el ‘Mundial de la vergüenza’ empieza con la ‘bajada de pantalones’ de Gianni Infantino


La FIFA es una organización peculiar. Por decir algo. El 2 de diciembre de 2010, su por entonces presidente, Joseph Blatter, anunciaba la sede de los mundiales de 2018 y 2022. La idea, casi evangelizadora, detrás del proceso, era llevar la copa a los cinco continentes. Expandir la palabra del fútbol por todo el planeta y dar verdadero sentido al nombre del campeonato. Como en 2010 y en 2014, los torneos se habían disputado en África y en Sudamérica respectivamente, para esta doble elección sólo podían participar países europeos, asiáticos, oceánicos y norteamericanos.

Ahí presentaron su candidatura buena parte de las grandes potencias futbolísticas y económicas del mundo: Estados Unidos, Inglaterra, Japón, España y Portugal, Australia… Todas tenían infraestructuras y dinero suficientes para hacer frente al reto en un momento en el que la economía mundial se tambaleaba. Todas fueron rechazadas en favor de dos campeonas de la infamia: la Rusia de Vladimir Putin, que se llevó la organización de 2018… y el Qatar del fanatismo, el machismo y la homofobia, que se llevó la de 2022.

Esta segunda elección fue especialmente sorprendente. Cuestiones políticas aparte, Qatar tenía demasiados elementos en su contra como para pasarlos por alto: de entrada, era un país sin ninguna tradición futbolística.

Sólo a partir de la designación, a través de Qatar Foundation y de las fortunas privadas del emir y sus acólitos, empezó a interesarse de verdad por el fútbol y a meter dinero masivamente en distintos equipos europeos. Aparte, la idea de jugar un campeonato del mundo en verano en medio de un desierto parecía una locura. Tanta, que, para acomodar la realidad a las intenciones qataríes, la FIFA decidió que, por primera vez en la historia moderna, el Mundial se celebraría en el otoño-invierno del hemisferio norte.

Blatter, Platini y el «Qatargate»

Las dudas surgieron desde el primer momento, pero sólo se pudieron confirmar en enero de 2013, cuando la prestigiosa revista francesa France Football -la misma que otorga el Balón de Oro, colaborando con la propia FIFA en su concesión durante varios años- publicó una profunda investigación acerca del llamado “Qatargate”. En dicho reportaje, la revista indagaba en las relaciones entre Tamin bin-Hammad Al-Thani, por entonces príncipe heredero de Qatar y actual jefe del Estado, el expresidente francés Nicolas Sarkozy, el presidente de la UEFA, Michel Platini, y el de la FIFA, el citado Sepp Blatter.

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Al parecer, los qataríes habrían comprado las voluntades de Platini y por extensión de las federaciones afiliadas a la UEFA a cambio de salvar la situación económica del París Saint Germain. Dicho y hecho: a principios de 2011, pocos meses después de la concesión del Mundial, el fondo Qatar Investment Authority compraba el 70% de las acciones del club parisino e inyectaba obscenas cantidades de dinero, a menudo a fondo perdido.

La FIFA y la UEFA, por supuesto, negaron la información y se autoexculparon de inmediato, pero la verdad se fue imponiendo con el paso de los años, gracias a distintas investigaciones entre las que destacó el “informe Garcia”, firmado por el exfiscal neoyorquino Michael J. Garcia, que dejaba a las claras toda la corrupción asociada a la polémica designación.

La FIFA anuncia que Catar se lleva el Mundial 2022. Foto: fifa.com


La FIFA anuncia que Catar se lleva el Mundial 2022. Foto: fifa.com

Ninguno de los responsables del entramado acabó bien, aunque no tanto por ese caso en particular, sino por la catarata de escándalos de corrupción que empezaron a aflorar a principios de la pasada década.

En diciembre de 2015, la propia FIFA expulsó de su seno por un período de ocho años tanto a Platini como a Blatter. La excusa fueron unos trabajos realizados por el francés en 1999 y pagados a posteriori por el suizo de manera fraudulenta. La realidad, todos la imaginábamos.

De hecho, en 2019, Platini llegó a ser detenido e interrogado por la policía francesa para testificar acerca de los sobornos que rodearon la elección de Qatar como sede mundialista. Aún a día de hoy, Blatter aprovecha cada oportunidad para acusar al exjugador de la Juventus de aquel escándalo… y, de paso, para quitarse responsabilidades. A día de hoy, dieciséis de los veintidós miembros de la FIFA responsables de la decisión están envueltos en algún proceso penal.

