Arrecia la batalla por la soberanía digital | Tecnología


Después de muchos años de partidas perdidas, España, y con ella Europa, tiene la posibilidad de abrir con blancas. La tecnología es la apertura del cambio. Es un doble movimiento. Las tecnologías profundas (deep tech) y todo lo que envuelve a la soberanía digital. El Observatorio Retina ya avanzó que estarían en esa lista tangible de las 10 tendencias del año. Pero también sabe que no existe lo que carece de nombre o no se puede definir.

El debate semántico de lo que son las deep tech —descubrimientos científicos o tecnológicos que abren nuevos caminos— cambia la narrativa. Hay que conocer de qué hablamos. Las definiciones semejan a mirlos negros en un tendido eléctrico de cables paralelos, parecen un pentagrama. Un espectador distinto, una música diferente. Pero una respuesta podría ser —guiado por el escritor André Malraux— aquellas que afectan irreversiblemente a la condición humana. Otras, más extendidas, nos llevarían a un espacio de verdaderos logros tecnológicos o, bien, las que se sitúan sobre las fronteras del crecimiento natural. Son movimientos en la partida. Al lado, la soberanía digital. “Es sinónimo de capacidad de decisión”, señala Carme Artigas, secretaria de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial. Y añade: “Si no puedes decidir, no eres soberano”.

Es la última voz de una jornada, Retina deep tech y soberanía digital, impulsada por Santander y Telefónica y con Cepsa como socio anual, que ha reunido a investigadores, académicos, políticos, financieros y emprendedores que han dedicado un miércoles lluvioso en Madrid a buscar ese tendido digital que ya está cambiando España. Otro endemismo.

El punto de partida del país en términos de contabilidad tecnológica es bien conocido. Se recita de memoria al igual que una tabla de multiplicar. En 2020 destinó el 1,4% del PIB (o sea, de su riqueza) a I+D. Ocupa el puesto 17º en Europa; el continente anda en un promedio del 2,3%. Y las pymes —habita en su historia— nunca han tenido un carácter emprendedor. Todo esto se sabe. Todo esto hay que cambiarlo. Las tecnologías profundas (realidad aumentada, compu­tación cuántica, inteligencia artificial, 5G, ciberseguridad) son promesas de transformación. Exigen inversiones elevadas, masa crítica y paciencia. ¿Cumplimos los requisitos? Por ahora, avanzamos.

Jaime García Cantero, director de Retina, entrevista a Faÿçal Hafied, socio general y CEO de Klymb, y Oihana Basilio, Fellow MIT-Fundación Rafael del Pino (2020-2022) y profesora de Economía en la Universidad Autónoma de Madrid. 
Jaime García Cantero, director de Retina, entrevista a Faÿçal Hafied, socio general y CEO de Klymb, y Oihana Basilio, Fellow MIT-Fundación Rafael del Pino (2020-2022) y profesora de Economía en la Universidad Autónoma de Madrid. 
Santi Burgos

Faÿçal Hafied, socio general y consejero delegado del banco de inversión Klymb, busca las palabras en español, francés e inglés. Es un tema complejo que exige de todos los diccionarios. Pero halla rendijas. En la definición se acerca a esa idea “de tecnologías con altas barreras de desarrollo”; en las propuestas, le gusta la ley de start-up, el futuro de la biotecnología y echa en falta que los instrumentos financieros que invierten en deep tech “tengan mejor tratamiento fiscal”. Y recuerda que entre 2015 y 2020 España invirtió 700 millones de euros a través del private-equity en estas tecnologías de cenotes. Mientras, Alemania destinó 5.400 millones, y Francia, unos 5.000.

Esta es la disposición de las piezas en la partida. Quizá se complica. Pero debemos mover. Oihana Basilio, profesora de Economía en la Universidad Autónoma de Madrid, prepara, junto a la Fundación Rafael del Pino, un trabajo (se publicará en un par de meses) sobre las deep tech. Habla corto. Brillante. “Tenemos que invertir mejor. El capital inversión tiene modelos muy interesantes de los que podríamos aprender”. Y la forma de aumentar esos recursos sería multiplicar la colaboración público-privada. Tierra existe, aunque jamás para todos. “Hay territorios que no están preparados para estas tecnologías porque no han hecho los deberes”, anticipa Fidel Rodríguez Batalla, viceconsejero de Universidades, Ciencia e Innovación de la Comunidad de Madrid. “No es nuestro caso. Tenemos los brazos abiertos a todos aquellos que quieran venir con una empresa emergente y pronto lanzaremos cuatro clusters digitales”.

