de Houellebecq carece de estilo. Algunos de sus defensores se apresuran ora a desmentirlo, ora a decir que eso no importa en una novela, y asunto zanjado. Muerto el perro, se acabó la rabia.

Lo cierto es que su prosa es convencional, desmayada y sin interés.

Yo estoy con Martha Nussbaum, cuando afirma que un texto no sólo presenta la vida, sino que la representa como algo, y ese «como» no es sólo el contenido, sino también el estilo, que supone elecciones, selecciones, eliminaciones y renuncias. El estilo, es decir, cómo se cuenta lo que se cuenta, provoca en el lector unas disposiciones y no otras, unas operaciones cognitivas y afectivas frente al texto, distintas de las que provoca el contenido.

El contenido (el famoso «fondo») es parafraseable, contable con otras palabras y otras oraciones; también el lenguaje convencional es parafraseable, pero el lenguaje literario no lo es. Y el lenguaje literario, lejos de ser irrelevante en una novela, como piensan algunos lectores y críticos a los que les produce urticaria, tiene funciones estéticas y cognitivas cuya ausencia merma el valor de una novela de manera muy dramática: es una verdadera amputación sin anestesia.

El gran defecto de las novelas de Houellebecq, también de anéantir, es justamente este: la ausencia de estilo. Una de sus causas es que Houellebecq no intenta evitar el lugar común, y sin llegar a decir que «el marco era incomparable», no se recata en escribir que algo era efímero como una «ráfaga de viento» o en adentrar a los personajes en una niebla de un «blanco lechoso», que producía una sensación de «irrealidad». ¡Qué penoso contraste (para Houellebecq) con la maravillosa escena de La Montaña mágica, en la que Hans Castorp se pierde varias horas en una tormenta de nieve y en la que se demuestra que se puede contar historias trepidantes con un estilo de lenguaje verdaderamente grande y con una tensión e intensidad narrativas inigualables. En un ensayo, Houellebecq se ha defendido de esta acusación diciendo que a él le gustaría ser el creador de nuevos clichés, como Baudelaire, pero no cuela.

Sin embargo, hecho el reproche, es menester hacer el elogio: ese defecto queda harto compensado en anéantir por una sobreabundancia de arte novelístico, que nos maravilla sobre todo por la extremada pericia con la que se ha levantado la arquitectura narrativa de la novela.

Anéantir está construida sobre dos grandes tramas, la profesional y la personal. La primera se subdivide en una trama política y una terrorista, y la segunda en una familiar y una específicamente conyugal. Las tramas avanzan intercalándose, trenzándose con una longitud variable, y la maestría novelística de Houellebecq consiste en adivinar siempre cuándo el lector empieza a necesitar volver a una de las tramas abandonada antes, para no olvidarla, para tenerla presente a medida que se va pintando este gran retablo que es anéantir. La brevedad de los capítulos acentúa una impresión de retablo. Houellebecq construye un circuito lleno de zigzags narrativos y nos conduce por él con una pericia admirable para escandir las tramas: volver a la trama dejada justo cuando el lector parece ansiarlo o necesitarlo. Instinto de gran novelista.

Algunas de esas tramas quedan inconclusas y los lectores que lean anéantir con mentalidad de novela policiaca o tradicional torcerán el gesto (quedarán «aneantidos») ante el hecho de que algunas de ellas, que parecen pedir a gritos una resolución o la revelación de un misterio creado con grandísima habilidad, no lo revele. Pero este hecho, bastante insólito y provocador, no es ningún defecto. Esas tramas han cumplido su papel de llevarnos hasta la parte final de la novela, donde otras cosas sustanciosas nos aguardan, y no tiene ninguna importancia que ciertos asuntos queden sin resolución, suspendidos en un extraño vacío, porque la novela no iba tanto de ellos, como de otras cosas (que revelar no debo). Es más, ¿a qué viene extrañarse de que nos propine la frustración de tramas inacabadas un novelista que no hace más que hablar de la vida como una sucesión de frustraciones?

La arquitectura de la narración es, pues, estupenda, a pesar de estar trufada (lo digo bien alto) de tediosos, insípidos y prescindibles episodios oníricos del protagonista, que Houellebecq nos endilga cuando le peta, cabe suponer que con la idea de aportar claves y pistas (¿de su psique? ¿de la historia en curso?), que en realidad no aportan nada sustancioso y resultan tan impertinentes y aburridos como las mininovelas que Cervantes nos coló en el Quijote. Estos sueñecitos de Paul (el protagonista se llama Paul) producen una molesta sensación de diletantismo que ensucia la lectura.

Pero con todo y sueñecitos, estamos ante una soberbia construcción narrativa, que redime defectos.

Esos tres aspectos de la novela: la extraordinaria organización de la trama, el estilo prosaico y la narración tradicional, se traducen en una interesante experiencia lectora que oscila, página a página, escena a escena, entre la impresión de estar ante una gran novela y ante una novela mediocre. Anticipo que, en mi caso, acabó imponiéndose, con diferencia, la primera impresión: gran novela.

Esa grandeza se ve robustecida por el talento de Houellebecq para la construcción de personajes. Todos resultan convincentes, inteligentemente complejos y, sobre todo, generadores de la historia contada: ellos no la padecen, sino que la crean. La crean con su forma de estar en el mundo, con su psiquismo, que reconocemos como dolorosamente de nuestro tiempo (por no decir dolorosamente nuestro), sus miedos y sus débiles esperanzas. Con sus personalidades nítidamente diferenciadas, todos (salvo quizás la caricaturizada consultora electoral) construyen la novela partir de un denominador común: su necesidad y su consiguiente busca de amor, es decir, de otro, del Otro. (Esto me ha quedado dulzón, pero uno no puede estar siempre impecable).

«Anéantir será en algunos casos una poderosa herramienta de conocimiento, mientras que en otros, su blanco y grueso lomo destacará en el salón, junto a alguna figurita de Lladró»

Se habla de la obra de Houellebecq como de una literatura de la desesperación, pero tal vez fuera más adecuado hablar de una literatura de la resignación, que es una desesperación domesticada.

Houellebecq parece querer decir lo que hoy ya es casi indecible: el amor, la moral, la belleza. En ese intento quizá el lector pueda ver en sus novelas una cierta consolación, porque, de una extraña y retorcida manera, su recorrido va del cinismo al pathos, y en ese recorrido se nos lleva de la agresividad a la complicidad.

Pero entonces, a la postre, ¿qué es anéantir?

Es arte novelística, sin duda, y el arte, desde que la tecnología permite su reproducibilidad, ya no es aquello de naturaleza única y sagrada. Ahora también puede ser algo meramente funcional. Dependerá de quien lo vea, lo oiga o lo lea. Así pues, anéantir será en algunos casos una poderosa herramienta de conocimiento, mientras que en otros, su blanco y grueso lomo destacará en el salón, junto a alguna figurita de Lladró. Ya sabemos que la burguesía de toda la vida y también la burguesía de la-nueva-izquierda, que es hoy la biempensante, tienen su ladito masoquista y pueden disfrutar siendo escupidas y vilipendiadas en los momentos adecuados. Escúpeme (lo de Lou Reed: Malote, me azotas con una flor). Escúpeme y pégame, pero no me dejes cardenales.

Anéantir es una gran novela, a pesar de ella misma.

*** Sanz Irles es escritor y traductor literario. Es también presidente del Consejo Asesor de IASP (International Association of Science Park and Areas of Innovation).



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