El abuelo que dejó en herencia su abono en La Romareda y su pasión | Es LaLiga


Como cada domingo vi partir a mi padre y mi abuelo materno hacia La Romareda. En casa era un ritual sagrado. Esa tarde de 1993 jugaba el Real Zaragoza en casa contra el Atlético de Madrid. Por desgracia, jamás llegaron a ver el partido. En el café donde solían parar de camino al estadio, mi abuelo sufrió un infarto. Son de esas noticias que te golpean porque no las ves venir. Son de esas cosas que impactan porque yo tenía 11 años y supongo que a partir de entonces empezó otra etapa en mi vida.

Heredé el abono de mi abuelo y ahí se me abrió un nuevo mundo. Yo ya seguía el fútbol, pero el hecho de ir religiosamente al campo me convirtió en un devoto. Además, mi bautismo coincidió con una de las épocas más gloriosas del club. El primer año ganamos la Copa del Rey y el segundo la Recopa de Europa con ese increíble gol de Nayim. No pude ir a la final de París (sí fueron mi padre y mi madre), pero recuerdo que grité como un poseso cuando marcamos en la prórroga y que a mi abuela –¿qué diablos haría con la ropa a esas horas de la noche?– se le cayó la plancha caliente al suelo. Esa alegría, el olor de los puros en el estadio, la bravura de Juan Eduardo Esnáider, mi jugador favorito en la época, son cosas que no se olvidan.

Miguel Cardiel con la bandera del Zaragoza frente a la catedral de Santiago de Compostela tras completar un tramo del Camino de Santiago.
Miguel Cardiel con la bandera del Zaragoza frente a la catedral de Santiago de Compostela tras completar un tramo del Camino de Santiago.Cedida
Fotografía tomada por Miguel Cardiel de algunos de sus abonos del Real Zaragoza y de un brazalete de capitán firmado por el futbolista Alberto Zapater.
Fotografía tomada por Miguel Cardiel de algunos de sus abonos del Real Zaragoza y de un brazalete de capitán firmado por el futbolista Alberto Zapater.Cedida

El Zaragoza de hoy es diferente al de entonces, claro. La pandemia nos frenó cuando parecía que volveríamos a subir sí o sí…pero yo no pierdo la esperanza y sigo ahí al pie del cañón, junto a mi equipo. Prueba de ello es la colección de abonos que desde 1994 conservo en casa. Estoy tratando de inculcar el zaragocismo a mis hijos, de 5 y 7 años, la cuarta generación de aficionados. Se lo digo muchas veces a mis alumnos en el colegio donde soy profesor de educación física y donde muchos son del Real Madrid o del FC Barcelona: en las buenas o en las malas, no hay mayor orgullo que mantenerse fiel al equipo de tu ciudad.

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