El poder de la modernización

La partida prosigue. Las figuras se deslizan sobre las casillas del territorio de la soberanía digital. Es un espacio que mezcla geopolítica y avances técnicos. Un terreno en el que España debe estar presente. “Es una gran oportunidad. Porque la tecnología no solo es progreso, sino también poder”, observa María Jesús Almazor, CEO de Ciberseguridad y Cloud de Telefónica Tech. España presidirá la Unión Europea en julio de 2023. La situación perfecta para impulsar los intereses propios y de la región. Porque si algo define la agenda del porvenir es el reto. “Vamos hacia un futuro donde las comunicaciones serán más rápidas y la desinformación resultará más sofisticada; la tecnología es riesgo y un gran desafío”, advierte Almazor. Sabe de lo que habla. Telxius, la filial de infraestructuras de la operadora, maneja más de 80.000 kilómetros de cables submarinos de fibra óptica de alta capacidad. Más que tecnología profunda, es abisal. Pero quien controla hoy los datos quizá dirige el mundo.

Fidel Rodríguez Batalla (izquierda), viceconsejero de Universidades, Ciencia e Innovación de la Comunidad de Madrid; María Jesús Almazor, CEO de Ciberseguridad y Cloud de Telefónica Tech, y Josep Maria Martorell, director asociado del Barcelona Supercomputing Center.
Fidel Rodríguez Batalla (izquierda), viceconsejero de Universidades, Ciencia e Innovación de la Comunidad de Madrid; María Jesús Almazor, CEO de Ciberseguridad y Cloud de Telefónica Tech, y Josep Maria Martorell, director asociado del Barcelona Supercomputing Center.Santi Burgos

En tierra firme suceden otras cosas. El Centro Nacional de Supercomputación, en Barcelona, se ha convertido en el mito. Los muros y los techos donde la tecnología española mira a los ojos de Estados Unidos o China. Josep Maria Martorell, director asociado de este Barcelona Supercomputing Center (BSC) —la forma completa de nombrarlo—, lo describe con la sencillez de una madre que lee El principito a su hijo: “Es un centro de investigación que tiene un gran ordenador dentro”. Resulta más complicado. De hecho, albergará un ordenador cuántico EuroHPC, que a su vez se integrará en el superordenador MareNostrum 5. La nueva “máquina” aumentará su capacidad de generar innovación e investigación. Los objetivos, describe Martorell, son tres. “Garantizar que cualquier investigador tenga acceso a tecnologías de supercomputación, tener ordenadores muy potentes y que esta máquina albergue tanta tecnología europea como sea posible”. Izar la bandera de la Unión, pues las áreas donde se mezcla lo profundo y lo soberano son varias. Los procesadores, “que es una cuestión de soberanía y resultan básicos para nuestra competitividad industrial”; la medicina personalizada —”tratar una alteración genómica en un cáncer en tiempo real”— y el clima, “con la creación de un gemelo virtual de la Tierra que nos ayude a predecir las condiciones climatológicas e intervenir sobre ellas”, desgrana. Se escribe como una novela de ciencia, pero sin ficción. Solo hay que pensar que un coche (redactado de forma gruesa) es un ordenador con ruedas. Y la industria automovilística es la joya de la corona. En 2021 generó el 7,7% de la riqueza del país. “Y no podemos depender de otros y que, por ejemplo, te suban los aranceles de los chips o cualquier componente y dejar de ser competitivos”, alerta el experto.

Teresa Czerwinska, vicepresidenta del Banco Europeo de Inversiones (EIB).
Teresa Czerwinska, vicepresidenta del Banco Europeo de Inversiones (EIB). Santi Burgos

Eso es soberanía digital. Independencia. Nunca autarquía. “Tenemos que cerrar nuestra brecha y subordinación frente a países como Estados Unidos”, admite por videoconferencia Teresa Czerwinska, vicepresidenta del Banco Europeo de Inversiones (EIB, según sus siglas en inglés), que es el mayor prestamista multilateral del mundo. El recado es claro al ­espacio de las finanzas. “El sector debe innovar y hacer más sostenible este ecosistema para las generaciones futuras”.

