Clásicos literarios y parques de Madrid



Entre el asfalto y el hormigón de Madrid, hay oasis, islas de verdor y sombra que mantienen a raya el ruido y la furia de la ciudad. Me refiero a los parques, esos lugares donde los humanos no caminan entre ríos de coches, saltando de una orilla a otra como nómadas que buscan paisajes más acogedores. En Madrid, yo era uno de esos nómadas y mi equipaje consistía en una mochila con libros. A veces, llevaba diez o doce, algunos ya leídos, pero a los que volvía una y otra vez. No eran simples objetos, sino universos portátiles, vida palpitante, y yo me sentía en la obligación de pasearlos, como esas ancianas que deambulan por los parques con varias jaulas de pájaros para que disfruten del aire y el sol.

Viví en Madrid hasta los cuarenta años y esas cuatro décadas siempre estarán asociadas a los cuatro parques que recorrí con mi mochila. Los solitarios no somos tan solitarios. Yo necesitaba la cercanía de mis libros para no sentir ese frío pascaliano que se desliza en el alma al reparar en nuestra insignificancia. El Parque del Oeste fue el jardín de mi niñez, el lugar donde pasé horas felices en compañía de mis padres y otros niños. Allí leí La Pimpinela Escarlata, una novela de capa y espada de Emma Orczy, baronesa británica de origen húngaro. He olvidado casi todo, salvo la cubierta, que incluía un dibujo del héroe a caballo y con la guillotina al fondo.

Mi memoria de adulto conserva un recuerdo más nítido de la versión cinematográfica de Harold Young, con Leslie Howard en el papel protagonista y, si no me equivoco, Raymond Massey haciendo de villano. Mis recuerdos son en blanco y negro, como la película, y eso me reconforta, pues me infunde la sensación de no estar tan lejos de mi niñez y de esas tardes de sábado cuando la televisión, con solo dos canales, ofrecía una programación infinitamente más interesante. ¿Alguna cadena se atrevería hoy a pasar un clásico en blanco y negro en horario de máxima audiencia?

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Leí La Pimpinela Escarlata en algún banco de madera, aprovechando la sombra de los cedros del Parque del Oeste, un recinto con un estilo a medio camino entre lo wagneriano y lo prerrafaelista. Calculo que tendría unos doce años y aún no comprendía muy bien en qué había consistido la Revolución francesa, pero me horrorizaba la guillotina, con su cartabón invertido y su filo espeluznante. Me alegraba que un aristócrata salvara a los condenados, fingiendo ser un lechuguino inofensivo.

Pensar que las apariencias no coincidían con la realidad, que la identidad real podía estar escondida bajo una apariencia falaz, que de forma íntima y secreta se podía ser otro sin dejar de ser uno mismo, me hacía fantasear que podía añadir nuevas capas a mi personalidad, máscaras con las que podría jugar y transformarme indistintamente en espía, explorador o escalador de montañas inaccesibles.

Releer esa una forma de revivir, pues no solo se recupera el texto, sino todo lo que ha sucedido alrededor de las lecturas anteriores

A los doce años, todas las posibilidades están abiertas y yo no descartaba ninguna. ¿Por qué adelantarse a las decepciones y fracasos del futuro? Lo imposible es uno de los privilegios de la niñez y no me parece sensato renunciar a ese caudal infinito, donde la imaginación impera felizmente sobre la razón. Ahora que me acerco a la vejez, pienso que lo posible es algo miserable y mezquino, una cárcel a la que nos resignamos con la fatalidad del galeote sin esperanzas de lograr la libertad.

A los dieciocho años comencé a pasear por el Retiro. Fue un romance breve, pues no me sentía cómodo en un espacio tan ordenado. Echaba de menos la promiscuidad del Parque del Oeste, con su aspecto de jardín umbrío, sus fuentes de leyenda, sus laderas empinadas, su cementerio escondido y ese tren que desprendía un humo blanco mientras se aproximaba a la vieja Estación del Norte. Quizás por ese motivo solía llevar en mi mochila al Valle-Inclán modernista, pues aplacaba el dolor suscitado por la nostalgia.

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Leí varias veces «Beatriz», un cuento con una obertura perfecta que concierta mirtos seculares, estatuas mutiladas y un tritón con una risa quimérica. La escena del gigantesco mulato que en la Sonata de estío lucha contra los tiburones para complacer a la Niña Chole, también me parecía perfecta. Armado con un cuchillo, logra matar a varios escualos, pero finalmente sucumbe de un modo espantoso. La Niña Chole, que le había incitado a librar ese combate desigual, no muestra ningún signo de arrepentimiento. Se limita arrojar unas monedas al Atlántico para que el desventurado pueda pagar el viaje a Caronte, el barquero.