El sucesor de Blatter fue el italosuizo Gianni Infantino. Infantino ya se había hecho popular en los sorteos de los cruces de los torneos europeos, donde se mostraba como un tipo simpático, sonriente y cercano… nada que ver con la tirantez de Blatter o la senectud de su antecesor, el brasileño Joao Havelange. Su elección pretendía ser un soplo de aire fresco en la FIFA y una excelente maniobra de relaciones públicas.

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Sin embargo, Infantino no es otra cosa que un arribista, y, por lo tanto, su única intención es agradar. En este caso, a los representantes de las seis confederaciones que tendrán que decidir en breve si le renuevan en el cargo como presidente o si eligen a otro en su lugar.

‘Bajada de pantalones’ de Infantino

En esa clave hay que entender sus declaraciones de este sábado. Arrinconado por las acusaciones al país organizador de falta de respeto a los derechos humanos, explotación de trabajadores inmigrantes en la construcción de los estadios, y corrupción a la hora de conseguir el torneo, Infantino decidió pasar al ataque y cargar contra… Europa, en una notable bajada de pantalones. Al parecer, el problema somos los europeos y nuestra hipocresía. No conseguimos entender a las demás culturas y les imponemos nuestros valores como si fueran indiscutibles.

Infantino declaró en una multitudinaria rueda de prensa celebrada en Doha que “Europa debe pedir perdón por lo que ha hecho en los últimos trescientos años antes de andarse con juicios morales”.

La frase es delirante: de entrada, se puede argumentar que Europa no ha hecho otra cosa en los últimos cincuenta años, tras los procesos de descolonización de los cincuenta y sesenta que pedir perdón. Sin embargo, lo más escandaloso no es eso, sino la facilidad para esconder verdaderas atrocidades bajo el manto de un supuesto eurocentrismo. La adopción de un peligroso relativismo moral que sólo causa dolor y sufrimiento para quienes sufren sus consecuencias. 

Gianni Infantino, en el centro de prensa del Mundial de Qatar


Gianni Infantino, en el centro de prensa del Mundial de Qatar

Reuters

Dua Lipa, Shakira y Rod Stewart

Al parecer, los que tenemos que sentir vergüenza somos los europeos. Vergüenza por permitir la libertad de prensa, la libertad de credo, la libertad sexual… vergüenza por creer en los derechos laborales de los trabajadores con independencia de su nacionalidad. Vergüenza por nuestra impureza casi consustancial, según Infantino. Afortunadamente, habrá quien le compre el cuento, pero también hay quien no.

Ante los rumores de su posible presencia en la gala de inauguración de este domingo, la cantante británica de origen albanés, Dua Lipa, dejó claro en sus redes sociales que no sólo no pensaba actuar en Qatar, sino que no tenía intención de pisar el país hasta que no “cumpliera con las promesas de respeto a los derechos humanos que hizo cuando le fue concedido el torneo”.

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Tampoco se sintió avergonzado Rod Stewart cuando afirmó que había rechazado una oferta cercana al millón de euros por actuar en dicha gala. Incluso Shakira, cuya relación con la FIFA viene de lejos -su “Waka Waka” la consolidó como fenómeno global en el mundial de Sudáfrica 2010- ha decidido en el último momento no acudir a la inauguración.

Por ahí anda el emir de pesca hasta el último momento y seguro que se lleva algún pez gordo, pero, de momento, la respuesta occidental no ha sido de agachar las orejas sino la contraria. 

Recientemente, el entrenador del Liverpool, Jürgen Klopp, acusaba a la prensa de no informar sobre las barbaridades cometidas en el nombre de Qatar 2022, pero lo cierto es que, sin las investigaciones periodísticas, ni siquiera el mismo Klopp sabría a lo que se está refiriendo. Las mismas investigaciones que siguen poniendo de los nervios a la FIFA y que arrecian según se acerca el Mundial.

Infantino y los desfavorecidos de la tierra

Lo curioso es que, al intentar exonerar a Qatar con su populismo barato, Infantino no ha hecho sino exponer todas sus vergüenzas. Desde su posición de europeo multimillonario, quiso empatizar con todos los desfavorecidos de la tierra –“yo sé lo que es sufrir el desprecio de niño por haber nacido en otro país”, dijo, y se quedó tan ancho- en un lastimero discurso en el que pretendía identificarse con todos los que de verdad sufren las políticas de una autocracia religiosa como el emirato.

