Aznar tenía razón, la que se ha roto es Cataluña



1. «La fantasía del diálogo se ha convertido en un elemento paralizante» dice Carles Puigdemont, ese prófugo de la Justicia que sigue clamando desde Bélgica por un nuevo alzamiento en Cataluña. Alzamiento en cuyo éxito sigue confiando uno de cada cuatro catalanes, como explica hoy EL ESPAÑOL. 

2. Aunque para parálisis (inexplicable), la de su partido Junts, todavía a la sombra del héroe-que-huyó-de-Cataluña-en-un-maletero. 

3. Un héroe que 24 horas antes de la declaración de independencia de octubre de 2017 tuvo tiempo hasta de reunirse con enviados del Kremlin. Esos expertos en sacar provecho de procesos soberanistas burdamente amañados. 

4. Pero que nadie se confunda. Las élites independentistas jamás llegaron a aliarse de forma sólida con Vladímir Putin. Sólo fueron sus tontos útiles. El papel más digno de todos los que han representado durante los últimos cinco años. 

5. Algo de razón debe de tener en cualquier caso Puigdemont. Porque si hay un español con experiencia en fantasías paralizantes, ese es él. Cinco años lleva comiendo moules-frites en Waterloo y su única esperanza de volver a España sigue pasando por una reforma del delito de sedición que liquide su deuda penal con un «pelillos a la mar». 

6. Convertido en motivo de pitorreo por los-españoles-del-resto-de-España, el procés ha tenido sin embargo un impacto visible hoy a simple vista en la economía, la sociedad, la convivencia y hasta el paisaje en Cataluña. Cinco años después del 1-O, Cataluña es más pobre, más violenta y más amarga que entonces. 

7. ¿Ha muerto el procés? Carlos García-Mateo, barcelonés profesional y columnista de EL ESPAÑOL, cree que sí, aunque con matices. «El procés fue una creación de la vieja CiU de Artur Mas. ERC va a liderar una nueva etapa menos rupturista, más de negociación y desgaste con Madrid. Al final se trata de una lucha por la hegemonía. Pero el procés, tal y como fue diseñado, ha muerto». 

8. Dicho de otra manera. El procés habría sido sólo una lucha por el poder entre clanes vikingos de la Cataluña profunda y la secesión no habría sido más que el macguffin con el que engañar a las masas independentistas. Prueba de ello son las actuales tensiones entre ERC y Junts, sólo atenuadas por la evidencia de que romper el gobierno catalán equivale a perder ese sueldo público del que tantos independentistas viven hoy en Cataluña. 

9. Alejandro Fernández, número uno del PP en Cataluña, cree que el procés no ha muerto, sino que ha mutado. «Hoy no pretenden hacer una declaración de independencia unilateral a corto plazo, sino erosionar las instituciones del Estado que frenaron el golpe en 2017: CNI, Policía y Guardia Civil, Poder Judicial y, sobre todo, la Corona. Y la izquierda española les está ayudando en esa tarea». 

10. Dicho de otra manera, del procés ya sólo quedaría la venganza. Aunque hasta para eso necesita el independentismo de la colaboración de los partidos «españolistas». Y ejemplo de ello es esta noticia de EL ESPAÑOL. 

11. Carina Mejías, abogada y exdiputada del Parlamento autonómico catalán, dice que «el procés ha fracasado y que sólo lo mantiene latente el fanatismo y el sueldo de los quinientos cargos públicos que viven de él. Creo que Cataluña está en un cambio de ciclo muy incierto, pero cambio al fin y al cabo».

12. Mejías, que también ha sido candidata a la alcaldía de Barcelona por Ciudadanos, pone un ejemplo de la mencionada decadencia catalana, de la que Barcelona es punta de lanza: «A ver quién es el guapo que asume la responsabilidad de gobernar una comunidad en la ruina económica y moral, y con el odio que se ha generado en ella. Por eso al Ayuntamiento de Barcelona ya no se quiere presentar nadie y sólo suenan los nombres de políticos amortizados, como Xavier Trias, Ernest Maragall o Ada Colau«.

13. Uno de los indicadores más fiables de la decadencia de una sociedad es la conversión paulatina de esta en una gerontocracia. Xavier Trias tiene 76 años. Ernest Maragall, 79. Ada Colau sólo 48, pero con ella Barcelona ha retrocedido 100 años, así que es legítimo considerarla como la mejor representante de esa gerontocracia intelectual que es el nacionalismo y que ha arruinado Cataluña para varias generaciones. 

14. Joan López Alegre, exdiputado del Parlamento catalán (ahora junto a Eva Parera en Valents, una joven formación de centroderecha constitucionalista), afirma que el procés «ha cambiado de táctica y Oriol Junqueras lo explicó con claridad: ‘Es el momento de ensanchar la base y de rearmarse’. La equidistancia entre el independentismo y los constitucionalistas equivale a complicidad con el separatismo». 