Sentado al pie del estanque del Retiro o cerca de la estatua del ángel caído, me dejaba embriagar por la prosa de Valle-Inclán. No eran simples palabras encadenadas, sino una melodía que parecía reproducir la música de las esferas. Por primera vez pensé que la vida solo se justificaba como fenómeno estético. Ya conocía las injusticias del mundo y no creía que algún día cesaran. No se me ocurría otra forma de soportar esa calamidad que adoptar la mirada del artista, pues solo él era capaz de transformar el dolor en belleza.

El nihilismo de Cioran complace a un espíritu decaído, pero solo produce fatiga en una mente que no lamenta haber irrumpido en el universo

Hacia los treinta años, comencé a pasear por otros dos parques: la Fuente del Berro y la Quinta de los Molinos. Por entonces, ya flirteaba con la tristeza y seleccionaba lecturas saturadas de melancolía. En la Fuente del Berro, volví a leer a Proust. Al recorrer sus páginas, sentía que el tiempo se escapaba de mis manos, que la muerte goteaba como una herida abierta, que las pérdidas se sucedían con una fatalidad imparable. Solo la literatura permanecía. Releer esa una forma de revivir, pues no solo se recupera el texto, sino todo lo que ha sucedido alrededor de las lecturas anteriores.

Releyendo a Proust yo rescaté recuerdos de mis veranos en el Mediterráneo, cuando leía En busca del tiempo perdido sin pensar demasiado en el tiempo, pues mi juventud me mantenía afincado en la eternidad. La vejez y la muerte parecían irreales o muy lejanas. Conocía la añoranza de la niñez, de las tardes leyendo los álbumes de Tintín en el barrio de Argüelles, pero no me asaltaba la sensación de que el tiempo me devoraba, como me sucede ahora, cuando la muerte se cobra a menudo la vida de algún ser querido o de algún escritor admirado, como Javier Marías.

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En la Quinta de los Molinos, releí a Cioran. La tristeza ya me horadaba por dentro y, lejos de buscar consuelo, adquirí el hábito morboso de frecuentar a autores con una visión sombría de la existencia. Cuando leía a Cioran, con su prosa gélida y cortante como una cuchilla, tenía la impresión de hollar las cimas de la desesperación. Los libros del ogro rumano parecían círculos. Nunca llevaban a nada nuevo. Solo reiteraban sin descanso que nuestra especie es la más desgraciada, pues solo ella sabe que le aguardaba el no ser. El nihilismo de Cioran complace a un espíritu decaído, pero solo produce fatiga en una mente que no lamenta haber irrumpido en el universo. Tal vez por eso me irrita tanto leerlo ahora.

Afortunadamente, los golpes de humor introducen variaciones en una filosofía lúgubre y redundante. Cuando Cioran afirma que su oficio es el aullido, el pesar que producen sus ideas se disuelve, cuestionando su presunta desesperación. Por lo que cuenta los que le conocieron, no era un hombre amargado, sino un conversador chispeante que amaba pasear por las calles y barrios de París, fijando la mirada en las mujeres jóvenes y atractivas. Estoy seguro de que habría disfrutado de los almendros de la Quinta de los Molinos, especialmente en primavera, cuando brotan sus flores y sus pétalos blancos parecen nieve cristalizada o mariposas que resucitan tras un largo sueño.

A los doce años, todas las posibilidades están abiertas y yo no descartaba ninguna. ¿Por qué adelantarse a las decepciones y fracasos del futuro?

Ahora vivo en un pueblo de las afueras de Madrid y ya no paseo por los parques, sino por la estepa. Apenas hay árboles, pero el cielo, con su alta frente azulada, despide una plenitud que ahoga cualquier atisbo de desolación. No he dejado de llevar libros en una mochila. Escojo cuidadosamente mis acompañantes: Miguel Delibes, Teresa de Jesús, José Antonio Muñoz Rojas, Luis Rosales, Jiménez Lozano, Cervantes.

Últimamente paseo con dos grandes autores. Me refiero a Julián Marías y su hijo Javier. Julián era un católico convencido; Javier, un ateo que no ocultaba su anticlericalismo. Yo, que estoy más cerca del padre, creo que el cielo de Castilla ya es el hogar de ambos. Al menos, así lo he sentido durante los últimos días, cuando la luz bañaba mi rostro y me revelaba que nada bueno y hermoso se pierde del todo.



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