El doble rostro de la ciudad más cara del mundo | Internacional


Savion Raz se mudó hace dos años del norte de Israel al barrio más caro de la ciudad más cara del mundo, Tel Aviv (463.000 habitantes). Alquila con su pareja un apartamento en una de las 11 torres que conforman Park Tsameret, una especie de oasis de lujo que en su momento atrajo a la modelo Bar Refaeli y al magnate de los diamantes Beny Steinmetz. Paga 15.000 shekels (unos 4.365 euros o dólares) por cuatro habitaciones. “Es de los baratos, otros llegan a los 60.000 shekels”, aclara. Entre ella, de 37 años, y su pareja cobran el triple del precio del alquiler. “Vivimos aquí porque nos lo podemos permitir. No somos millonarios, pero tampoco clase media”, admite casi con rubor mientras pasea a su perro. “En Tel Aviv, en cualquier caso, todo es mucho más caro”.

Cinco kilómetros más al sur, un cartel anuncia cortes de pelo a unos siete euros en una minúscula peluquería decorada con pegatinas del Shas, el partido ultraortodoxo sefardí. “Bajé el precio durante el coronavirus y no me he atrevido a tocarlo. Aquí a la gente le cuesta llegar a fin de mes y si lo subiese de nuevo se notaría”, explica su dueño. Sasson Mizrahi, de 56 años, 30 de ellos en la zona, cuenta que en 2018 pagaba 582 euros de alquiler. Ahora, 1.455. “¿Cómo sobrevive a la subida del alquiler con los precios rebajados?”. “Dios me ayuda, todo depende de él”, responde hasta tres veces para zanjar el tema.

Sasson Mizrahi, en su peluquería del barrio Hatikva de Tel Aviv. / A. P.
Sasson Mizrahi, en su peluquería del barrio Hatikva de Tel Aviv. / A. P.

El barrio se llama Hatikva (la esperanza, en hebreo) y, como de costumbre con los topónimos rimbombantes y optimistas, enmascara justamente lo contrario. En sus casas bajas, algunas de las cuales cuesta discernir si están abandonadas, vive una mezcla de inmigrantes, judíos mizrajíes (originarios de Oriente Próximo y el norte de África) asentados allí hace décadas y parejas jóvenes que huyen de la gentrificación. Es una de las áreas más pobres de una ciudad en la que cerca de 42.400 habitantes, un 10% de su población, atesora al menos un millón de dólares en activos invertibles, según un informe difundido el pasado martes por la consultora Henley & Partners, con sede en Londres. En Oriente Próximo, solo hay más millonarios en Dubái.

Tanto en el norte como en el sur de Tel Aviv les suena que el Índice Mundial de Coste de la Vida que publica The Economist Intelligence Unit, una filial del semanario británico The Economist, la declaró por primera vez el año pasado ciudad más cara del mundo, tras superar a Hong Kong, París, Zúrich, Singapur y Osaka. El baremo compara en 173 ciudades una cesta de bienes y servicios que, en Tel Aviv, registró en 2021 el mayor aumento en cinco años (3,5%).

En un supermercado corriente, un yogur vale al menos un euro y un kilo de arroz, tres. Una dorada pequeña roza los 20 euros. En los restaurantes, la copa de vino más barata rara vez baja de los 10 euros. El precio medio de un apartamento supera ya los 1,1 millones de euros y el transporte subió en 2021 un 21%.

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No obstante, el primer puesto de Tel Aviv es engañoso porque se debe principalmente a que el índice se calcula en dólares y el shekel está muy fuerte. Esto machaca los bolsillos de los expatriados que cobran en divisa o de los turistas que las cambian al llegar, pero el israelí de a pie no lo nota en el día a día.

“Es un cálculo incorrecto”, subraya en conversación telefónica el presidente del Centro Taub de Estudios de Políticas Sociales en Israel, Avi Weiss. “No hay duda de que Israel es un país caro, por motivos de falta de competencia, y tampoco ayuda que sea un país pequeño. Pero Tel Aviv no es la ciudad más cara del mundo”, añade antes de señalar que el norte y el sur del corazón económico de Israel son “dos ciudades distintas”.

Un país caro y desigual

Los analistas suelen coincidir en que Israel, con 9,5 millones de habitantes, es tan caro porque algunos sectores funcionan como oligopolios, a causa de políticas proteccionistas heredadas de los orígenes socialistas del país, creado en 1948, que dificultan las importaciones y encarecen el producto final. La liberalización que empezó en los años ochenta concentró los recursos en manos de unas pocas familias. Los productores nacionales apenas tienen hoy motivos para competir vía precio o calidad.

