«Como escritor y padre, mi trabajo es llevar la vulnerabilidad como bandera»



Tras una década en la que ha vivido en La Rioja, Nebraska, Nueva York, Iowa, París y ahora Berlín (“Para un judío, no hay ciudad más ajena y más minada”), confiesa Eduardo Halfon (Guatemala, 1971) que nunca ha estado más lejos de saber “cuál es mi lugar en el mundo”.

No cree en patrias ni banderas, “o más bien no las entiendo. Ni las patrias nacionales, ni las étnicas, ni las metafóricas. Yo nací en un país que siempre me resultó extranjero. Soy judío, pero también soy árabe. Me siento igual de perdido e inseguro en el español que en el inglés. Podría decir que mi patria es la literatura, cosa que suena muy elegante. Pero sería mentira. La literatura no es una patria; es un oficio, una artesanía, una quimera, una nube solitaria y portentosa”.

Pregunta. Con o sin bandera, publica un nuevo libro de relatos, Un hijo cualquiera. ¿Qué le ofrece el cuento que no le da la novela? ¿O estos relatos son una ficción única?

Respuesta. El cuento como género exige depuración en su forma e intensidad en su fondo. El trabajo del cuentista es parecido al de un hacedor de bonsáis: saber podar y quitar y recortar ramas y hojas de un arbusto para que vaya surgiendo su esencia, pero también saber dejar ahí lo imprescindible para que el que se detenga ante ese pequeño árbol sienta la inmensidad de un roble. Ahora bien, me parece que yo sólo escribo cuentos. Me siento muy cómodo en el espacio breve y directo, quizás debido a mi formación de ingeniero. Aunque luego ordene y presente un puñado de cuentos de tal manera que se crea la ilusión de ser una especie de conjunto o novela. En Un hijo cualquiera, la paternidad no es más que uno de los hilos que une y sutura un conjunto de cuentos.

[‘Canción’, el doble viaje de Eduardo Halfon]

P. En la mayoría de los relatos su hijo tiene un enorme protagonismo: ¿es quizá su libro más íntimo y personal?

R. Yo diría que todos mis libros son íntimos y personales. ¿Hay acaso otra forma de escribir, sin dejar parte de uno en las páginas? En cualquier caso, algo que sí cambió en los relatos de este libro es que los escribí ya siendo padre. Todo lo anterior lo había escrito como un hijo que no conoce la experiencia de ser padre, o que sólo la conoce a partir de los libros que ha leído. Pero desde que nació mi hijo escribo como un hijo que también es padre. Y eso, claro, me cambió como hijo. No es que escriba ahora con más intimidad, sino tal vez con más empatía.

“El mundo interno cambia al tener un hijo. Todo padre sabe que cualquier hijo no es un hijo cualquiera”

P. No nos sorprende que una narradora fabule sobre sus hijos pero sí que lo haga un escritor: ¿es cuestión de prejuicios? ¿Por qué antes los narradores parecían ocultar sus sentimientos paternales, y lo que les hacía más vulnerables?

R. A lo mejor está relacionado con la idea, anacrónica y absurda, de que un hombre vulnerable es un hombre débil. No lo sé. Pero esa sí es una idea o una actitud que ha estado presente en las generaciones de mi propia familia. Mi abuela materna, por ejemplo, siempre me decía que jamás recibió un abrazo o un beso de su padre; mi bisabuelo sirio sólo le permitía a ella besarle la mano. A mi padre le era inconcebible que yo me quedara en casa cuidando de mi hijo o que yo le cambiase pañales. Y un tío abuelo de mi hijo, al ver cómo yo lo mimaba y acariciaba sentado en mi regazo, me dijo medio en broma que si seguía haciéndolo le sacaría brillo. Muchos hombres aún sienten que se debe ocultar cualquier expresión de ternura o vulnerabilidad. Mi trabajo como escritor, y como padre, es llevar la vulnerabilidad como bandera.

P. Hay quien dice que sus relatos trazan su mapa personal: ¿qué nuevas fronteras ha atravesado en esta ocasión?

R. Mi mapa no ha cambiado, su geografía sigue siendo la misma. Pero ahora mi recorrido es otro. O tal vez mi recorrido también es el mismo y ahora tengo otra brújula. O tal vez es el mismo recorrido y la misma brújula pero ahora llevo un nuevo tripulante a bordo, a mi lado, asistiéndome y a veces guiándome. Y es que el mundo interno cambia al tener un hijo. Todo padre sabe que cualquier hijo no es un hijo cualquiera.

“Cuando nos encerraron a todos dejé de escribir por completo. Ya no tenía ganas. Se me fue el duende”

P. De todos los cuentos del libro, ¿cuál le gustaría que su hijo no dejase de leer?

R. Hace poco, de vacaciones en Guatemala, se me ocurrió que la madre de mi hijo le tomaba demasiadas fotos, pero acto seguido se me ocurrió que yo le escribía demasiados cuentos. Y es que es así. Mi manera de fotografiar la vida es escribiéndola. Y sobre él he escrito desde el embarazo. O quizás sería más exacto decir que para él he escrito desde el embarazo. Ahora, en este libro, se le ve nacer, aprender a hablar, empezar a caminar, conocer la magia de la música, aunque siempre insertado en un contexto más grande. Un pequeño detalle de su vida se convierte en un pretexto para escribir algo más amplio. Pero al final esos relatos no son más que pequeñas estampas de su infancia. Cuando sea mayor y quiera ver cómo fue su niñez tendrá el álbum de fotos que le ha hecho su madre, y el álbum de cuentos que le ha escrito su padre.

