Europa o Sudamérica: El examen de Qatar | Deportes



Qatar a la vista. Esta jornada FIFA fue la última curva antes del Mundial. Desde los cinco continentes ya se avista Qatar, con algo de miedo y con algo de ilusión, que son dos de los materiales con que está hecha la incertidumbre. Más allá de la polémica sede elegida y de la extraña fecha programada, un Mundial es el acontecimiento máximo que reserva el fútbol. Con la excepción de Italia, estarán presentes las selecciones clásicas, todas las campeonas del mundo más Holanda, escuela a la que este juego le debe mucho. Pero en esta ocasión hay que tomar en consideración a países europeos que han experimentado una gran evolución en los últimos años y que, siguiendo el ejemplo de Croacia, se sienten con derecho a disparar sus expectativas a nada que los astros se alineen a su favor.

Calle versus academia. Algo está claro, Europa es el continente dominante y no solo porque sus campeonatos nacionales atraen talentos internacionales, sino porque la transformación social ha ido cambiando el escenario formativo de los jugadores. El fútbol, que era un juego que crecía en la calle de un modo espontáneo, humilde y apasionado, tenía la virtud de cuidar al jugador diferente de una manera muy simple: dotándolo de un prestigio que apuntalaba la confianza. Aún es posible ver crecer a jugadores como una hierba salvaje en barrios periféricos, pero la evolución del fútbol ha ido requiriendo de un aprendizaje más académico que, como veremos, formatea al jugador de una manera distinta. No hay un solo club en Europa entre todas las categorías profesionales que no se atenga a un método cada día más sofisticado y exigente que construye jugadores hechos a medida. Para eso hacen falta instalaciones y profesores de primer nivel. En fin, dinero que en Sudamérica no sobra.

De Maradona a Haaland. Si miramos la evolución desde los nombres propios veremos que el fútbol fue, durante décadas, un juego inmovilista. Pelé y Maradona fueron representantes del virtuoso y astuto reino de la calle. Veinte años más tarde, Messi se presentó ante el mundo siendo beneficiario (la diversidad enriquece) de una formación anfibia: mitad calle en su Rosario natal, mitad academia en su Barça de adopción. Y como en esta última generación el fútbol apretó el acelerador del cambio, vienen pidiendo protagonismo mundial jugadores que, como Mbappé o Haaland, desequilibran con un indiscutible talento que ponen encima de una potencia descomunal. Un nuevo perfil de crack, hijos del método que se aprovechan de la ciencia aplicada al deporte para perfeccionar la técnica asociativa (cada vez se juega más a uno o dos toques), la individualización física (son atletas que juegan), la alimentación sana y, en definitiva, todas las sofisticaciones derivadas de la inteligencia artificial, que cada día cuenta más.

Esperando el veredicto. El fútbol grande siempre fue un América contra Europa. Pero si Brasil, Uruguay o Argentina no ganan el próximo Mundial, se cumplirán veinte años sin que Sudamérica haya levantado una Copa del Mundo. Eso marcaría una tendencia preocupante si hacemos caso a la división que en su día hizo Pier Paolo Passolini entre el fútbol prosístico europeo y el fútbol poético sudamericano. Abandonar la poesía, que nacía en los barrios y era un deslumbrante ejercicio individual, sería una pena. Argentina y Brasil tienen muy buenas selecciones y es tan cierto que pueden ganarle a cualquier país europeo, como que les costará ganarle a cualquier país europeo. Porque la competitividad de Europa ya dejó de ser un privilegio de Alemania, Francia o España. Hay selecciones como Bélgica, Dinamarca o Suiza que son temibles con las nuevas armas con las que la academia ha dotado al fútbol. Qatar pasará examen y nos contará hacia dónde vamos.

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