El rey que rabió, año Picasso, adiós a Javier Marías y Ana la incombustible


Carlos III

Carlos III.


Carlos III.

Guillermo Serrano Amat

Cuando fui al colegio y tuve uso de razón, aprendí a diferenciarme de mis compañeras, convencidas de que al crecer serían reinas o princesas. Las necedades se curan con el tiempo, pero los sueños desaparecen con las primeras nociones de álgebra.

Siento la muerte de Isabel II como la de mi propia abuela. A punto estuve de llorarla mientras el féretro cruzaba los cielos escoceses e ingleses camino de Westminster. No es por hacerles un feo a los Windsor, pero me impresionó más el amargo protocolo del duelo que el brillo pastelón de las carrozas nupciales trasladando a Carlos y a Diana el día de su boda, mientras el pueblo de Londres gritaba hasta quedarse afónico.

Aquella boda se me atragantó. En cambio, este entierro, bello y doloroso como un campo de lágrimas blancas, no lo olvidaré nunca.

Carlos III me cae bien. Lamento su torpeza con las plumas y la aspereza del trato a los empleados de Clarence House. Menos mal que Camila estaba allí para ayudarle a salvar la ropa y el decoro.

Los españoles siempre hemos hecho chistes con el aspecto físico de Carlos III, especialmente por sus manos y sus orejas de soplillo. También por su aire rural. Le encanta el campo, cultiva plantas y hace mermeladas. Nosotros solíamos decir que no reinaría nunca, aunque llegado el momento de la verdad hemos comprobado que la Reina cumplía su palabra y le dejaba el trono en herencia.

Entretanto, el nuevo rey ha incurrido en ciertos detalles que chirrían, pero no vamos a tomarlos en cuenta porque bastante ha hecho con tragarse los nervios. La sangre no llegó al río, aunque a punto estuvo Carlos de cargarse un tintero y darle un manotazo a un subalterno.

Pocas veces visitó España el primogénito de Isabel II. Lo recordamos junto a lady Di en Marivent, alternando con los reyes Juan Carlos y Sofía en el verano de 1986. Y al año siguiente en el palacio de El Pardo, con Diana muerta de aburrimiento, la pobre. Después, en 1988, los reyes Juan Carlos y Sofía devolvieron la visita a los Windsor, que se portaron como dos familias de primos. Manuel Fraga, que entonces era embajador de España en el Reino Unido, tiró la casa por la ventana y ofreció de todo, especialmente alcoholes de la más diversa graduación. Recuerdo a la princesa Margarita aferrada al vaso de ginebra como si fuera un novio. Peter O’Toole hizo otro tanto con el whisky. Solo la reina Isabel mantuvo la compostura sin soltar el bolso.

Para los periodistas españoles, aquel fue uno de los días más importantes de nuestras vidas. Cualquiera habría dicho que éramos todos de la familia.

Javier Marías

Javier Marías.


Javier Marías.

Guillermo Serrano Amat

No nos merecemos lo de estos últimos años. Todo han sido desgracias, empezando por el cambio climático y siguiendo por el volcán de La Palma, la nevada del siglo (Filomena), la guerra de Ucrania, los náufragos invisibles del Mediterráneo y, cómo no, las pandemias que llegaron de Oriente y se esparcieron por todo el mundo.

La muerte no necesita excusas para acosarnos. Todos los días se nos va un referente de nuestra vida. He anotado en mi memoria reciente a la actriz griega, Irene Papas, y el director de cine, Jean-Luc Godard, que viajó a Suiza para aplicarse el derecho al suicidio asistido.

Que me perdonen los allegados de quienes ya no están en este mundo, pero unos muertos impresionan más que otros. No lo digo pensando en Isabel II, sino en Javier Marías, cuyo fallecimiento me ha dejado planchada. Habrá de pasar mucho tiempo hasta que logre olvidar sus anécdotas, su delicioso timbre de voz y ese sentido del humor que muchos han puesto en duda.

[Opinión: Javier Marías, el divino impertinente]

Hace bastantes años acudí a casa de Javier para entrevistar a su padre, Julián, por decisión de mis jefes. Abrió la puerta una mujer de mediana edad que me condujo directamente al comedor para aguardar allí al filósofo. Todo hay que decirlo: el filósofo no se hizo esperar, pero, mientras, yo me percaté de la cantidad de libros que nos rodeaban. En ninguna silla quedaba espacio libre para sentar las posaderas. Hasta una chimenea en desuso aparecía devorada por los volúmenes.

La muerte de Javier nos ofrece numerosos artículos escritos por colegas que han glosado ampliamente su prosa. Sin embargo, todos hemos echado en falta el Nobel de literatura, tan merecido, y hasta una placa en honor de los artículos que no escribió (pero sí verbalizó), sobre el ruido de las procesiones de Semana Santa o los premios literarios patrocinados por el Estado. Eran aversiones solo comparables en intensidad al fervor madridista de su afición al fútbol.

