Debemos estar preparados para ganar la guerra


Mientras la guerra continúa en Ucrania, los apóstoles del «fin de la historia» quedan definitivamente desacreditados. De repente, los pueblos toman conciencia de que no se puede dar nada por sentado eternamente. Ni la democracia como régimen político inamovible, ni la diplomacia como forma privilegiada de resolver los conflictos. Ni siquiera la integridad territorial como derecho incontestable.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, durante su rueda de prensa de este jueves en Bruselas.


El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, durante su rueda de prensa de este jueves en Bruselas.

Reuters

Tras un largo paréntesis, la guerra ha vuelto a Europa. Uno de los países en disputa, incluso, asume el apocalipsis nuclear como posible amenaza. Y el riesgo de utilizar armas químicas es tangible. Lo peor que podríamos imaginar ha resultado ser posible.

Más allá de la conmoción y de la legítima emoción que surge ante el drama humanitario, más allá de nuestra admiración por el valiente pueblo ucraniano y la condena total al régimen de Moscú, la responsabilidad de los poderes públicos es considerar la guerra de Ucrania como lo que es: un punto de inflexión geoestratégico de primer nivel.

Hoy en día, nuestros ejércitos están acostumbrados a librar combates asimétricos. Centrados en la lucha contra el terrorismo, se despliegan en teatros de operaciones exteriores (Oriente, el Sahel). Una posible participación en un conflicto armado real en suelo europeo requeriría niveles de compromiso mucho mayores. Estos riesgos futuros nos imponen la renovación de nuestros programas en materia de defensa.

La primera exigencia es la de poder anticiparnos a los nuevos peligros, que son el resultado de un renacimiento de esos Estados-potencia que fantasean con un retorno a los imperios. Una cuestión que ya se anticipaba en la Revisión Estratégica de la Defensa y Seguridad Francesa de 2017. Mientras que la mayoría de las democracias cayeron ingenuamente en la trampa de una paz frágil y se desarmaron gradualmente, los Estados autoritarios tomaron la decisión contraria.

Hemos subestimado el impacto de ciertos conflictos (la antigua Yugoslavia, Chechenia, Siria) que presagiaron lo que está ocurriendo en Ucrania en estos momentos. Grozni o Alepo anticiparon el martirio de Járkov o Mariúpol. Y el bombardeo de Belgrado en 1999 que llevó a cabo la OTAN le sirve de pretexto a Vladímir Putin.

Ya estaba todo escrito en el discurso de Putin contra Occidente, que pronunció en Múnich en 2007. Sus intenciones eran claras desde la anexión de Crimea y la intervención en el Donbás. Lo que Rusia está intentando ahora podría intensificarse aún más en el futuro (Transnistria, Georgia, los Estados bálticos), o incluso multiplicarse, desde China (cuyo acercamiento estratégico a Rusia debería ponernos en alerta) hasta Irán, pasando por Turquía, que sin embargo es miembro de la OTAN.

La virulencia de esta nueva partida de juegos de poder se ve alimentada por la guerra híbrida que posibilita la modernidad. Las batallas ya no son únicamente militares y los campos de batalla son mucho más diversos que antaño: cibernéticos, informativos o incluso espaciales.

Este último es un campo de acción de pleno derecho en el seno de nuestra estrategia militar, como ya precisó la ministra de las Fuerzas Armadas francesas, Florence Parly, en julio de 2019. Se multiplican los riesgos de estos conflictos de «alta intensidad», como bien han analizado los diputados Patricia Mirallès y Jean-Louis Thiériot, miembros de la Comisión de Defensa y Fuerzas Armadas que preside Françoise Dumas.

Algunos de estos riesgos son la pérdida de la superioridad aérea y la interferencia de las señales electrónicas y de los satélites. Un alto índice de atrición en términos de efectivos y equipos, como han demostrado claramente ejercicios recientes como los de Warfighter y Polaris. La incertidumbre en cuanto a la duración del conflicto. Poblaciones civiles instrumentalizadas mediante los canales de información y puestas en peligro por los ciberataques que pueden afectar a su vida cotidiana e incluso apuntar a los enclaves más sensibles de nuestras infraestructuras, como las centrales nucleares.

«La estrategia de los ejércitos franceses debe ser la de ganar ‘la guerra antes de la guerra’. Disponer de opciones militares para disuadir a nuestros enemigos»

Sin duda, Francia tiene una ventaja estratégica en comparación con sus socios europeos. Como miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, su ambición de tener una voz singular en el mundo la ha llevado a preservar sus competencias y su cultura operativa, su modelo completo de Ejército y su disuasión nuclear.

También se lo debe a las decisiones tomadas por François Hollande: la intervención en Mali, la misión Barkhane, la respuesta ante el terrorismo islamista en tierras francesas o la operación Centinela. Progresivamente hemos pasado de una visión contable a una visión estratégica gracias al fuerte apoyo político que ha liderado Jean-Yves Le Drian y más adelante, durante este quinquenio y de manera más directa, el presidente Emmanuel Macron.

