Cuando Michelle Obama decidió alisarse el pelo porque EE UU “no estaba preparado” para sus rizos | Internacional


No era la semana más fácil para atraer los focos de la información política en Washington: los demócratas se llevaron el Senado, los republicanos se tuvieron que conformar por la mínima con el Congreso, Donald Trump lanzó su tercera candidatura a la Casa Blanca y Nancy Pelosi se despidió como presidenta de la Cámara de Representantes. Y en mitad de tanto histórico trajín, Michelle Obama, primera dama entre 2009 y 2017, presentó el martes en un teatro del centro de la ciudad The Light We Carry. Overcoming in Uncertain Time, su segundo libro, publicado simultáneamente en España por la editorial Plaza & Janés con el título de Con luz propia. Vencer en tiempo de incertidumbre. Y el caso es que logró atraerse los focos. Por ser más precisos, lo consiguió su pelo.

Cuando su marido, Barack Obama, se convirtió en el primer presidente negro del país ella decidió alisárselo porque consideraba que el pueblo estadounidense “no estaba listo” para sus rizos naturales, según contó a una audiencia entregada, que llenó el elegante Teatro Warner pese a la noche lluviosa y aunque parte del acto se solapó con el anuncio televisado de Trump. Para ella, habría sido más fácil hace 14 años continuar con sus trenzas, pero concluyó que era mejor no hacerlo para evitar que su aspecto se politizara y acabara distrayendo a la opinión pública de lo importante: la agenda de la Administración de Obama. “Mejor me lo dejo liso”, recordó haber pensado. “Consigamos primero que se apruebe la mejora en la sanidad”.

Michelle Obama y Ellen DeGeneres, en un momento del acto celebrado en Washington para presentar el libro de memorias de la primera.
Michelle Obama y Ellen DeGeneres, en un momento del acto celebrado en Washington para presentar el libro de memorias de la primera. LENIN NOLLY (EFE)

Para refrescar la memoria del público presente en el teatro sobre la clase de escrutinio estético al que estaba sometida la pareja, Michelle recurrió a aquel día de 2014 en el que Barack vistió un traje beis para comparecer ante los medios y desató las críticas republicanas por la “poca seriedad” de su imagen; críticas que no recibieron Ronald Reagan o Dwight Eisenhower cuando optaron por ese color en la indumentaria. “[En el caso de Obama fue] la gran indignidad, el escándalo de la Administración”, dijo Michelle, que venía de hablar de los obstáculos que deben vencer las mujeres afroamericanas en entornos de trabajo en los que el pelo afro o las trenzas (o dreadlocks) se perciben como “poco profesionales”.

El comentario ha reavivado esta semana en Estados Unidos una interesante discusión sobre los estereotipos que acarrean las minorías por su mero aspecto físico. En marzo pasado, la Cámara de Representantes aprobó una norma al respecto. La bautizaron CROWN, que significa corona, pero en realidad esconde un acrónimo (a los parlamentarios de Washington les pirran para nombrar leyes): Creating a Respectful and Open World for Natural Hair Act (Creando un mundo abierto y respetuoso para el pelo natural). No deja de ser paradójico que una de las imágenes más simbólicas de la presidencia de Obama fuera aquella en la que un niño negro le tocaba la cabeza al presidente, como para cerciorarse que alguien como él realmente podía ocupar el Despacho Oval.

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La imagen, de mayo de 2009, muestra al pequeño Jacob Philadelphia tocando la cabeza de Obama. "Quiero saber si mi pelo es como el suyo", le susurró al presidente; y éste respondió: "¿Por qué no lo compruebas tú mismo?", se agachó y el niño tocó su pelo. La fotografía estuvo durante años en un lugar destacado del Despacho Oval de la Casa Blanca.
La imagen, de mayo de 2009, muestra al pequeño Jacob Philadelphia tocando la cabeza de Obama. «Quiero saber si mi pelo es como el suyo», le susurró al presidente; y éste respondió: «¿Por qué no lo compruebas tú mismo?», se agachó y el niño tocó su pelo. La fotografía estuvo durante años en un lugar destacado del Despacho Oval de la Casa Blanca.Pete Souza (CASA BLANCA)

Michelle Obama no solo trató el martes asuntos capilares en su conversación con Ellen DeGeneres, famosa presentadora de televisión y “amiga personal”, como ambas dejaron claro al principio. Obama explicó que este libro —que cabría mandar a la mesa de novedades de autoayuda si no fuera porque las “herramientas” que comparte su autora, y que le sirven “en momentos de gran ansiedad y estrés”, son el resultado de las enseñanzas de una vida extraordinariamente interesante― nace del éxito cortado en seco del anterior.