Hasta lo que no hizo forma parte del Nobel que no tuvo. Sin duda el suyo es, con todos los honores, un Nobel post mortem.

Pablo Ruiz ‘Picasso’

Picasso.


Picasso.

Guillermo Serrano Amat

Si Picasso hubiera nacido en la era del movimiento #MeToo y el mundo lo hubiera señalado por los abusos, ahora yo no podría escribir este artículo ni sentenciar, con Miquel Iceta, ministro de Cultura: “¡Que su vida no determine el valor de su obra!”.

A punto de cumplirse el 50 aniversario de la muerte del pintor, el mundo se moviliza. Pasadas unas cuantas hojas del calendario arrancará el año Picasso (2023) con 42 exposiciones en España, Francia, Alemania, EEUU, etc. Pero los sermones morales con efecto retroactivo ya se le han venido encima.

La vida de Picasso estuvo llena de vicisitudes estrafalarias y amores descarnados. Muchos de ellos adquirieron visibilidad en París, según iban pasando las mujeres por su vida y los nombres se convertían en mitos: Dora, Jacqueline, Marie Therese, Fernanda, Olga, Françoise, Luisa, Genoveva…. Hay versiones distintas del número de mujeres que amó el pintor. Yo creo que ni él lo sabía.

[El año Picasso «abre el debate» sobre la vida del artista: «Es hijo de su tiempo»]

Picasso, al que sus compañeros de la Escuela de Bellas Artes de Barcelona llamaban simplemente Pablo, empezó dibujo por indicación de su padre, profesor en Barcelona. Creo que fue en primer curso cuando el chico cayó enfermo y el médico le sugirió abandonar Barcelona y mudarse a un lugar más alto. El lugar lo recomendó un compañero de clase, Manuel Pallarés, natural de Horta de Sant Joan (Tarragona), cerca de Els Ports, un macizo montañoso que enamoró al pintor y le mejoró la vida.

Picasso y su colega de Bellas Artes se establecieron en la casa familiar, hasta que poco a poco se inclinaron por las cuevas del pueblo, donde siempre andaban desnudos y se hartaban de darle al pincel.

Hace unos años busqué las huellas de Picasso en Horta de Sant Joan, cuyo perfil cubista puede contemplarse hoy en el MOMA. Tenía debilidad por aquel paisaje, donde lo único falso eran las palmeras. Allí instaló un taller y allí nacieron muchas de sus obras, algunas inspiradas en personajes del pueblo que han saltado a los cuadros. Es el caso del guitarrista, el panadero o el arlequín. Pasado el tiempo, a Horta le ha crecido un museo que no goza del favor de la Generalitat, lo cual es de lamentar.

Picasso llegó a Horta en 1898 (tenía 16 años) y pasó casi un año. Luego iría a Barcelona y después a París. Diez años más tarde volvió a Horta acompañado de su primera novia, Fernanda. Como no estaba casado, las mujeres les arrojaban piedras a las ventanas y les decían de todo. El regreso a París cerró definitivamente el capítulo de Horta. Picasso empezó una nueva vida en la que las mujeres adquirieron una fuerte presencia. Unas enfermaron de amor, otras se suicidaron. Pero alguna queda camuflada entre los trazos del Guernica.

Ana Blanco

Ana Blanco.


Ana Blanco.

Guillermo Serrano Amat

Hay periodistas y periodistas o presentadores y presentadoras, o Rociítos y Rociítas. Eso sin contar con las estrellas de la comunicación, como María Casado, o Alejandra Herranz, actual sustituta de Ana Blanco. Y, puestos a cambiar de cadena, Helena Rosano, Ana Pastor, Mamen Mendizábal, Susanna Griso o Jordi Hurtado, de quien se dice que seguirá haciendo su programa en la otra vida.

En resumidas cuentas, yo he venido a esta página para hablar de Ana Blanco, que no se puede comparar con nadie, todo lo más con Jordi Hurtado, que a su vez podría compararse con Jordi Évole, pues al fin y al cabo son primos.

Hurtado empezó en Barcelona cinco años antes que Ana Blanco. Ella lo hizo en Madrid cinco años después, (1990). A Hurtado le llaman el incombustible. A Blanco no la llaman nada, pero su amable silencio es muy elocuente. Ella ha sobrevivido a catástrofes, atentados, elecciones y Papas de Roma.

Blanco ha sido sustituida recientemente por Alejandra Herranz, que viene de hacer reportajes por media Europa. Volviendo a Blanco, se rumorea que ella ha pedido hacer entrevistas, que no es lo mismo que ser entrevistada. Seguro que lo hará divinamente.



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