Begoña Gómez marca una diferencia



Desde que Pedro Sánchez fue elegido líder del PSOE, antes y después de su llegada a la Moncloa, había tenido la oportunidad de conversar varias veces con Begoña Gómez. Pero nunca la había escuchado en una intervención pública.

Hasta el miércoles la tenía como una mujer inteligente y simpática que parecía sentirse cómoda en un discreto segundo plano, mientras la atención de la mesa se centraba en las ideas, ocurrencias y respuestas de su marido. Una buena ‘compañera de viaje’, por recurrir a una expresión convencional.

La ponencia-marco que presentó en la jornada inaugural de nuestro Primer Observatorio sobre los ODS, como directora de la Cátedra de Transformación Social Competitiva de la Complutense, me obliga a considerarla de otra manera. Tanto por lo que dijo en su llamamiento contra la “indiferencia” empresarial ante los retos de la Agenda 2030, como por la forma en que lo dijo a un paso del atril, con su melena larga sobre un traje salmón y sus largas manos de pianista siempre en movimiento. Ni lo uno ni lo otro me dejó “indiferente”.

Partamos de la base de que la posición de la esposa del presidente del Gobierno es la más difícil de ejercer en el ámbito de nuestra vida pública porque carece de anclaje institucional alguno. Flota en un limbo. Entre otras razones, porque su marido ni siquiera encarna personalmente la soberanía popular como lo hace el presidente de una república. Es tan sólo un primer ministro o jefe de gobierno, siempre dependiente -que se lo digan a Rajoy– de las cambiantes mayorías parlamentarias.

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Ni la Constitución ni ninguna ley inferior atribuye papel alguno a la esposa -o esposo- del primer ministro. La única primera dama del Reino de España es la consorte del Rey, o sea, la Reina. Y tampoco hay una costumbre de activismo político por parejas como en los Estados Unidos. Sólo en alguna que otra noche electoral triunfal hemos visto comparecer en el balcón de Génova o Ferraz a la cónyuge del vencedor como una muda presencia afectiva.

El único mensaje que Amparo Illana, Pilar Ibáñez Martín, Carmen Romero, Ana Botella, Sonsoles Espinosa, Elvira Fernández y ahora Begoña Gómez han encontrado al aplicar su propia tinta simpática a una página en blanco del manual de instrucciones de Moncloa podría resumirse en algo así como “Búscate la vida, tú verás como te lo montas, guapa”.

Ningún derecho, ninguna responsabilidad, pero siempre bajo los focos. Si estás, porque estás; si no estás, porque no estás. En la práctica, la experiencia suponía, si no una renuncia a mantener una vida autónoma, sí una extraordinaria dificultad para hacerlo.

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Adolfo Suárez me confesó una vez que se sentía culpable por haber constreñido el papel de Amparo al ámbito familiar, alejándola a la vieja usanza de su tarea y desafíos. Ese sentimiento de culpa le transformó en el abnegado enfermero que subía y bajaba medicamentos y camillas en los meses en que ella luchaba contra la muerte.

Durante el turbulento año y medio de Calvo Sotelo en la Moncloa, se percibía en tal o cual detalle la influencia sutil de la culta y refinada Pilar Ibáñez, pero su presencia nunca llegó a materializarse ante los ajenos. Fue con la proyección de Carmen Romero hacia el mundo de la cultura cuando notamos por primera vez que un presidente del Gobierno tenía esposa. Y con ella llegó la primera caricatura, la de los “150 novelistas de Carmen Romero”, acuñada nada menos que por Camilo José Cela, en alusión a la imaginaria concurrencia de un también imaginario salón literario monclovita. La “bodeguiya” felipista no daba para tanto.

«El legado de Ana Botella fue el saneamiento de la hacienda municipal y no la «relaxing cup of café con leche in the Plaza Mayor» con la que se la ridiculizó cuando promovió la candidatura olímpica»

El caso de Ana Botella fue notoriamente distinto, pues se trató de la primera esposa de un presidente con genuina vocación política. Con el antecedente de que Carmen Romero había sido diputada por Cádiz durante década y media sin consecuencia alguna, a ella se la recibió y describió también como una mera prolongación del poder e ideas de Aznar.

Sólo quienes la conocíamos mejor éramos conscientes de sus verdaderas cualidades. Gallardón impulsó su carrera municipal, pero fue en sus dos últimos años como alcaldesa, con su marido fuera del poder, cuando demostró ser una gran gestora. Su legado fue el saneamiento de la hacienda municipal y no la «relaxing cup of café con leche in the Plaza Mayor» con la que se la ridiculizó cuando promovió la candidatura olímpica.

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Si Ana Botella salió al encuentro de los focos cuántas veces hizo falta, Sonsoles Espinosa llevó a rajatabla la tarea de rehuirlos, excepto cuando cantaba en una producción internacional de ópera, sumergida en el anonimato del coro. Aun teniendo convicciones ideológicas muy claras, su gran empeño en la Moncloa fue mantener la privacidad para ella y sus hijas.

Algo que topó con habladurías e insidias de poca monta -que si el uso particular de una piscina pública, que si una empleada del hogar y sus mentiras…- que en todo caso le costaba digerir. Nunca se lo he preguntado, pero tengo la impresión de que las flores que entregó a su marido el día que ETA renunció a seguir matando le compensaron con creces los disgustos.

De la discreta Elvira Fernández Balboa poco o nada supimos, además de que la llamaban “Viri”, durante la inane estancia de su marido en la Moncloa. Por más que me esfuerzo no recuerdo ni una sola de sus palabras o gestos durante una cena compartida con los Aznar en el jardín del palacio. Baste señalar que, si acompañamos su nombre de la palabra “polémica”, Google nos remite a episodios que afectan a sus antecesoras o su sucesora.

