En defensa de Íñigo Onieva


Pobre Íñigo. No sabía el toro que se le venía encima. Un toro llamado España, un toro llamado Tradición. En el país del Lazarillo de Tormes, Onieva penalizado por pillo. La cosa tiene gracia. Cualquier ser humano con dos cucharadas de ética entiende a Tamara Falcó y comparte su dolor: yo la primera. Pero pensemos un instante en esta criatura de la noche, en este ser resucitado cada madrugada entre las luces de su propia discoteca, el mismo que hoy resulta un tipo absolutamente arrollado por la vida, un juguete roto del Tanqueray-limón.

Íñigo Onieva y Tamara Falcó.


Íñigo Onieva y Tamara Falcó.

Entremos durante unas líneas (antes de regresar a la justicia moralista de barra de bar, nuestra pública pasión) en la psicología de un hombre tan alérgico al «compromiso» que hasta le cuesta pronunciarlo. Él, para no verse salpicado de pringosas promesas, se queda tan ancho después de soltarte lo de engagement, un anglicismo absurdo que le hacía merecedor de ser abandonado por Tamara en ese mismo instante.

Pero, una vez más, dejamos pasar el mejor tren. El de la poesía, el de la lingüística. Lo prosaico nos volvió a tumbar. La imagen del Burning Man pudo más que la palabra, a todas luces anticipatoria, a todas luces reveladora.

Su dialéctica esnob de escuela de negocios esta vez no le salvará. El chaval la ha pifiado fuerte.

Debe de ser que un buen día se vio dentro de una familia con empaque que le recordaba a la suya en cuanto a dinero, pero no en cuanto a prestigio, no en cuanto a solera. Él sólo era un niño de reservado de Gunilla con cachimbita y titis polioperadas frente al terrorífico poderío del gran clan patrio. Un mundo que siempre le quedó grande, porque los pijos también lloran lágrimas de clase, porque siempre hay un pez más gordo en el acuario de los guapos con paneque. Él era un extranjero ahí, un sospechoso de linaje mediocre, de sangre acuosilla. Él tiene pasta, pero nunca tendrá casta.

Debe de ser que tuvo que sentarse a almorzar cigalas con tenacilla frente a la mirada inquisidora de la Preysler, aquí Mamá Geisha, un auténtico polígrafo hecho hembra asiática, y que se rezó lo que sabía para que Tamara hubiese heredado sus técnicas sexuales milenarias (capaces de dejar atontados a los tipos más influyentes del rancho, de Boyer al marqués de Griñón pasando por Julio Iglesias).

Debe de ser que vio la telenovela que había allí montada entre unos y otros y se entregó al liberalismo concupiscente de sus suegros. Total, yo también ando reliado, se diría, esta gente no para de engañarse y de casarse mil veces, bulímicamente. Lo cierto es que él se parece más a la Preysler que su propia hija, y, cuando se dio cuenta de que Tamara quería otra cosa, se intentó disfrazar de príncipe azul siendo sólo un ravero de Nevada. Huyó de sí mismo sin saber que uno mismo siempre se espera a la vuelta de la esquina, como un atracador inesquivable.

Debe de ser que se obnubiló. Debe de ser que Tamara es tan encantadora como parece. Debe de ser también que se encaprichó de veras de esa chavala tan tierna y naif que hasta los Reyes Magos se meterían tortas por cumplir todos los deseos de su carta navideña. Debe de ser que quiso hacerla feliz, pero no reparó en el peor obstáculo para ese plan. Ser Íñigo Onieva, un pibe con más noche que el camión de la basura y con menos luces que un barco pirata.

El mayor problema de Onieva ha sido intentar cumplir un sueño que no era el suyo. El del matrimonio monógamo, sin fisuras, con prontos hijos rubios, y todo con 33 años recién cumplidos y unas ganas de jaleo que no se tiene. Él se siente víctima de su zumbado genital. Él siente que está enamorado, pero que en un momento de su travesía vital compartimentó en lugares diferentes el sexo y el amor. ¡Es un incomprendido!

No le dio el testiculario para proponer lo que siempre quiso, o lo único que sabe sostener dignamente. La posibilidad una pareja abierta. ¿Cómo iba a sugerirle eso a una chica que entiende el amor como la carta de San Pablo a los Corintios? ¿Cómo va a debatir con alguien que tiene a Dios de su parte? ¿En qué momento iba a esbozar siquiera la idea, si le montaron un documental en Netflix a su novia llamado La marquesa y capítulo a capítulo sus amigos y ella misma le acosaban con el tema de la boda?

«¿Cuándo se lo pides, Íñigo?». Una y otra vez. Jijí, jajá. Sudores fríos.

Onieva se pregunta en secreto por qué tiene él que ceder al modelo de vida que quiere Tamara, por qué parece el único legítimo, el único correcto. ¿Por qué no se adapta ella al de él? ¿Herencias rancias de un país que se cree moderno, pero sólo es sermoneador y pacato?

Onieva, hijo sano de la inercia. Prefirió la hipocresía tan propia de los que hacen de su vida un escaparate. Prefirió la mentira y, entonces, se hundió.

Ahora se imagina a la Preysler modo hacker, filtrando su vídeo para reventarle la boda, cazándole vivo como a un huroncillo. Y se lamenta, se lamenta. Qué débil fue, qué tonto, o qué lista ella, la más lista. Listísima, Isabel la matriarca.

O aún peor. Ahora se imagina a sus amigos traicionándole, si es que alguna vez fueron amigos todos esos nenes con los que mordió MDMA en los locos festivales del mundo. En serio, ¿ha estado alguna vez Tamara en un jolgorio electrónico de esos? ¿Sabe que duran siete días? ¿Sabe que la peña va desnuda y rebozada en purpurina? ¿Sabe que los asistentes no recuerdan su nombre? ¿Sabe que ahí uno se sube a horcajadas en su compañero de baile ya sólo por educación, por protocolo, por respeto al ambiente?

El beso de Onieva es la cosita más cuqui que pudo salir de esa divino fiestón orgiástico, que parecemos nuevos.

Ay.

Miren que Íñigo se planteó en algún momento la reinserción, pero es que no le dio tiempo a comunicarle a sus colegas que el juego debía cesar, que iba a sentar la cabeza, que no contaran con él para el after. La prensa jugó en su contra. Víctima, víctima.

Lo más triste, al final, es observar desde la barrera cómo España, creyéndose progre y feminista, no para de tutelar a Tamara, de infantilizarla y de tomar decisiones por ella. ¿Acaso no es una mujer adulta que puede defenderse del mundo y elegir si perdona a Onieva o no, justo ella, que es religiosa y cree en la redención?

Denle su lugar. Esa es la mejor forma de respetar a una mujer.

Para lo demás, como decía Sabina, «para decir ‘con Dios’ a los dos nos sobran los motivos».



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