P. Uno de los relatos más emocionantes trata de la pandemia y de lo que se inventaba para que su hijo no se diera cuenta de lo que ocurría.

R. La pandemia la vivimos en París. Yo tenía entonces una beca de la Universidad de Columbia para pasar un año allá, escribiendo, pero cuando nos encerraron a todos dejé de escribir por completo y me convertí únicamente en padre. No es que ya no tuviese tiempo para la escritura, sino que ya no tenía ganas. Se me fue el duende. Mi único propósito durante aquellos meses de miedo e incertidumbre era proteger a mi hijo de todo lo que estaba ocurriendo allá afuera. Luego, despacio, la vida fue volviendo, y la escritura fue volviendo, pero ya para siempre teñida por esos meses metidos en un pequeño apartamento de París.

P. Confiesa en “Historia de mis agujas” que cayó en la literatura “por accidente”. ¿Cómo se produjo el hechizo?

R. Más que un solo hechizo, yo diría que fue una serie de pequeños hechizos, uno en cada cuento. Y es que mi manera de trabajar, a diferencia de un novelista, supongo, es quizás demasiado miope. No veo más allá del pequeño relato en el que estoy trabajando. No planifico. No sé qué estoy escribiendo mientras lo escribo. Me siento abrumado por una sensación de incertidumbre y desasosiego. Intuyo que en algún lado del cuarto hay tal vez una puerta, una ventana. Sólo sé que debo seguir tropezándome y escribiendo hasta que quizás encuentre algo. Y ese encuentro, finalmente, es el hechizo, que siempre llega al final de la escritura de un relato, nunca al inicio.

“Son tantas las violencias en Guatemala… Es como estar en un estado permanente de guerra”

P. En el libro narra (como en otras obras) un episodio de violencia brutal contra campesinos. ¿Recordar es una manera de hacer(les) justicia?

R. Mi intención al escribir nunca es hacer justicia. Eso me acercaría al plano político, y me alejaría del literario. Mi proceso ante la página en blanco es así: de pronto recuerdo algo muy personal, un episodio, un rostro, unas palabras, y a partir de ese recuerdo voy construyendo un relato entero. La memoria, entonces, para mí, es siempre el punto de partida. Pero esa memoria no sucede en un vacío, sino dentro de un momento histórico muy preciso y a veces violento, y al contarla también debo contar ese momento. Digamos que el teatro que es la literatura sucede en un escenario construido y arropado por la historia, y para que el drama que se da sobre las tablas sea verosímil los detalles de la escenografía deben ser históricamente correctos. Si luego los lectores juzgan la obra como una forma de justicia, eso ya es parte de la lectura de un texto, no de su escritura.

P. ¿De qué manera toda esa violencia ha marcado el presente y el futuro de la zona?

R. Cuando uno habla de la violencia en Guatemala es necesario hablar de las violencias, en plural. La violencia callejera. La violencia hacia la mujer. La violencia hacia los niños. La violencia de las masacres y el genocidio. La violencia en el lenguaje, siempre cruel y racista. La violencia institucional. Son tantas las violencias que resulta abrumador. Es como estar en un estado permanente de guerra. Y los guatemaltecos han tenido que desarrollar diferentes mecanismos de defensa para soportar vivir así. Pero el mecanismo de defensa más profundo es el silencio. Durante décadas los guatemaltecos han aprendido que es mejor callar. Jueces y periodistas y escritores que han intentado hablar o escribir sobre ciertos temas siguen huyendo del país, o desapareciendo, o siendo asesinados.

Siete novelas de padres a hijos

Acostumbrados a leer novelas escritas por mujeres sobre sus hijas, de hijos sobre sus padres, tras el aluvión de libros de malasmadres comienza a ser habitual que los narradores dediquen grandes relatos a su paternidad. Así, Andrés Neuman se sitúa en el centro de Umbilical (Alfaguara) como sujeto que observa la espera, el nacimiento y su posterior transformación vital tras la llegada de su hijo. En Irene y el aire (Seix Barral), Alberto Olmos narra el embarazo y nacimiento de su hijo, y cómo todo lo que podía salir mal en el parto, salió peor. Manuel Jabois, en cambio, ofrece en Manu (Pepitas de calabaza) una crónica más desinhibida de su experiencia, mientras Pedro Mairal retrata en La uruguaya (Libros del Asteroide) la relación del protagonista con un hijo al que adora tanto como odia. También Ray Loriga dedica Rendición (Alfaguara) a la relación de un hombre con un niño sordo y mudo al que adopta en un paisaje apocalíptico. Mención especial merecen dos novelas de padres huérfilos: la extraordinaria Mortal y rosa, de Francisco Umbral y La hora violeta, de Sergio del Molino.



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