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En el caso de Begoña Gómez debo reconocer que si bien nunca me pareció motivo de denuncia que el Instituto de Empresa o la Complutense le asignaran responsabilidades académicas sin tener un gran currículo detrás -cuando uno ha vivido ciertas cosas sabe distinguir un escándalo de lo que no lo es-, tampoco esperaba nada singular de esa actividad. De ahí la sorpresa -prima hermana, probablemente, de los prejuicios- al escucharla en la sesión inaugural de nuestro Observatorio de los ODS.

Nuestra vicepresidenta Cruz Sánchez de Lara, conjugando su papel de activista con el de editora de un vertical integrador y “blanco”, y la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, anclando sólidamente los ODS en los valores de la Ilustración, habían puesto el listón alto. Pero al clamar, a continuación, contra la “indiferencia” empresarial en materia de sostenibilidad, Begoña Gómez marcó una importante «diferencia» respecto a la guerra de trincheras habitual en ese ámbito.

«Al sacar el desafío medioambiental del terreno de la filantropía y trasladarlo al del negocio, Begoña Gómez estaba marcando una tercera vía frente al egoísmo inmovilista y el anticapitalismo destructivo»

No porque su intervención tuviera profundidad filosófica o concreción política, sino porque fue capaz de llevar de manera convincente el agua del “impulso positivo y transformador” al molino de la potencial “ventaja competitiva” para las tres millones doscientas mil empresas que hay en España.

Al sacar el desafío medioambiental y la promoción de los demás derechos humanos del terreno de la “filantropía” y trasladarlo al del “negocio” -fue una de sus palabras más repetidas-, Begoña Gómez estaba marcando una tercera vía, la de la “estrategia del impacto”, frente al egoísmo inmovilista y el anticapitalismo destructivo. La premisa de que “no existirán empresas exitosas en sociedades rotas” ya implica de por sí una perspectiva muy concreta.

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Que la persona más cercana al actual jefe del Gobierno promueva los ODS como palanca para “retener el talento”, “mejorar la reputación”, “obtener más recursos financieros” y generar “nuevas alianzas de valor” resulta significativo y alentador. Teniendo al lado a alguien que, en una de sus contadas comparecencias públicas, proclama que “el sector privado es fundamental para esa transformación” porque “los retos del futuro serán los retos de nuestros negocios», será difícil que la actual deriva izquierdista del jefe del Gobierno, con su escalada de impuestos extraordinarios, vaya a mayores.

Escuchando en el cierre del simposio al brillante Juan Bravo, nuevo vicesecretario de Finanzas del PP, defender con la misma convicción la Agenda 2030 como parte intrínseca de la globalización y comprometerse a apoyar el impuesto a las energéticas -si traspone lo que acuerde la UE y se deslinda del de la banca-, se fortaleció mi convencimiento de que los grandes consensos en política económica son posibles. Sólo falta encontrar un cauce para sustraerlos de la coyuntura electoral. No se me ocurre otro que un gran pacto de rentas, casi omnicomprensivo, entre patronal y sindicatos. ¿Cómo desbloquearlo?

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En todo caso, este sentido instrumental de los ODS como factor de prosperidad material o flúor protector del crecimiento -no confundirlo con el postureo del greenwashing– es la traducción racionalista, la transformación pragmática, de algo más profundo que nace del corazón.

Todos hemos sentido este verano los efectos del cambio climático y todos podemos ver, si nos fijamos, el incremento de las colas del hambre. El Alto Comisionado del Gobierno contra la Pobreza Infantil, Ernesto Gasco, explicó el jueves que hasta medio millón de niños dejan de ir a los comedores escolares por falta de recursos y el padre Ángel emocionó a la audiencia con la historia del chaval que se guardaba parte de la comida para llevársela a su abuelo. Todo esto sucede en la España de 2022, como bien saben Isidro Fainé y su equipo, nuestros anfitriones de la Fundación La Caixa, que tanto hacen por paliarlo.

«Somos aquello que perseguimos, pero las amenazas e injusticias que nos rodean adquieren un tamaño tan inabarcable que la confusión y el aturdimiento pueden ser la antesala de la indiferencia»

Moviendo inteligentemente la diana, al final de su intervención, el Defensor del Pueblo Ángel Gabilondo alegó que “nuestros objetivos dicen quiénes somos y quiénes queremos ser…Dime qué causas te movilizan y te diré quien eres”.

Sí, es verdad, “somos aquello que perseguimos”, pero las amenazas e injusticias que nos rodean adquieren a veces un tamaño tan inabarcable que la confusión y el aturdimiento pueden ser la antesala de esa denostada “indiferencia”. De ahí que también me pareciera bien enfocada, y sobre todo útil, la propuesta de Begoña Gómez de que cada uno elija tres ODS singulares en los que concentrarse, hasta el extremo de poder medir el impacto de sus actos, con el propósito de hacerlo “escalable”.

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Al aplicarme el cuento, tenía claro que abrazaría el Objetivo 16 (“Paz, justicia e instituciones sólidas”) y el Objetivo 17 (“Alianzas para lograr los objetivos”). Cuando dudaba entre varios para elegir el tercero, resonó en mis oídos la voz del secretario general de la OEI, Mariano Jabonero, pidiendo “un Rugido del León” por el deterioro de la enseñanza infantil a nivel global a raíz de la pandemia. Así que será el Objetivo 4 (“Educación de calidad”) el que complete mi tríada.

Es cierto que juego con la ventaja de saber que siempre habrá en la redacción de Enclave ODS, y de EL ESPAÑOL en general, quienes elijan los otros catorce. Desde hoy, todos ellos deben formar parte de nuestras obsesiones.



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