Esta apuesta por la independencia también se extiende a cuestiones energéticas con el resurgimiento de la industria nuclear. Pero, sobre todo, la lucidez del Estado Mayor ya ha permitido avanzar hacia una adaptación de nuestros programas de defensa. En el marco de su «visión estratégica» y en «este momento trágico de la historia» que marca una ruptura, el general Thierry Burkhard, jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas francesas, ha tomado nota de esta exigencia.

El bucle paz/crisis/guerra ha desaparecido y el fenómeno del «desbocamiento del mundo» que describía el director del IFRI (Instituto Francés de Relaciones Internacionales), Thomas Gomart, acelera el ritmo y la intensidad de los conflictos. Evidentemente, no hay que abandonar el diálogo, la diplomacia y la búsqueda de un pacto de paz, seguridad y cooperación en Europa. No queremos que el conflicto se alargue.

Pero, a partir de ahora, la línea de estrategia de los ejércitos franceses debe ser la de ganar «la guerra antes de la guerra». Es decir, conocer las estrategias de nuestros enemigos y disponer de opciones militares para disuadirlos de imponernos hechos ya consumados.

Me gustaría rendir desde aquí un sentido homenaje a todos nuestros soldados, a su valor y a su dedicación. Los cimientos de nuestro Ejército son fuertes porque tenemos hombres y mujeres dispuestos a responder a un ataque de alta intensidad y a sacrificar sus vidas por la patria.

Pero debemos darles más medios para que cumplan con sus misiones. En este sentido, el presidente de la República ha presentado dos ejes de evolución de calado en su discurso a los franceses del 2 de marzo. Debemos aumentar la inversión en nuestros ejércitos e iniciar una nueva etapa en la defensa europea.

Los aumentos presupuestarios ya previstos en el marco de la ley de planificación militar tendrán que ser revisados al alza y habrá que asumir compromisos financieros de envergadura en las próximas leyes de planificación.

Renovar nuestras herramientas de disuasión, algo que vuelve a ser fundamental ante la nueva situación.

Proseguir con nuestras inversiones en inteligencia artificial y tecnología cuántica para poder librar la guerra de la información.

Mejorar la disponibilidad de los equipos.

Aumentar la formación.

Reconstituir nuestro arsenal de munición y piezas de recambio.

Adquirir nuevos equipos y, en particular, más tanques, aviones, helicópteros o fragatas, ya que nuestros compromisos militares cambiarán de naturaleza.

Y acelerar nuestro esfuerzo de innovación para reforzarnos a través de los drones, entre otras medidas.

Finalmente, debemos emprender la construcción de un segundo portaaviones, indispensable para la garantizar la continuidad de nuestra posición en el mar. También apremia la elaboración de un nuevo libro blanco para pensar transversalmente en los marcos de nuestra soberanía y nuestra autonomía estratégica. De este modo, focalizaremos los medios para promover nuestra industria de defensa o para generar las condiciones que permitan el despliegue de una economía de guerra.

No obstante, la defensa colectiva y las coaliciones serán fundamentales para garantizar nuestra supervivencia a largo plazo. El pivote estratégico estadounidense en el eje Indo-Pacífico nos obligará a construir por fin una verdadera defensa europea. La brutal toma de conciencia ligada al conflicto actual es una oportunidad para ir mucho más allá.

«Las sanciones que ha adoptado la UE, el suministro comunitario de material militar para Ucrania o el anuncio del rearme son señales alentadoras»

Los planes de sanciones que han adoptado por unanimidad los Estados miembros, el suministro comunitario sin precedentes de material militar para Ucrania o el anuncio de un potente rearme alemán son señales alentadoras. Una reciente encuesta del instituto francés de sondeos, el IFOP, sobre la Estrategia Europea de Yalta y la Fundación Jean Jaurès muestra que la opinión pública europea está preparada para asumir el reto.

Los debates que se han iniciado en estos momentos deben continuar para construir una verdadera autonomía estratégica europea. Y eso también se extiende a la energía, la tecnología y la seguridad alimentaria. Sin embargo, debe hacerse bajo ciertas condiciones.

En primer lugar, no se trata de renunciar a nuestra propia autonomía estratégica nacional, que es una fuerza de equilibrio independiente. Tampoco sustituirá a la Alianza Atlántica, que celebrará una cumbre histórica en Madrid en junio. Como primer paso, construirá un sólido pilar europeo dentro de esta. No obstante, tendrá que imponerse la adopción de una doctrina y una política industrial comunes en materia de defensa.

Desde el 24 de febrero, el futuro ya no es el mismo. Hemos perdido la paz. Debemos estar preparados para ganar la guerra.

*** Manuel Valls fue primer ministro francés entre 2014 y 2016.



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