Escoger bien las inversiones

La tecnología y la soberanía alcanzan un momento en el que deben dialogar con la realidad del dinero. El óbolo al barquero por atravesar la laguna Estigia. “Cada país tiene su propia dinámica y tenemos que saber las batallas que podemos dar y concentrarnos en lo factible”, reivindica Borja Oyarzábal, consejero delegado y socio fundador del gestor de activos Tresmares Capital. Tiene, desde luego, sus propuestas para situar la inversión. Nanometales, ciberseguridad, movilidad y recarga. Son algunas de sus 10 opciones.

De izquierda a derecha, Víctor Canivell, cofundador de Qilimanjaro Quantum Tech; Borja Oyarzábal, CEO y socio fundador de Tresmares Capital, y Jesús Contreras, director de EIT Digital South.
De izquierda a derecha, Víctor Canivell, cofundador de Qilimanjaro Quantum Tech; Borja Oyarzábal, CEO y socio fundador de Tresmares Capital, y Jesús Contreras, director de EIT Digital South.
Santi Burgos

Esas palabras no le suenan como otras mil a Víctor Canivell, cofundador de Qilimanjaro Quantum Tech. Está sentado a su lado, y su caso es una especie de Nikola Tesla que espera que el futuro le ilumine. Su empresa, fundada en 2019, es un spin-off de tres centros académicos donde trabajan 20 personas especializadas en chips y algoritmos cuánticos. “Nos financiamos con contratos de clientes”, sostiene. Básicamente, consultoría. En esa sintaxis compleja de lo tecnológico buscan su hueco en arquitecturas cubit (bit cuántico) de alta calidad y abordan problemas de computación dura, imposibles para arquitecturas convencionales. Un ejemplo de su trabajo: las moléculas químicas.

Los resultados quizá tarden una década en llegar. O nunca lo hagan. “Hay tecnologías que fallarán y no pasa nada, esto Europa lo entiende muy bien”, argumenta Jesús Contreras, director de EIT Digital South, uno de los mayores ecosistemas de innovación digital del Viejo Continente. La tecnología más profunda es fracasar y volver a intentarlo. Un derecho soberano.

Los profesores suspenden en digitalización

La cortinilla con la que se abre el evento de Retina deep tech y soberanía digital concluye con la imagen de una galaxia. Millones de estrellas. Símbolo de esfuerzo y ambición. Solo un ojo experto es capaz de vislumbrar que faltan algunas. “Es necesario cambiar la mentalidad del inversor, que se ha acostumbrado a destinar 10.000 euros y vender cuando le ofrecen 10 millones. Desde España se pueden comprar firmas europeas, asiáticas o estadounidenses. Y aportar al país talento e inversión que sea competitiva. Siempre digo que el éxito no es el exit [la venta]”, concede Carme Artigas, secretaria de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial del Gobierno de España. Contamos los astros y las cifras fallan. Circula demasiada materia oscura. “Tenemos grandes científicos teóricos, pero hay una desconexión con la experiencia. Atravesamos un problema de capacitación de los profesores en la parte práctica de las STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, según sus siglas en inglés)”, advierte Oihana Basilio, profesora de Economía en la Universidad Autónoma de Madrid. Vivimos entre fugas en este océano cósmico. La guerra en Ucrania o la posible intromisión rusa en las anteriores elecciones presidenciales estadounidenses han revelado la fragilidad. “La ciberseguridad no es algo que añades, sino que tiene que estar dentro de la propia solución. No puedes tener una solución de nube si no es segura”, alerta María Jesús Almazor, CEO de Ciberseguridad y Cloud de Telefónica Tech. Quizá falta entender que lo único irrefutable del mundo al que vamos es la incertidumbre. Y urge apostar por las certezas. España es un gran país para crear centros de datos y espacios de computación cuántica. Aunque a algunos les parezca a años luz de distancia.

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