Efectos secundarios de las elecciones en Castilla y León | Elecciones en Castilla y León 13F


El candidato de VOX a la Presidencia de Castilla y León, Juan García-Gallardo (a la izquierda), y el presidente de Vox, Santiago Abascal, este domingo en Valladolid.
El candidato de VOX a la Presidencia de Castilla y León, Juan García-Gallardo (a la izquierda), y el presidente de Vox, Santiago Abascal, este domingo en Valladolid.Photogenic/Claudia Alba (Europa Press)

La intuición inicial dice que el origen del patinazo del PP en Castilla y León está en una analogía precipitada y fraguada en los despachos, en cálculos de anticipación y pronósticos con bases poco fiables. La segunda intuición tiene otro calado y es más inquietante todavía: no hay patinazo, sino un primer entrenamiento o una primera aclimatación política a un futuro de acuerdos entre el centroderecha y la ultraderecha de Vox.

El invento de adelantar las elecciones por sorpresa y a traición —apenas horas antes de la comunicación nadie sabía nada en Ciudadanos, ni Inés Arrimadas ni Francisco Igea— aspiraba a aprovechar el tirón de Ayuso para asentar no solo a la candidata ganadora y revoltosa del PP, sino también y sobre todo las expectativas de Casado como líder nacional del PP. Pero trasladar las muy singulares condiciones de Ayuso y Madrid —auténtica burbuja barométrica y demoscópica de España— a una comunidad como Castilla y León era como plantar vegetación tropical en un clima continental: en Soria suele hacer mucho, mucho frío. La tentación de usar estas elecciones como indicio de cambio de ciclo o incluso como el trampolín nacional de Vox se antoja también precipitada, porque el campo de trabajo ha sido una de las comunidades con rasgos propios más diferenciados. De la misma manera que Madrid es única en muchos sentidos, Castilla y León lo es también, como comunidad muy envejecida, con una población muy dispersa en núcleos de población rural, con pocas ciudades grandes y gobiernos autonómicos apaciblemente conservadores desde hace 35 años.

La viabilidad de un paralelismo tan asimétrico pudo estar solo en las ensoñaciones de los estrategas. Las elecciones no mejoran la situación de Casado ni del PP y, lo que es peor, tampoco de la democracia española. Nada hace prefigurar tampoco que anticipen el comportamiento electoral de Sevilla, Valencia, Barcelona, Zaragoza, Coruña o San Sebastián en unas elecciones generales. Ni siquiera predicen con certidumbre oracular la extinción de Ciudadanos, ni desde luego condenan al PSOE y a Unidas Podemos a la fatalidad de padecer las sensibles pérdidas que se han llevado a cuenta de las candidaturas de la España Vaciada. No está nada claro que estas elecciones sean un termómetro fiable a otra escala, como nadie ha sido capaz de trasladar los burbujeantes resultados de Ayuso a otras comunidades. O todavía no, al menos.

En apariencia, el elemento de más alto riesgo de la ensoñación de Génova consistía en facilitar el acceso de la ultraderecha al Gobierno de una comunidad por primera vez en nuestra democracia. Podría funcionar como el primer peldaño en su escalada de normalización democrática: apenas quedan migajas del vibrante discurso de Pablo Casado contra Vox en sede parlamentaria y los dolidos melindres que Santiago Abascal amargamente le reprochó desde la tribuna de oradores. Cabe preguntarse si Mañueco, Casado y Génova tasaron el riesgo en que incurrían si el resultado no garantizaba al PP gobernar en solitario. Porque entre las graves consecuencias políticas de este error está la tentación en los próximos días de banalizar o convertir en rutinaria la legítima pero desgraciada alianza con Vox, ya sin máscara y sin disimulo.

Tras estas elecciones, el liderazgo de Casado en el PP queda atado a la prosperidad de Vox, y no a la suya propia. Los estrategas de Génova se la jugaron hace un mes y medio y el principal perjudicado a escala nacional ha sido el propio secretario general del partido. Casado ha jugado con fuego, pero quien se quema en Castilla y León es el blindaje de la democracia española contra la ultraderecha. Estas autonómicas debían ser parte de la escalera que llevase a Casado de éxito en éxito hasta la Moncloa. No ha habido éxito alguno, sino subordinación forzosa a Vox. Por eso quizá no es un disparate escuchar la segunda intuición y pensar que no hubo ensoñación alguna, sino un potencial efecto secundario todavía bajo control. Estas elecciones pueden haber acabado siendo el laboratorio local de lo que el PP sabe que no tendrá más remedio que ir ensayando en el futuro si quiere desbancar al gobierno de coalición en las elecciones generales. Un primer test de aclimatación a escala local.

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