15. Ferran Caballero, también columnista de EL ESPAÑOL, además de catalán a tiempo completo, dice que «el procés no ha acabado ni ha muerto porque ‘lo que está muerto no puede morir’, como dicen en Juego de tronos. El procés es la nueva normalidad, y ha sido reducido a una retórica que no puede abandonarse, pero que tampoco puede triunfar».

16. «Una retórica que no puede abandonarse, pero que tampoco puede triunfar». Ahí está todo. El procés como la roca que ese Sísifo que es el catalán del siglo XXI empuja una y otra vez hasta la cima de la montaña para ver como rueda de nuevo monte abajo. Una condena eterna de la que es imposible escapar y que jamás dará fruto.  

17. Cataluña está hoy al margen de todos los debates políticos relevantes de la España de 2022. De no ser por la debilidad parlamentaria de Pedro Sánchez, su existencia pasaría inadvertida para el resto de los españoles. Antes referente empresarial y cultural, Cataluña es hoy una región de la que en el resto de España sólo se habla para lamentar su decadencia estética y moral. 

18. Cataluña es hoy la comunidad española donde se cometen más delitos. La que más empresas pierde (más de 7.000 desde 2017: la mitad de ellas se han ido a Madrid). La más rechazada por los MIR, a pesar de unas ofertas económicas superiores a las de otras regiones. La más rechazada por los policías nacionales novatos, a los que el Ministerio obliga a trasladarse a Cataluña por la imposibilidad de cubrir las plazas de forma voluntaria. La única que cuenta con más de cien plazas de juez vacantes por la huida de los magistrados a regiones más amables. Y, por supuesto, la única en la que la desobediencia de la ley y de las sentencias judiciales es norma. 

19. Hace cinco años, la Cataluña nacionalista aspiraba a la independencia. Hoy arremete contra niños de primaria para impedirles estudiar en español. Cada «victoria» contra esos niños, facilitada por la desidia del Gobierno en Cataluña, es celebrada por las élites nacionalistas como si hubieran recuperado el este de Ucrania de manos de los rusos. Pero no son más que niños utilizados como carne de cañón por burócratas fanatizados. 

20. Dijo José María Aznar que «antes que España se romperá Cataluña» y la profecía se ha cumplido con una rotundidad que sorprendería hoy incluso al autor de la frase.

21. ERC, Junts y la CUP andan en la actualidad por caminos paralelos. Es decir, sin cruzarse jamás.

22. Las sociedades civiles nacionalistas ANC y Òmnium arremeten contra los partidos nacionalistas. Más la ANC (cercana a Junts) que Òmnium (cercana a ERC).

23. La calle arremete contra ambos.

24. La Cataluña no nacionalista, salvo esporádicos fogonazos de rabia, se conforma con sobrevivir y pasar desapercibida en la comunidad más decadente de España.

25. TV3 parece cómoda en su papel de Radio Televisión Libre de las 1.000 Colinas del separatismo. Ella, que siempre creyó ser la BBC del sur de Europa. 

26. La prensa local es irrelevante y hasta La Vanguardia, puro establishment catalanista, se siente ya más cómoda en Madrid que en Barcelona.

27. La desmoralización de los Mossos d’Esquadra en una comunidad carcomida por la permisividad política con la delincuencia se expresa ya a viva voz.

28. Culturalmente, la Cataluña que dio a Marsé, Pla, Serrat, Loquillo o la Barcelona de la gauche divine está muerta. 

29. Políticamente, nadie espera ya ninguna iniciativa sana de ella y su lugar como alternativa a Madrid ha sido ocupado sin problemas por Andalucía. 

30. «Hay que buscarles una salida a los políticos independentistas para que puedan romper definitivamente con el fantasma del procés» me decía hace sólo unos días un periodista de la digna competencia. La tesis de fondo es que los políticos independentistas no pueden desvelar a sus votantes que todo-fue-un-engaño porque sus sueldos dependen de ello y que por eso nosotros, que sí podemos, debemos facilitarles una vía de escape que les permita salvar la cara, como algunas voces defienden hacer con las dictaduras venezolana y cubana. Desde un punto de vista pragmático, eso sería lo más inteligente que podríamos hacer por los ciudadanos catalanes. Pero… ¿después de todo el daño que ha provocado el nacionalismo? ¿De todo el odio que ha alimentado? ¿De la ruina que ha engendrado? Que hagan ellos el primer gesto. 

31. Pero ese es, efectivamente, el debate del futuro: cómo puede la democracia española salvar a los catalanes, una vez más, de sí mismos. El único pueblo de España que ha demostrado ser incapaz de gobernarse solo

*** Cristian Campos es jefe de Opinión de EL ESPAÑOL. 



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