El error de cálculo de la ANC | Cataluña



Dos días. Ese es el tiempo que ha tardado Dolors Feliu, presidenta de la Assemblea Nacional Catalana (ANC), en comprobar que su propuesta de hacer una nueva declaración unilateral de independencia no tiene ningún apoyo. Alentada por el éxito (relativo) de la convocatoria de la Diada y por el efecto que tuvo la traca final de su discurso, en la que situó al Gobierno catalán ante la disyuntiva de “independencia o elecciones” y amenazó con presentar una candidatura propia en las próximas elecciones autonómicas, la presidenta de la ANC se descolgó el martes con un nuevo órdago. Propuso que la Generalitat “haga efectiva la independencia” durante el segundo semestre de 2023, aprovechando “la ventana de oportunidad” que brinda la presidencia española de la Unión Europea. Era claramente una fuga hacia adelante destinada a presionar a los partidos independentistas. Por supuesto, no explicó cómo iban a conseguir ahora lo que no lograron en el otoño de 2017, en el momento de máxima acumulación de fuerzas. Pero rápidamente pudo comprobar que no tenía ningún recorrido.

Ni siquiera ha tenido el apoyo de la CUP, cuyo portavoz Carles Riera ha declarado que no se ha de caer de nuevo en la trampa de poner fechas. El primero en desmarcarse fue el presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, que, en palabras de la propia Feliu, “no movió ni una pestaña”. Después de haber lanzado todo el peso de la Diada contra ERC y haber alentado que la multitud coreara “Govern dimissió”, pensar que ERC se arrugaría solo era otro error de cálculo. Pero la gran sorpresa ha sido que, finalmente, tampoco Junts la ha secundado, pese a que el vicepresidente Jordi Puigneró se permitió desautorizar a la consejera de la Presidencia, Laura Vilagrà, cuando esta declaró que el Gobierno “no trabaja con deseos” y que “no se dan las condiciones para sacar adelante una propuesta como la que ha hecho la ANC a toda prisa”.

Es muy comprensible que quienes han puesto tanta ilusión y tanto empeño en conseguir la independencia y han creído que la tenían al alcance de la mano, se sientan ahora frustrados. Su mente emocional se resiste a aceptar una realidad que implica una derrota inapelable. El peligro es caer en una espiral destructiva en la que se acabe dedicando más energía a buscar traidores y culpables que a tejer nuevas complicidades. Hay, ciertamente, mucha frustración, pero pensar que todos los que se manifestaron el 11 de septiembre están en esa clave puede ser otro gran error. Muchos son votantes republicanos y apoyan al Gobierno.

No deja de ser curioso que ERC encarne ahora el independentismo realista con la misma convicción con la que en octubre de 2017 abonaba los planteamientos más ilusorios y radicales. La diferencia es que entonces nadie sabía cómo acabaría y ahora todos saben a qué puede conducir una nueva declaración unilateral de independencia. La negativa de Junts a secundar la propuesta de la ANC muestra que el pulso que mantiene con ERC no tiene que ver con las diferencias estratégicas sino con la lucha por el poder. En este contexto, paradójicamente, lo que los órdagos y amenazas de la ANC hacen es ayudar a clarificar que la vía unilateral no tiene viabilidad y por eso mismo, tampoco tiene ningún apoyo. Algo se ha avanzado.

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