Mi historia (2018, también en Plaza & Janés) era el recuento de cómo una pobre chica del Sur de Chicago se convirtió en una prestigiosa abogada y acabó en la Casa Blanca. Y fue un fenomenal triunfo: superó los 10 millones de ejemplares, lo que, según su editorial, lo convierte en el volumen de memorias más vendido de la historia (por encima también de las de su marido, Una tierra prometida). Los lectores la reclamaban, y se embarcó en una gira de presentaciones, primero por Estados y después por todo el mundo. En el acto del martes, cuya espera amenizó el dj D-Nice, rapero de los legendarios Boogie Down Productions, que la acompañará en el nuevo tour, Michelle Obama proyectó imágenes de estadios llenos para escucharla, seguidas de fotos de esos mismos estados cerrados a cal y canto por el confinamiento. “Nosotros [el matrimonio y sus dos hijas] lo tuvimos más fácil que la mayoría para encerrarnos. Después de todo, pasamos ocho años en la Casa Blanca; para salir al balcón el Servicio Secreto tenía que hacer ocho llamadas de teléfono”, bromeó.

En los albores de la pandemia, se lió a comprar por internet juegos de mesa para entretener a los suyos, y también un kit de costura. “Las mujeres de nuestra generación vimos a nuestras madres y abuelas coser por necesidad. En casa, como no llegaba el dinero, cuando querías que te compraran un vestido, te decían, para tu disgusto: ‘Oh, no te preocupes, que te lo haré yo”, recordó la ex primera dama. Por eso nunca aprendió a tricotar: lo consideraba “un saber del pasado” del que “deshacerse para abrazar el progreso”. Lo que no imaginó es que acabaría salvándola “de la depresión” en esos primeros meses de incertidumbre, empujada al abismo por la contemplación de Trump gestionando “desastrosamente” la crisis sanitaria. Y así fue cómo, cuenta en Con luz propia, en 2020 se convirtió en la clase de persona que lo mismo le hacía “un suave jersey de cuello redondo” a su marido, “que es de Hawái y se resfría fácilmente en invierno”, que daba un discurso en la convención demócrata de 2020 para alentar el voto.

Michelle Obama, derecha, con Oprah Winfrey, el 14 de noviembre de 2018, en una de las paradas de su gira de presentación de 'Mi historia'.
Michelle Obama, derecha, con Oprah Winfrey, el 14 de noviembre de 2018, en una de las paradas de su gira de presentación de ‘Mi historia’.Rob Grabowski (AP)

“Lo peor es que Barack lo vio venir”, reveló en su charla del martes. “Cuando Trump ganó, se preguntó: ¿qué pasará si llega una pandemia? Lo dijo porque había evidencias de que una venía. Habían organizado sesiones informativas para ello en la Casa Blanca. Se habían preparado. No importa quién sea el presidente cuando todo va bien. Pero en el momento en que hay una catástrofe es cuando necesitas un líder con las cosas claras. Es obvio que no lo tuvimos”.

En el primer capítulo del libro, que cuenta con traducción de Carlos Abreu, Efrén del Valle, Gabriel Dols y Raúl Sastre, la autora usa el hilo y la aguja como una metáfora sobre “el poder de lo pequeño” y la utilidad de la concentración para superar la ansiedad y el estrés. En otros, defiende la importancia de los abrazos, hace una defensa cerrada de la amistad o glosa la figura de su madre, que se convirtió en “abuela en jefe” a su pesar. La ha visto, escribe, “hablar con el papa y con el cartero, dirigiéndose a ambos con la misma actitud apacible e imperturbable”.

También teoriza sobre el miedo, con el que lleva conviviendo “58 años ya”: “No nos entendemos. Me hace sentir incómoda. Le gusta verme débil. Tiene un fichero gigante, lleno a rebosar, con todos los errores y pasos en falso que he cometido en mi vida. (…). Odia mi apariencia, a todas horas y en cualquier circunstancia. No le gusta el correo electrónico que le envié a un compañero de trabajo. Tampoco le gusta el comentario que hice en el banquete de anoche; no se puede creer que diga tantas tonterías en general. Todos los días intenta convencerme de que no sé lo que me hago. Todos los días intento llevarle la contraria, o al menos anularla con pensamientos más positivos; pero aun así, no se irá”.

En el acto compartió con el público su receta: cultivar el “miedo confortable”. “He conocido a muchas personas valientes en mi vida, desde héroes cotidianos hasta gigantes como [la escritora] Maya Angelou y Nelson Mandela. Personas que desde la distancia pueden parecer impermeables al miedo. He vivido con líderes mundiales que toman decisiones bajo una enorme presión que ponen en peligro y salvan la vida de otros. Conozco artistas que pueden desnudar sus almas ante multitudes del tamaño de un estadio. Activistas que arriesgaron su libertad y seguridad para proteger los derechos de otras personas. Ni uno solo de ellos, diría yo, se consideraría a sí mismo intrépido. Pero sí comparten la capacidad de coexistir con el peligro y pensar con claridad en su presencia. Aprenden a tener miedo cómodamente”.

El público, mayoritariamente femenino, que había pagado entradas a partir de 100 dólares, asintió el martes en el Warner Theater, normalmente dedicado a los musicales, a este y otros consejos con un murmullo de aprobación y raptos de aplausos. La gira continúa este sábado en Filadelfia, donde solo quedan un puñado de tickets a la venta. Después seguirá por teatros de otras 11 ciudades de Estados Unidos. En algunas de ellas, tiene más de una fecha. En todas, la ex primera dama será recibida con los honores reservados a las estrellas.

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