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Hoy, me siento qatarí”, dijo Infantino, obviando que dicha nacionalidad es un privilegio para determinadas castas, al que apenas pueden optar la gran mayoría de los que viven y trabajan allí. “Hoy, me siento árabe”, continuó, sin mencionar los enormes problemas que la organización está poniendo a ciudadanos de otros países árabes para acudir al Mundial o a las tensas relaciones que mantuvieron entre 2017 y 2021, Arabia Saudí, Bahréin, los Emiratos Árabes Unidos y Egipto con Qatar, a quien acusaban de “financiar el terrorismo” a través de sus vínculos con los Hermanos Musulmanes, los talibanes afganos y el régimen de Teherán.

Hoy, me siento africano”, prosiguió Infantino con gesto serio y profundo, sin que sepamos muy bien a qué se refería, pero asegurándose un buen puñado de votos. “Hoy, me siento gay”, dijo, en un país donde la homosexualidad es un delito y donde se ha pedido explícitamente a los homosexuales extranjeros que no hagan muestra pública alguna de afecto.

Los qataríes -recordemos que Infantino también se sentía muy qatarí y mucho qatarí- seguirán durante lustros en las catacumbas o expuestos al escarnio público y a la cárcel. De hecho, la mera “incitación a la sodomía o disipación” está penada con siete años de prisión.

Los trabajadores inmigrantes

“Hoy, me siento discapacitado”, añadió Infantino. Otra frase hueca que tiene difícil comprensión y que servía para llegar al punto fuerte: “Hoy, me siento trabajador inmigrante”. De todas las vergüenzas que rodean al mundial de Qatar podemos separar las extrínsecas al campeonato -todas las vinculadas a la ley qatarí, su opresión a derechos básicos y su gusto por amparar a los peores terroristas del mundo- y las intrínsecas, las que están vinculadas con la propia organización.

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En este sentido, es imposible obviar que, para la construcción de un oasis deportivo en el desierto, se utilizó a decenas de miles de trabajadores inmigrantes en unas condiciones espantosas. Según informa Amnistía Internacional, bajo el significativo titular “Qatar, el mundial de la vergüenza”, en el emirato trabajan 1.700.000 inmigrantes, la mayoría venidos de las zonas más pobres de Bangladesh, India y Nepal. Todos habrían pagado entre quinientos y cuatro mil trescientos dólares a empresas de contratación para conseguir un puesto de trabajo, endeudándose de tal manera que, al final, se convierten casi en esclavos de sus empleadores o de las mafias.

Trabajadores de uno de los estadios para el Mundial de 2022.


Trabajadores de uno de los estadios para el Mundial de 2022.

Reuters

Según la ONG, el sueldo medio de 220 dólares al mes que ofrecía la organización del mundial se quedaba, en ocasiones, en mucho menos. Otras veces, se retrasaba su pago en el tiempo sin que el trabajador pudiera reclamar, pues corría el riesgo de acabar en la cárcel o fuera del país sin visado para volver a entrar. En otras ocasiones, se retenía al trabajador díscolo prohibiéndole la salida mediante la confiscación del pasaporte o la negativa a aceptar la solicitud de traslado a otro país, algo que depende en Qatar del empleador. 

El trabajo en condiciones extremas era habitual y penoso. Human Rights Watch aporta testimonios de trabajadores nepalíes que aseguran “haber trabajado llenos de sudor, que salía incluso por los zapatos”. El Mundial se celebra en invierno porque se considera, con buen criterio, que los futbolistas no pueden hacer su trabajo en las condiciones del verano qatarí, donde las máximas temperaturas pueden llegar a los cincuenta grados. Sin embargo, los trabajadores inmigrantes sí tenían que construir estadios y recintos bajo ese calor, algo a lo que Infantino, lógicamente, no se ha expuesto en su vida.

Un panel muestra la temperatura en el exterior del estadio de Lusail, Qatar.


Un panel muestra la temperatura en el exterior del estadio de Lusail, Qatar.

Reuters

A todas estas vergüenzas se le añade, por supuesto, la muerte. No hay cifras oficiales de cuántos trabajadores han muerto construyendo los estadios qataríes. El diario The Guardian cifró en 6.751 los fallecidos desde la concesión en 2010 hasta febrero de 2021. Amnistía Internacional elevó ese número meses después hasta los 15.021, según el examen de los certificados de defunción, aunque estos incluirían también a trabajadores inmigrantes en otras profesiones, no necesariamente relacionadas con el campeonato del mundo.

Por su parte, la organización reconoce sólo tres muertes. Ni una más. Infantino y la FIFA, por supuesto, le dan la razón. El show, como siempre, debe continuar.





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