Es también una de las economías desarrolladas más desiguales, por la brecha entre el nivel de vida que separa, en un extremo, a los habitantes de la franja costera al norte de Tel Aviv ―donde se concentran la inversión en el sector de la alta tecnología y los fondos de la diáspora judía― y, en el otro, a los palestinos con ciudadanía israelí (un quinto de la población tratada como ciudadanos de segunda) y a los judíos ultraortodoxos, poco integrados en el mercado laboral y casi un 13% de la población. Según el informe de 2022 del Laboratorio de Desigualdad Mundial de la Escuela de Economía de París, el 10% más rico de Israel cobra 19 veces más que el 50% que menos ingresa. Son niveles de desigualdad similares a los de EE UU.

Tel Aviv fue precisamente el germen de la mayor protesta social en la historia del país. En 2011, una joven israelí harta del precio de los alquileres, Dafni Lif, acampó en el bulevar Rothschild y montó un grupo de Facebook. La iniciativa prendió, con manifestaciones multitudinarias y una acampada masiva por la “justicia social” inspirada en el 15-M español, que había tenido lugar poco antes. El entonces primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, logró desactivarla con algunos anuncios de reformas y la creación de un comité cuyas recomendaciones clave acabaron en un cajón. El pasado junio, hubo un intento de reeditarla en varias partes del país, pero no acabó cuajando.

Según un sondeo difundido el mes pasado, un 44% de israelíes decidirá a qué partido vota el próximo 1 de noviembre, en las quintas elecciones en más de tres años, principalmente en función de sus propuestas para embridar el coste de la vida. La inflación (4,6% en agosto) está más controlada que en Europa y EE UU, aunque julio dejó el mayor incremento en décadas (5,2%). La vivienda sigue siendo el gran dolor de cabeza: ha subido un 17,9% en un año.

Volvamos a Park Tsameret, donde Noy Sivan Cohen, de 34 años y madre de una niña, regenta una floristería a la entrada del centro comercial. Cobra “poco más” de los 2.000 euros que paga de alquiler con su pareja por una casa de cuatro habitaciones en la localidad de Herzliya, a unos 10 kilómetros. Es consciente de que vive mejor que la mayoría de sus conciudadanos, pero se ha planteado mudarse a Tel Aviv para estar más cerca de su trabajo y no le salen las cuentas.

Noy Sivan Cohen, en la floristería que regenta en el centro comercial de Park Tsameret, en Tel Aviv. / A. P.
Noy Sivan Cohen, en la floristería que regenta en el centro comercial de Park Tsameret, en Tel Aviv. / A. P.

“No es fácil vivir aquí. Vivo, pero no puedo ahorrar. Si me permito algún viaje es al Sinaí”, la vecina y mucho más barata península egipcia, popular entre los israelíes. “Últimamente tengo la sensación de que en el supermercado cojo cosas básicas, como azúcar, leche y verduras, y acabo pagando 145 euros sin entender cómo. Y ya no te hablo de los precios de los restaurantes…”, lamenta frente a una óptica que ofrece gafas por el equivalente a 3.000 euros y junto a una tienda de platos preparados que vende rosbif con salsa de mostaza y nata por 100.

Tanto en Park Tsameret como en Hatikva, los carteles de las inmobiliarias están en inglés. En el primero, con la vista puesta en los judíos de otros países que tienen capital y quieren emigrar o tener propiedades en Israel. En el segundo, porque los migrantes de Eritrea, Filipinas, Sudán, Sri Lanka o Colombia no suelen poder leer en hebreo. Son “el 100% de los clientes” de una minúscula inmobiliaria en la avenida principal que ostenta David (prefiere omitir su apellido). Alquila la casa más pequeña, de 20 metros cuadrados, por 785 euros, y la más grande, de 50, por unos 1.454. Admite que les cobra más que a los israelíes porque no presentan aval, pero lo aceptan porque acaban pagando poco al compartir la vivienda entre un buen número.

Uno de ellos es Futuwi Habtemichael, de 50 años. Cuenta sin atisbo de queja que trabaja en la construcción 12 horas al día con una sola jornada semanal de descanso. “Estoy muy contento. Cada hora son 11,5 euros. Y no estoy en Eritrea, donde solo hay conflicto y me darían una cantidad ridícula por esto”, dice mientras unos gallos cruzan la calle. “Si Tel Aviv es tan caro es porque aquí hay dinero”.

El eritreo Futuwi Habtemichael, en una calle del barrio Hatikva de Tel Aviv. / A. P.
El eritreo Futuwi Habtemichael, en una calle del barrio Hatikva de Tel Aviv. / A. P.

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